Archive for septiembre, 2010

septiembre 21, 2010

Nacer

por vanessasaintcyr

Somos animales, mamíferos, pero hacemos todo lo posible por ignorar esa esencia, a denegarla precisamente por primaria y básica. Nos la han enseñado y la hemos aprendido enriqueciendo a otros. Ahora hay que dar marcha atrás.

Nació Matteo, un ser al que amo y aún no conozco. Cuando por fin terminó de salir del cuerpo de su madre, se lo colocaron en el plexo solar, en medio de los senos, para que sintiera el calor de la piel y oliera y buscara la leche para mamar, y lo hizo a los pocos minutos de ver la luz del mundo.

La partera estuvo en todo el proceso, ayudando, colaborando con el médico. Son horas largas las de parir así que debe haber confianza.

La primera noche durmieron juntos, en la habitación había otras dos madres y sus recién nacidos, mujeres que ya había tenido otros partos y de las que mi hermana aprendió en silencio como descansar con su hijo al lado. Al día siguiente se lo dieron al padre para que lo vistiera, lo tocara, lo sintiera. Y así durante cuatro días hasta que se van a casa. Eso es en Francia.

De la misma forma como en el libro de Freakonomics, de Levitt y Stephen J. Dubner, hicieron análisis y estadísticas de criminalidad y violencia en los hijos de mujeres que quisieron abortarlos y no lo hicieron, —entre otros inquietantes estudios—así me gustaría tener una aproximación más certera aunque cruda de las consecuencias de haber pasado del vientre materno a una aséptica cuna de hospital, olores agresivos y leche de fórmula sin nada familiar excepto el sueño. Despojados de la animalidad que nos dio la vida.

Yo quería que mi hijo naciera por parto natural, pero no me ayudaron. Consulté a un par de parteras, pero como no las dejan colaborar en los hospitales, tenía que ser el parto en casa y eso me parecía arriesgado. Mi médico sabía de cómo deseaba mi parto y me dijo que haría todo lo posible porque así fuera, pero no lo hizo. En la semana 37, en el ultrasonido, vi que el corazón de mi hijo tenía frecuencias inconstantes. Eso es natural, lo sé ahora, pero él no me lo corroboró. Me mandó a otra sala y me pusieron un cinturón elástico para monitorear la frecuencia cardíaca. “Si este bebé fuera mi hijo lo sacaría ahora”, me dijo. Me negué. Yo sentía que todo estaba bien.

Dijo que debía verme cada semana y hacer un ultrasonido hasta que me convenció de acelerar el parto con oxitocina sintética. Después de 11 horas tenía contracciones mínimas y no dilataba. Cuando empezaron más fuertes la frecuencia del bebé disminuyó otra vez y sin pensarlo un segundo anunció la orden de que me preparan para cesárea.

Andrés y yo habíamos considerado que nuestro hijo naciera en Cuba porque ahí la medicina es más “honesta”; sólo si necesitas una cesárea la hacen, pero desistimos. No podíamos saber a qué nos íbamos a enfrentar al querer regresar aunque yo no fuera cubana y él estuviera naturalizado mexicano.

La cesárea es dolorosa y tú no participas del proceso. Te amarran las manos, te ciegan la vista a una manta azul. Oyes movimientos metálicos de instrumentos. Estás anestesiada, pero lo sientes todo. Cuando sacan al bebé, te lo acercan segundos, apenas puedes hablarle, besarlo, sentirlo. El pediatra se lo lleva al cunero y no lo ves hasta el día siguiente, pero te llaman antes a tu habitación para preguntarte si quieres que tomen video al primer baño de tu hijo, con costo a tarifa de hospital privado, por supuesto.

La rapacidad de la industria médica y hospitalaria hace millones en detrimento de madres y recién nacidos. Por eso no permiten parteras, por eso el seguro paga la cesárea y no el parto, por eso hay paquete de tres noches de hospital con cesárea y anestesiólogo incluido. Así es generalmente en México.

La forma en la que la seguridad social de cada país está organizada es sintomática de su estructura y futuro.

