Archive for octubre, 2010

octubre 31, 2010

Hebe, literatura y creación digital

por vanessasaintcyr

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato

30 de octubre de 2010

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato “Monedas”

El II Premio Hebe Plumier de Relato Corto, convocado por la revista digital Hebemagazine.com y la Librería Plumier, ha fallado su segundo certamen, otorgando su primer premio a la escritora mejicana Vanessa Saint Cyr por su relato “Monedas“.

 

Monedas

Mi padre y yo caminábamos de la mano por una calle de la colonia del Valle. Por alguna razón necesitábamos cambiar monedas grandes por una fracción menor. Las tenía sobre su palma y a toda persona que pasaba a nuestro lado le alargaba la mano.

Desde mi estatura no podía ver el monto de las monedas ni cuántas había. La gente negaba con un movimiento de cabeza o simplemente pasaba de largo. Durante toda una cuadra nadie se detuvo, nadie hizo el intento de meter la mano en el bolsillo o buscar dentro del monedero. Yo veía a mi padre con el cielo como escenario y de repente cambiaba la mirada a las personas que se aproximaban, deseando que alguna aceptara cambiarnos las monedas y la búsqueda terminara.

Al subir la banqueta de una tercera cuadra, solté su mano con disimulo. Él no bajó la mirada, pero guardó su mano en el bolsillo del pantalón hasta que el brazo le quedó estirado. Un hombre mayor caminaba en dirección contraria, llevaba corbata y zapatos brillantes. Ésta vez mi padre no habló, simplemente alargó el brazo e hizo sonar las monedas como señal. El viejo titubeó, se palpó los bolsillos del pantalón y finalmente negó con la cabeza lanzándome una mirada compasiva. Fruncí el ceño y le dije a mi padre que quería regresar, aunque no sabía realmente a dónde.

Estamos pidiendo limosna, presentí, estamos pidiendo limosna aunque tengamos la piel blanca y la ropa limpia. Recuerdo que le pregunté por la urgencia de las monedas y él sólo contestó que necesitábamos conseguir ese dinero, así que continuamos la marcha separados por el aire.

No podíamos estar pidiendo limosna, eso lo hacen pobres y mendigos. ¿Qué hacíamos? Había algunas tiendas de abarrotes abiertas, también había un viejo zapatero que invadía la calle con zapatillas de mujer dispares, algunas botas y olor a pegamento barato, pero no le alargó la mano a él, ni se metió en las tiendas. ¿Qué hacías entonces, papá?

En la esquina reconocí a una niña de mi clase que iba al colegio con el cabello grasoso pegado al cráneo y el uniforme sin planchar, pero tenía buenas notas. Al reconocernos, ambas sonreímos penosamente. A su lado había un par de señoras, una de ellas, su madre, platicaba y reía a carcajadas. Al percatarme de que mi padre se dirigía a ellas, me detuve, él siguió y las interrumpió con el tintineo de su palma. Ambas estiraron el cuello para ver el hueco de su mano y después miraron al hombre alto y apuesto que comenzó a mover los labios. Buscaron en las bolsas de sus delantales abultados por los senos y el vientre y cada una soltó una moneda dentro del hueco, pero no recogieron nada a cambio. Él sonrió y me dijo con orgullo que era hora de irnos.

Camino a ningún lado me explicó que los actores debían demostrarse que podían personificar cualquier condición, a pesar de su aspecto. Le pregunté si me había utilizado para eso.

–Todos los mendigos lo hacen.

 

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octubre 28, 2010

Historias

por vanessasaintcyr

El buen cine reconcilia con la ficción. Alivia, reconforta, pero es un golpe bajo para la realidad y para todos los que crean, representan y son público de buenas historias.

En la sala no éramos más de siete personas, y la película la quitarían de cartelera al siguiente día. Desde Things you can tell just by looking at her espero la nueva obra de Rodrigo García como las novelas de McEwan.

Una mujer madura despierta de un sueño inquietante y se pasa a la cama de su anciana madre para dormir de nuevo. Y entre el pasado y la ausencia empiezan las tres historias de Mother and Child, urdidas con una fina narrativa visual y una excelente dirección de actores.

“Una persona dentro de otra persona”; la maternidad —y la adopción como su paralelo más amargo— y todas sus contradicciones: búsqueda, ausencia, negación, espera… consecuencias.

Casi siempre son las mujeres y el rompecabezas que las forma, pero cuando este director de cine le da fuerza a un personaje masculino escoge lo mejor de su especie. Un hombre capaz de romper la amargura de una mujer y dejarla salir a la vida (Jimmy Smits como Paco en Mother and Child, y Aidan Quinn en el papel de Henry en Nine Lives).

