Archive for agosto, 2010

agosto 31, 2010

¿Qué hago aquí?

por vanessasaintcyr

En demasiadas ocasiones me he preguntado qué hago aquí. Creo que una de las primeras veces conscientes fue a los 14 años, cuando me invitaron por primera vez a un antro y la música sonaba alto y la oscuridad apenas dejaba ver quién era quién. Quería pertenecer y traté, pero no pude aunque tampoco dejé de ir, me sentía perdida. Años más tarde en el concierto de Led Zepellin. Mi grupo de amigos clamaba sus himnos y yo quería sentir algo, que me hicieran vibrar, que en algún lugar del cuerpo me tocara aquel rock, pero sólo escuchaba ruido y veía cómo la gente se embelesaba con eso. No había pasado media hora y yo me preguntaba cuándo se acababa eso. Lo mismo me pasó con un partido de futbol, de los toros, ni hablar, fui porque me dijeron que en las gradas de sol había un ambiente de paso doble y botas de vino tinto, pero salí despavorida cuando los picadores hicieron su peculiar trabajo.

Así pasé por cualquier evento multitudinario; ¿a qué hora se acaba esto? Las bodas y todos las reuniones que las anteceden. Las graduaciones, cualquier fiesta. Me siento fuera. Vaya, estoy ahí, observo y muy temprano me quiero ir. ¿Será que no bebo demasiado y la anestesia nunca llega a hacer efecto?

Pues así es con todo, a los gimnasios no voy porque están llenos de gente, así que corro en circuitos rodeados de árboles y en dirección contraria a la mayoría. Me voy a un páramo remoto a hacer estiramientos y a enfriar el cuerpo, pero a alguien le gusta mi lugar y viene y se pone cerca a preparar su carrera. Así que busco otro.

Voy al cine en horarios donde la sala siempre está medio vacía, pero a alguien se le ocurre que la fila de asientos donde estoy es la que prefiere. Es simple física o de verdad se llama a la gente por las intenciones contrarias. ¿El rechazo llama? ¿Si jalas o invitas se retraen? ¿Tengo un letrero que invita a importunar a la rara esta que soy?

Ayer en la plaza, donde mi hijo daba vueltas en un cochecito eléctrico rojo reconocí a un tipo, creo que tengo una foto de mi cumpleaños número 16 donde él sale festejando junto a dos de mis amigas del momento, que ya no existen en mi realidad. Me reconoció y trató de acercarse. Yo seguí mi camino. A la vuelta siguiente lo mismo, y yo hice todo lo posible por evitar el contacto visual. ¿Por qué? Pues mira, no sé, ya me cansé de cuestionármelo, así es mi naturaleza. Además con esos encuentros ya sé lo que va a pasar. Nos saludaremos, nos contaremos superficialmente de los hijos, el trabajo, los años que han pasado, yo me dedico a esto, vivo aquí, voy allá. Y después esa sentencia de reunirnos en alguna ocasión, sólo por decir. Nunca pasará, así que mejor me lo evito.

Y así han pasado los años. La gente que me quiere me sigue invitando, aunque sabe cómo soy y siga sin entenderme. Ayer me encuentro en un yate, surcando el Caribe, nadando en turquesa líquida, limpia. El sol tibio de la tarde, el que acaricia, el que me gusta. Mi hijo en mi regazo, adormeciéndose. Vamos lento, escucho el sonido del agua y a las golondrinas que se van despidiendo de la luz. Pero el barco no es mío, si lo fuera tendría velas y sabría navegarlo, y los dueños aunque generosos en su compartir deciden que lo mejor en ese momento es poner Bad Romance de Lady Gaga a todo volumen. Hay que cubrir el momento con ruido, o con gente, de otra manera se descontrolan. Trato de cerrar mis oídos, de aprender de mi hijo porque él ni se inmuta, pero la magia se rompe. Entonces me pongo a pensar en las situaciones donde me siento cómoda y agradezco la continuidad. Los buenos libros, las conversaciones inteligentes donde se cuela algo de emoción. El sexo trepidante. La luz de las velas. El silencio interior, cuando lo logro. Las nuevas palabras y su variante aplicación. ¿Oye, pero esta canción cuánto dura? Esta vez no me pregunto qué hago aquí sino trato de disfrutar los restos del día para después entregarme a esas novelas que esperan por mí; la que leo y la que escribo. Mi hijo se despierta, ya decía yo que era demasiado. Sólo se escucha Ohohohohoo hohohoh ohohohoh caught in a bad romance, una y otra vez la estrofa. De romance, nada, estoy en un bad trip del carajo. Después los comentarios sobre la Gaga y su Twitter, es la que más seguidores tiene deel muuundo, enfatizan. Y ahí voy yo: “eso no significa nada”. ¡Ja! Ríen. “Ya quisieras tú que por lo menos 1000 personas siguieran el tuyo”. Pues sí, pero a mí nadie me dice qué escribir. Y llega. No puedo evitarlo. ¿A qué hora se acaba esto?, y para deleite de mi paciencia, piden la canción otra vez y desde el principio.

