La calle que extraño

por vanessasaintcyr

La calle te puede sorprender con rostros y actitudes humanas; es un escaparate nutrido, bello y salvaje. Y ante ese escenario donde al mismo tiempo eres actor, espectador y fugaz director de cine, a veces las sorpresas son mucho más que gratas. Por ejemplo, el rebuscado y seductor sonido de un sax que invade y embelesaba sin preguntar.
Fui a tomar un café a esa esquina del parque, donde veía pasar un poco la vida, los niños y tantos perros que en los últimos años se han adueñado de los parques.
El músico estaba ahí; elegante y hasta un tanto tímido, vestido con su guayabera blanca, sombrero panamá y su reluciente saxofón dorado de donde sacaba traviesas notas de jazz. Fui, compré mi café y salí del lugar, pero su música me abrazó y no me dejó ir.
La buena música me abre los poros… me acaricia. Me ha pasado, varias veces, en mi ciudad y otras del mundo que un músico de espíritu libre y que ama lo que hace suelta sus notas en alguna banqueta concurrida. Y yo me dejo hipnotizar porque las buenas composiciones son un motor de fantasías.
En diferentes ciudades y con distintos instrumentos. Barcelona; en el metro de París; en Vancouver, en Lisboa y en New Orleans, por supuesto. Respetuosos, toman la calle y el silencio para compartir y tratar de vivir de eso. Se hacen dueños de ese pequeño escenario y después, agradecidos o un tanto decepcionados, parten. Son nómadas urbanos que casi nunca se acomodan en deleitar al mismo auditorio, saben de su condición efímera, saben que su hechizo es fugaz y que otras partes del mundo también necesitan escucharlos. Los mejores, callejeros o no, así son.
Pero el sax fue una experiencia nueva porque es un instrumento que va poco a poco; un beso por aquí y otro allá, notas sin prisa pero con ritmos insospechados y urgentes de continuación… Un clímax explosivo y elegante para descender con suavidad. Te suelta, pero no te deja ir, como los buenos amantes.
Cuál es el precio que debería pagar por ese regalo, ese estremecimiento musical que, tengo que reconocerlo, tiene mucho de sexual. Si la música me toca, el precio es hacerle saber lo que provoca. Esperé a que terminara, me acerque y le dije: ¡gracias, qué rica música tocas! Me miró, me regresó la sonrisa y quise creer que entendió la metáfora, pero siguió con lo suyo. Los buenos músicos son así.

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