Pero este tipo de cine nunca llegará al gran público porque exige atención e involucramiento por parte del espectador y a la mayoría le incomoda la exigencia.

Salimos de la sala conmovidos y tocados por el dramatismo, y nos topamos con una fila interminable que espera ver algo con muchos tiros de metralleta y persecuciones, o alguna de terror. Pero el miedo real es que esa misma desproporción es para los que demandan un mejor gobierno o buscan una reacción civil real para acabar con el poder del narco que ahora se mete a matar a jóvenes en cualquier casa.

Pero exigir o que te exijan es demasiado y la gente cuando decide ver cine escoge historias para no pensar.

octubre 21, 2010

Ese latido

por vanessasaintcyr

Un día común, de rutinas y cosas sencillas. De obligaciones simples y mortales. Los minutos se comen las horas y nada dulce regresa de la memoria.

De repente, una pregunta incómoda parece colgarse del cenit, me ilumina como en un interrogatorio: ¿He hecho lo suficiente…? ¿Qué hago para merecer un sitio en el mundo? Y esa ficha golpea otra, y otra, para acabar exprimiendo toda la metafísica que cabe en un martes.

Y entre trámites y jabón de trastes termino haciendo de mi trayecto por el mundo un balance indulgente por sentir que aún tengo tiempo, o inflado por algunas frases acertadas.

La tarde cae, la luz se va a hacia la Luna. Mi hijo pide dormir conmigo. Su sueño es un imán. Pongo la mano en su pecho y ahí está lo que necesito, un impulso constante que alimenta mis días comunes mientras pienso en los que tal vez no llegarán.

octubre 14, 2010

A tu salud

por vanessasaintcyr

¿En qué puedo ayudarla?

—Pues mire, no sé por dónde empezar. Tengo una salud frágil, aunque llevo una vida saludable. No fumo, hago ejercicio, como frutas y verduras. Me fumo un toque de vez en cuando, pero como medicina, usted sabe, para reírme un poco de este mundo.

A ver, vamos a revisarla. Abra. Ahora respire. Otra vez. Voy a analizar su iris. Ahora tocaré su columna y me dice si siente dolor. ¿No? ¿y aquí?

—Ahí duele un poco.

Mmmmm. ¿Es usted muy irascible?

—No, no que va. Sólo me incomoda que no haya una voluntad política para ningún cambio importante. Que el país esté dominado por narcos, que lo que más impere en el inconsciente colectivo sea la inseguridad, el miedo, la mediocridad. Que ya que nuestro sistema educativo no sirve, no se pueda adoptar uno efectivo. Que no se difunda una cultura del deporte y que lo único que crezca en índices que llamen la atención sean los muertos por la violencia y las amenazas del crimen organizado, las únicas que sí se cumplen. Lo normal, creo yo.

Ya veo, ¿es usted alérgica a algo?

—Pues sí, mire, a la ineficiencia, la estupidez, el nepotismo, la impunidad… y a otras situaciones como que en este país dé tanto miedo hablar con la verdad, pero fuera de esos parámetros, pues no.

Me refería a medicamentos.

—¡Ah! No que yo sepa, pero sí lo soy a la idea de que algo grave me pase porque como profesional independiente que soy no hay seguridad social que me cubra y el seguro de gastos médicos que me desangra cada mes hace todo lo posible por excluir mis malestares.

¿Cómo se enteró de mi consulta?

—Una amiga. Me dijo que usted la estaba librando del síndrome tensional ocasionado por estrés. Y como usted es de los pocos médicos que combina acupuntura, homeopatía y sigue utilizando la ciencia médica a favor, pues me convenció.

Le voy a decir como la veo de arriba abajo. Usted tiene una infección en las vías ideáticas, las tiene demasiado altas. Hay que bajarlas a niveles normales. También tiene una tendencia al cambio que no va con el promedio. Y estrés, claro, demasiado. Me gustaría hacerle un tratamiento de acupuntura dos veces a la semana y programarle un calendario de cura a un año combinando medicina homeopática con antibióticos; hay que acabar con algunas ideas resistente y recurrentes. Yo creo que después de eso estaría curada.

—¿Y cuánto me costaría eso?

—500 pesos la consulta más las medicinas. (al año 26,000 pesos).1

—Gracias, doctor, su método y fidelidad al juramento hipocrático me hacen sentir mucho peor.

[1] El precio de consulta, el médico buscado y encontrado (pero descartado) y los malestares iniciales son reales.
octubre 12, 2010

Philip Glass, músico cómplice de imágenes

por vanessasaintcyr

¿Qué sería de este mundo sin la música? No lo imagino. La música concilia, ennoblece y exacerba tantos pensamientos positivos que sin ella la locura ya habría ganado mucho más terreno, y este planeta sería menos bello y peor desequilibrado.