Hay alternativas, desde luego, elegir y defender la decisión de cómo quieres dar a luz y encontrar y confiar en los que te ayuden en el proceso. Pero como país definitivamente tendríamos que volver a nacer.

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septiembre 19, 2010

¿La vida está en otra parte?

por vanessasaintcyr

Casi sin excepción, nos pasamos la vida buscándola en otra parte. Deseando otros lugares para vivir, otros cuerpos para amar, nuevos oficios, emociones ajenas, utopías que tal vez por saberlas imposibles ni siquiera nos atrevemos a intentar, pero aún así continuamos dedicándole tantos pensamientos.

Cuánto tiempo hemos regalado a imaginar dónde podrá estar el lugar lejano y desconocido que nos hará felices; que es mejor simplemente porque no estamos en él, siguiendo esa inútil y heredada parte de la condición humana que nos empuja a insistir en búsquedas precisamente donde no están. En otras vidas que nunca podremos tener.

Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.

Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz…

Dice Fernando Pessoa en su poema Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra.

Caemos en esa actitud casi como en una enfermedad obligada, como las que dan en la infancia para hacernos más fuertes, como el furor o la impaciencia que le siguen y a la par del ímpetu por experimentar sensaciones al máximo.

Después vienen otros arrebatos, la necesidad del triunfo, la insaciable satisfacción del ego y entre ellos el repetido vicio de imaginar que la vida está en otra parte y que hay que salir a buscarla, como si pudiéramos renunciar a viajar con la esencia de lo que somos.

Y así hurgar donde no hay es una enfermedad recurrente, que llega sin avisar a veces con más fuerza que la primera vez. También hay tregua, en ocasiones esa sensación de vacío también termina por pasar; los síntomas poco a poco van despareciendo y —para algunos—los detalles y la sencillez vuelven a tener importancia, la capacidad por sorprenderse regresa y se cae en la cuenta de que el disfrute de la vida por sí misma tiene un valor inmutable. Que vale la pena seguir en este manicomio aunque no lo entendamos.

Quizá porque la dificultad está en encontrar el sentido todo los días caemos en la cómoda trampa de evadirla y escapar, como también hacen los locos. No, la vida no está en otra parte y otra enfermedad universal es que después de buscarla por tanto tiempo —sin encontrarla—se termina creyendo que la vida que realmente vivimos está en el pasado, en aquellos años de juventud donde no había otra forma de entenderla si no se buscaba en otra parte.

septiembre 10, 2010

Por la mañana

por vanessasaintcyr

Un sol de marfil

que vive entre palabras

y saliva.

Un sol que nunca se apaga

y si duerme siempre es dentro de mí.

Sus rayos no dan luz, ni calientan, excepto a veces

cuando vuelo y sueño.

Es pequeño, generoso, con muchos destellos nerviosos alrededor del centro

como si buscaran entrar y dar vida.

Y para unirte a ese sol sólo necesito un espejo.

septiembre 1, 2010

._

por vanessasaintcyr

Te había cambiado la mirada y te lo decía mientras me acercaba a ti. Llena de fulgor, de un verde limpio, noble y tranquilo. Antes siempre era azul. Violenta, llena de reclamos y cuando triste estabas se tornaba gris.

Tenías un hijo, con esa misma luz renovada en los ojos. Lo ponías junto a mí, como si lo ofrendaras, lo más valioso que habías hecho sin mí me lo mostrabas ahora, siempre buscando mi contacto.

Dirigías un grupo, un viaje. Tenías mapas y nos dabas la opción de elegir la mejor ruta. Todo había cambiado, antes habrías elegido el camino sin preguntar.

Tu mujer estaba por ahí, pero no se acercaba. Y, como antes, me pusiste un mensaje escrito en un papel. Tenías que escribirme, de otra manera no seria real: Él no te ve como yo. Y tienes razón.

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Y antes de eso, rayaba en la locura, en la obsesión, pero me hacía pensar y me invitó a conocer ciudades que no eran invisibles y trenes que iban hacia el norte. Mitómano, irracible y encandilado por los objetos redondos y las manos frías…

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