Siempre se acaba. A veces más tarde de lo que yo quisiera, pero acaba. Llega la noche. Entro a mi casa, con el hombre con el que aprendo de la cotidianidad y agradezco que no aparezca la pregunta sino la confirmación: ya estoy aquí.

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agosto 25, 2010

De síndromes y matemáticas

por vanessasaintcyr

Pitágoras, así se llamaba la calle donde vivíamos, la calle de nuestra niñez, donde regresábamos de la escuela caminando. Nada que ver con el ilustre matemático, excepto por convertirse en el referente inconfundible del espacio de un pequeño departamento en un cuarto piso donde mi madre hacia su mejor esfuerzo para sacarnos adelante.

Para que todo alcanzara nuestros sándwiches contenían una rebanada de jamón tan fina como un velo de novia. Algo de mayonesa y mostaza que nunca se salían del centro quizá para convocar un clímax y que el hambre se hiciera cargo de lo demás. Las quesadillas las hacía con dos pedacitos de queso alargados de punta a punta para que no dejaran de combinarse con el maíz. Una delicia. Y así, con sopita de fideo fuimos echando hasta que nos mudamos y el recuerdo de Pitágoras pasó a ser un efecto, un síndrome, un fantasma de la escasez que aún me persigue más veces de las que quisiera.

Después conocí el efecto Sandino. El hombre que pasó a ser mi hombre transcurrió su preadolescencia y los años siguientes en las becas del campo en Cuba, en una escuela llamada Sandino dónde el sistema trataba de formar a los “hombres nuevos” —y mujeres también, claro, pero ya sabemos que cuando de ideales históricos se trata el género femenino se omite—, el caso es que en las mañanas estudiaban, durante las tardes sembraban árboles de cítricos —por eso de inculcar la importancia de la agricultura en la temprana formación— y muchos de aquellos largos días de estudio y campo la comida no llegaba o se iban a la cama sin nada en el estómago. Así que en vez de conspirar con robar exámenes o chantajear a cierto profesor, el alumnado se las ingeniaba para abrir todos los candados de la despensa. Después pasó a ser profesor, escritor y visionario; pero el efecto Sandino pasó a ser el inversamente desproporcional. Es decir, mucho de todo, demasiado, más y más. Que nunca falte, es el eco de un hambre vieja que nunca se sacia.

Hoy, nuestro refrigerador tiene algo parecido a un desorden de alimentación, y la forma de hacer la compra un T.O.C (Trastorno obsesivo compulsivo). Él pone y yo quito la mitad. Y entre Pitágoras y Sandino vamos tirando de sumas y restas.

Las matemáticas se alteran cuando mi madre y mi hombre se reúnen para cocinar y la escencia de sus síndromes y efectos se encuentran. Ella, que sigue con esas rebanadas de jamón traslúcidas, dice que son una elección. Él se toma un tequila y luego otro, total, si la gente va a hablar hay que darle motivos. El resultado; un pavo exquisito y media olla de arroz a la basura porque fue demasiada agua.

Qué haría yo sin los excesos de Sandino y las mediciones pitagóricas. Al final, coincido con el filósofo griego que le dio nombre a la calle de mi infancia: todo es matemáticas.

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