La música viaja por los estados de ánimo y cuando te envuelve, las notas se enredan irreparablemente a un recuerdo. Hay composiciones que arrebatan la atención y seducen, que alcanzan estados de conciencia sublimes, como no se logran con ninguna otra forma de arte. Nietzsche dijo, y con razón, que “por la música las pasiones gozan de ellas mismas, y sin ella la vida sería un error.”

Y ¿cómo se reconoce la música excelsa si hay tantos gustos como calificativos para cada creación? Bueno, hay un parámetro simple: la que es realmente buena permanece, se mueve con los años y evoluciona haciendo eco en los tesoros que los melómanos suelen compartir. También tiene la virtud de combinarse a la perfección con cualquier expresión artística; y si la película, ópera, documental, multimedia o performance se quedará en el intento, la buena música llamará la atención por sí misma.  Por eso, es probable que el terreno donde la inspiración del músico de este siglo se manifieste de una manera más libre, elocuente —y al mismo tiempo se dé a conocer en todo el mundo— sea en las bandas sonoras para el cine.

Philip Glass (Baltimore, 1937) ha logrado la difusión de su música así, fusionándola, trabajando también con el recurso visual, operístico y dramático con tanta precisión y acierto que muchas de sus composiciones —cuando no se acoplan con maestría en las imágenes o ideas— superan la obra en sí misma.

Música que transforma

Philip Glass es considerado uno de los compositores más influyentes de finales del siglo XX y mundialmente conocido como uno de los pocos que ha llevado —junto con Kurt Weill y Leonard Bernstein— la denominada art music a un público más general. Su música ha logrado una accesibilidad antes no reconocida por el mercado de difusión. Y si su nombre no es suficiente para recordar vagamente alguna de sus piezas o acordes característicos, seguramente lo harán las imágenes donde ha sembrado sus notas frenéticas, efusivas y fértiles. De él es la música de los filmes “El ilusionista”, “Las Horas”, “Kundun”, “Anima Mundi” y de la trilogía Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Naqoyqatsi, por mencionar algunas que han despertado al oído acostumbrado a no escuchar y por eso, para muchos, las composiciones de Glass pueden resultar de una resonancia exasperante y nerviosa.

Aunque él prefiere el término “música para teatro” —expresión con la que define la realidad de la ópera contemporánea— su música ha sido catalogada como minimalista, por su aparente sencillez, el curso de notas repetidas y por piezas que parecen evolucionar en ciclos sin fin. Para quien conoce su universo, que incluye ensambles, operas, sinfonías, conciertos, bandas sonoras y obras de piano, es muy probable que coincida con que esa denominación acaricia sólo una parte de sus diseños sonoros.

Es un compositor e interprete dotado de una inspiración inagotable, y que conoce muy bien hasta dónde puede llegar su capacidad para la trasgresión genérica. Al haber superado su formación clásica, y desafiar la ortodoxia que ronda en la música culta norteamericana del siglo XX, se ha ganado varios detractores y espectadores impacientes, pero también se ha aliado con colegas de todos los géneros posibles, como Ravi Shankar, Linda Ronstadt, Brian Eno, David Bowie, Suzanne Vega, The Roches, Paul Simon y David Byrne, quienes han enriquecido sus procesos —y viceversa— y juntos han materializado grandes compilaciones.

Mosaicos sonoros

Hablar de música resulta un tanto difícil porque es un lenguaje que prescinde de palabras y, cuando las incluye, se disfrutan precisamente cuando van juntas, cuando han sido compuestas con ese propósito y en el punto donde se alinea la creatividad y una veta cercana a la pasión. Glass no trabaja con la lírica, pero quienes admiramos su trabajo usamos las palabras para crear un puente que invite a escucharlo con atención. Y quien aún no lo conoce y da ese paso, la mayoría de las veces se queda en el lado donde sus notas —es verdad— se debaten en ciclos sin fin, pero también en virtuosos y constantes cambios.

Por ejemplo, la partitura para las películas Anima Mundi y Powaqqatsi son verdaderas obras maestras de nuestro tiempo. Living Waters  (la 5ª de las 7 partes de que consta la primera) es música majestuosa e impregnada de misterio; expansiva y fluida como una marea. Y otro de sus más coloridos y variados mosaicos sonoros es The Unutterable, el decimotercero de los 18 que componen la banda sonora de Powaqqatsi (vida en transformación). Y es en estos casos, donde vale mucho la pena presenciar la obra completa: música e imágenes para ver cómo una propuesta íntegra desgrana el rompecabezas de este mundo en un llamado de atención a lo que hacemos todos los días sin detenernos a pensar en el eco que provocamos.

