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octubre 12, 2010

Philip Glass, músico cómplice de imágenes

por vanessasaintcyr

¿Qué sería de este mundo sin la música? No lo imagino. La música concilia, ennoblece y exacerba tantos pensamientos positivos que sin ella la locura ya habría ganado mucho más terreno, y este planeta sería menos bello y peor desequilibrado.

La música viaja por los estados de ánimo y cuando te envuelve, las notas se enredan irreparablemente a un recuerdo. Hay composiciones que arrebatan la atención y seducen, que alcanzan estados de conciencia sublimes, como no se logran con ninguna otra forma de arte. Nietzsche dijo, y con razón, que “por la música las pasiones gozan de ellas mismas, y sin ella la vida sería un error.”

Y ¿cómo se reconoce la música excelsa si hay tantos gustos como calificativos para cada creación? Bueno, hay un parámetro simple: la que es realmente buena permanece, se mueve con los años y evoluciona haciendo eco en los tesoros que los melómanos suelen compartir. También tiene la virtud de combinarse a la perfección con cualquier expresión artística; y si la película, ópera, documental, multimedia o performance se quedará en el intento, la buena música llamará la atención por sí misma.  Por eso, es probable que el terreno donde la inspiración del músico de este siglo se manifieste de una manera más libre, elocuente —y al mismo tiempo se dé a conocer en todo el mundo— sea en las bandas sonoras para el cine.

Philip Glass (Baltimore, 1937) ha logrado la difusión de su música así, fusionándola, trabajando también con el recurso visual, operístico y dramático con tanta precisión y acierto que muchas de sus composiciones —cuando no se acoplan con maestría en las imágenes o ideas— superan la obra en sí misma.

Música que transforma

Philip Glass es considerado uno de los compositores más influyentes de finales del siglo XX y mundialmente conocido como uno de los pocos que ha llevado —junto con Kurt Weill y Leonard Bernstein— la denominada art music a un público más general. Su música ha logrado una accesibilidad antes no reconocida por el mercado de difusión. Y si su nombre no es suficiente para recordar vagamente alguna de sus piezas o acordes característicos, seguramente lo harán las imágenes donde ha sembrado sus notas frenéticas, efusivas y fértiles. De él es la música de los filmes “El ilusionista”, “Las Horas”, “Kundun”, “Anima Mundi” y de la trilogía Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Naqoyqatsi, por mencionar algunas que han despertado al oído acostumbrado a no escuchar y por eso, para muchos, las composiciones de Glass pueden resultar de una resonancia exasperante y nerviosa.

Aunque él prefiere el término “música para teatro” —expresión con la que define la realidad de la ópera contemporánea— su música ha sido catalogada como minimalista, por su aparente sencillez, el curso de notas repetidas y por piezas que parecen evolucionar en ciclos sin fin. Para quien conoce su universo, que incluye ensambles, operas, sinfonías, conciertos, bandas sonoras y obras de piano, es muy probable que coincida con que esa denominación acaricia sólo una parte de sus diseños sonoros.

Es un compositor e interprete dotado de una inspiración inagotable, y que conoce muy bien hasta dónde puede llegar su capacidad para la trasgresión genérica. Al haber superado su formación clásica, y desafiar la ortodoxia que ronda en la música culta norteamericana del siglo XX, se ha ganado varios detractores y espectadores impacientes, pero también se ha aliado con colegas de todos los géneros posibles, como Ravi Shankar, Linda Ronstadt, Brian Eno, David Bowie, Suzanne Vega, The Roches, Paul Simon y David Byrne, quienes han enriquecido sus procesos —y viceversa— y juntos han materializado grandes compilaciones.

Mosaicos sonoros

Hablar de música resulta un tanto difícil porque es un lenguaje que prescinde de palabras y, cuando las incluye, se disfrutan precisamente cuando van juntas, cuando han sido compuestas con ese propósito y en el punto donde se alinea la creatividad y una veta cercana a la pasión. Glass no trabaja con la lírica, pero quienes admiramos su trabajo usamos las palabras para crear un puente que invite a escucharlo con atención. Y quien aún no lo conoce y da ese paso, la mayoría de las veces se queda en el lado donde sus notas —es verdad— se debaten en ciclos sin fin, pero también en virtuosos y constantes cambios.

Por ejemplo, la partitura para las películas Anima Mundi y Powaqqatsi son verdaderas obras maestras de nuestro tiempo. Living Waters  (la 5ª de las 7 partes de que consta la primera) es música majestuosa e impregnada de misterio; expansiva y fluida como una marea. Y otro de sus más coloridos y variados mosaicos sonoros es The Unutterable, el decimotercero de los 18 que componen la banda sonora de Powaqqatsi (vida en transformación). Y es en estos casos, donde vale mucho la pena presenciar la obra completa: música e imágenes para ver cómo una propuesta íntegra desgrana el rompecabezas de este mundo en un llamado de atención a lo que hacemos todos los días sin detenernos a pensar en el eco que provocamos.

Genio busca genio

Para cerrar otro de tantos círculos, Glass sólo necesitaba aliarse con un monstruo de la literatura. Una de sus últimas composiciones de Música para teatro y primera ópera a gran escala, Waiting for the Barbarians es extraída de la novela del mismo nombre de J.M. Coeetze (Premio Nobel de literatura 1993); uno de los escritores más honestos y con una impresionante capacidad para retratar la cambiante y cruel condición humana. De esta obra, que se estrenó en septiembre de 2005 en Alemania y que tuvo como respuesta una ovación de pie de 15 minutos, Glass ha dicho que es un reflejo actual que crítica la guerra en contra de Iraq. En esencia, la obra examina la forma en que las naciones poderosas respaldan la represión, la tortura y cómo en la era moderna la sociedad blanca concluye una herencia de siglos de represión a culturas negras e indígenas, otra muestra del compromiso de este compositor con causas que rebasan el hedonismo del arte.

Repeticiones y silencios

Ese estilo tan Glass, que para algunos cae en un exceso de notas similares o repeticiones, ha cambiado con los años y por supuesto con los proyectos con los que se fusiona; no es lo mismo escuchar las composiciones de 1982, que la música de “Las Horas”. El cromatismo que salpica hoy su música es más extremo y fluido, y los cambios de texturas son constantes. Si hay algo destacable en Glass es su impredecible orquestación y cada sección tiene un momento (o más) que se mantiene en el foco de atención. Puede haber incluso una sutil flauta y variaciones de arpa que se desgranan melancólicamente hacia un segundo movimiento.

Y si su música parece oscilar en una ligera estela de repetición que se transforma, esa es precisamente su propuesta. Lo que lleva el sello Philipe Glass es impredecible, nunca tibio y las notas con las que rompe el silencio advierten un recorrido intenso, exaltado. Glass como músico, como compositor, esporadicamente como instrumentista, exhibe en episodios su visión del ritmo, a veces desnudo, y otras, engarzado en finas melodías. Un compositor de imágenes que exalta e invita a la reflexión de que la creación de uno solo puede ser magnífica, pero el trabajo en equipo es un talento que pocos genios logran.

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