Genio busca genio

Para cerrar otro de tantos círculos, Glass sólo necesitaba aliarse con un monstruo de la literatura. Una de sus últimas composiciones de Música para teatro y primera ópera a gran escala, Waiting for the Barbarians es extraída de la novela del mismo nombre de J.M. Coeetze (Premio Nobel de literatura 1993); uno de los escritores más honestos y con una impresionante capacidad para retratar la cambiante y cruel condición humana. De esta obra, que se estrenó en septiembre de 2005 en Alemania y que tuvo como respuesta una ovación de pie de 15 minutos, Glass ha dicho que es un reflejo actual que crítica la guerra en contra de Iraq. En esencia, la obra examina la forma en que las naciones poderosas respaldan la represión, la tortura y cómo en la era moderna la sociedad blanca concluye una herencia de siglos de represión a culturas negras e indígenas, otra muestra del compromiso de este compositor con causas que rebasan el hedonismo del arte.

Repeticiones y silencios

Ese estilo tan Glass, que para algunos cae en un exceso de notas similares o repeticiones, ha cambiado con los años y por supuesto con los proyectos con los que se fusiona; no es lo mismo escuchar las composiciones de 1982, que la música de “Las Horas”. El cromatismo que salpica hoy su música es más extremo y fluido, y los cambios de texturas son constantes. Si hay algo destacable en Glass es su impredecible orquestación y cada sección tiene un momento (o más) que se mantiene en el foco de atención. Puede haber incluso una sutil flauta y variaciones de arpa que se desgranan melancólicamente hacia un segundo movimiento.

Y si su música parece oscilar en una ligera estela de repetición que se transforma, esa es precisamente su propuesta. Lo que lleva el sello Philipe Glass es impredecible, nunca tibio y las notas con las que rompe el silencio advierten un recorrido intenso, exaltado. Glass como músico, como compositor, esporadicamente como instrumentista, exhibe en episodios su visión del ritmo, a veces desnudo, y otras, engarzado en finas melodías. Un compositor de imágenes que exalta e invita a la reflexión de que la creación de uno solo puede ser magnífica, pero el trabajo en equipo es un talento que pocos genios logran.

octubre 10, 2010

¿Testosterona?

por vanessasaintcyr

Tengo en el baño de visitas el libro Mujer, una geografía íntima de Natalie Angier; un muy buen ejemplo de periodismo científico. Dice cosas realmente sorprendentes de las mujeres y nuestras hormonas. Y aunque tiene más de 400 páginas está tan bien condensado que hace de mis idas al baño verdaderas cápsulas culturales.

Lo abro al azar y en uno de sus últimos capítulos dice que la primera tarea de una niña es aprender a sobrevivir en un grupo de niñas. Las niñas en grupo son… Agresivas. Habla de los niveles de testosterona en la mujer. Dice, entre otras cosas, que la mujer cuyo cociente de testosterona está en el extremo superior del rango femenino se interesa más por su carrera profesional, es más asertiva sexualmente y le gustan menos los niños, es muy poco madre (sic).

Y a partir de ese capítulo entendí un poco más porqué funcionan tan bien las fiestas de niños si están llenas de niños gritando de emoción (y llorando), mujeres histéricas, abuelos afanosos, shows infantiles deprimentes y algún macho perdido por ahí que se refugia constantemente en su celular.

Funcionan porque las que son muy madres se la pasan pastoreando a los chiquitos propios y a los ajenos, los persiguen para que coman, buscan que se diviertan con lo que hay y vigilan que los niños varones más grandes no se pasen de listos, que pasa todo el tiempo.

Las otras por el contrario no despegan su culo del asiento —excepto para comer— no paran de hablar, y casi ni voltean a ver por dónde están sus hijos de tres años porque están demasiado ocupadas en criticar cualquier asunto excepto los propios. Yo entiendo eso de interesarse (más) por la carrera profesional, y de lo asertivo en lo sexual ni hablar, lo que no sé es por qué se aventuran en la maternidad para comprobar que no es lo suyo, repiten la experiencia y entre una cosa y la otra, ni profesión, ni sexo —se nota— ni empatía infantil.

Quizá la testosterona nada tenga que ver, para mi gusto hay mujeres que saben y se divierten jugando y viendo disfrutar a los niños, y las que por mucho más tiempo del permitido quieren escapar de ellos.

octubre 1, 2010

Pasado

por vanessasaintcyr

A veces, el gusto por el pasado, por lo irrecuperable se vuelve tan poderoso que llegas a extrañar el café de la mañana, la primer caricia que baja por la lengua, el calor; la combinación de esa droga mañanera con las letras del domingo que llegan hasta la intimidad de las sábanas, sin prisa. El roce despreocupado y evocador de Andrés.

Todo eso estará mañana, tal vez, con una mejor lectura desde mi Kindle, pero la mañana que añoro se ha perdido, como los niños de aquella foto, que ya no son niños.

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