Archive for marzo, 2011

marzo 29, 2011

La gata Lao VIII

por vanessasaintcyr

Lydia volvió, sin avisar, con el atún fresco envuelto en papel aluminio dentro de su bolsa. Un vecino la dejó entrar al conjunto de casas y se dirigió a la puerta de Mario escrutando los rincones y escondrijos para descubrir a Lao o ubicar por donde podría colarse al jardín. El auto de Mario no estaba, pero podría haber llegado ya la mujer que hacía la limpieza. De cualquier forma no quiso tocar, ni dar explicaciones. La entrada de la casa estaba tan tupida de plantas altas y enormes macetas que podía esperar ahí sin ser vista.
¡Lao! —la llamó, y sacó el atún intentando dejar salir el olor.
No podía simplemente dejar el trozo ahí, otro animal o las hormigas acabarían con él, estaba destinado a Lao sin Mario presente, sin nadie más, por eso se introdujo al jardín como una intrusa, como lo haría un gato de la calle tratando se poseer lo que siente que es suyo.
No tenía toda la mañana y el atún dejaría de ser apetecible si la gata no aparecía. Miró la arquitectura de la casa, las ventanas altas y enrejadas, quienes eligen ponerlas no se dan cuenta que se van acomodando lentamente en su propia prisión. Tal vez Lao no tenía forma de salir. Así que decidió entrar. Tocó. La mujer que limpiaba la miró con desconfianza cuando le dijo parte de lo que ella asumió como verdad:
Hola, le dije a Mario que vendría a darle de comer a la gata Lao, últimamente no ha estado bien y necesita otro tipo de comida.
Él no me dijo nada.
Ya sé, pero he quedado. —Y pasó de largo rozándola con el hombro. Fue hacia el estudio, hacia el sofá blanco donde pensó encontrarla acurrucada, echa un ovillo, durmiendo. La mujer la siguió. Lao no estaba ahí.
No la he visto desde que llegué, a veces no sale en todo el día. —Le dijo mientras cruzaba los gruesos brazos por encima de los senos y la seguía a la biblioteca. Lydia se acercó al fondo de la habitación donde estaba el escritorio aún con los papeles y la lámpara en las orillas y sintió una caricia entre las piernas al recordar lo que Mario le había hecho.
Bueno, aquí tampoco está, —dijo la mujer exasperada.
Voy a esperarla sentada en las escaleras a ver si aparece, tengo que ver que se alimente.
¡Psss! Esperar a un animal para que coma. —y se alejó hacia la cocina.
Se sentó en el penúltimo escalón, desde ahí podía ver todas las entradas de la planta baja. Era casi medio día y en la espera se puso a escuchar el ruido confuso de los aparatos eléctricos conectados a la electricidad, el canto cortado de algún pájaro y el movimiento de la mujer en la cocina.
Oiga, Lao está aquí, pero no se mueve.
El refrigerador estaba en una esquina, al lado una pared y en el otro extremo las puertas de madera de la alacena. Las patas traseras y la cola de Lao se veían apenas sobresalir de un espacio demasiado reducido para su cuerpo inmóvil.

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marzo 23, 2011

Desencuentro (La gata Lao VII)

por vanessasaintcyr

Lydia llegó al WineHouse cuando los invitados circulaban con sus copas de vino en la mano y observaban las fotos. Piel, mujeres y posturas sugerentes. Una producción cuidada y generosa de sensualidad. Ninguna imagen se acercaba a la inmediación del sexo real, por eso gustaba tanto. Vio a Alan a lo lejos, sonriendo, actuando como un artista despreocupado del escenario y su auditorio, pero todo lo media, por eso sus ojos me encontraron y se dirigió a mí cambiando la máscara de su semblante:

Quiero que dejes de hacer lo que estás haciendo.

¿Qué parte específicamente?, hago más de una cosa en mi vida.

El blog ese de la Gata Lao, que lo dejes de escribir. Estás robándote parte de una historia privada y la estás tergiversando. Qué te da derecho a escribir sobre mi madre y su recuerdo por la casa. No te lo permito, explota a tus propios muertos.

Crees que eres el único hombre al que se la ha muerto su madre o crees que se trata de ti por la atracción y el erotismo entre los personajes, que por cierto lo adorné bastante, deberías agradecérmelo. Me inspiré en la relación, pero no son memorias. Tomo de la realidad, Alan, como todos, como haces tú con tu obra. No eres tú, ni yo, ni el fantasma de tu madre, y no tienes ninguna gata, te deshiciste de ella y dejaste todo lo demás. Lo que tienes es un ego muy grande y muy poca inventiva, esta exposición es tan parecida a la anterior que me confundo. ¿No tienes otros intereses que no sean el erotismo y el sexo y las mujeres atrevidas? Eso ya lo explotó Helmut Newton y lo hizo mucho mejor que tú.

El sexo es lo que me mantiene y hacer mover el mundo, y no me importa tu opinión sobre mi obra. A la gente le gusta y la compra.

Hay quien dice que no, que no es el sexo lo que mueve el mundo, es la envidia, y a mí tampoco me interesa si crees que se trata de ti o de tu madre. Si no quieres enterarte de lo que escribo no entres a mi blog, no lo leas.

Puedes darle todas las vueltas que se te ocurran, yo sé lo que estás haciendo.

Dime una cosa, Alan, además de ti ¿quién podría asociar la historia contigo, con tu madre? No eres tan importante ni conocido y tampoco, así que concéntrate en otra cosa.

Te cuidado, estás invocando algo y puede salirse de tu control.

Ése es tu problema, que crees que controlas algo o todo. Mi historia de la Gata Lao va saliendo, ella me controla a mí y me dejo llevar. Disfruta tu noche que tal vez no se repetirá.

marzo 11, 2011

La gata Lao V

por vanessasaintcyr


Caminó hasta que el cabello se le secó. Caminó y agradeció vivir en una ciudad hecha para los peatones y no para los autos. Miró a la gente que transitaba en sentido contrario midiendo su distancia, y así siguió hasta que sus pasos la guiaron hasta la cocina de su casa. Se descalzó. Había caminado más de cinco kilómetros y el frío del mosaico la hizo sonreír. Se tumbó en el sillón y se frotó los pies en la tela de lona.
Miró su casa, disfrutó el silencio. Haría lo que Mario había propuesto, pero para ella misma. Cocinaría acompañada de una copa de vino; después se acicalaría y entraría en ese estado de consciencia gatuna que no siempre daba cabida a la reflexión.
Salió de nuevo, esta vez a cazar. Entró a esa selva de aire acondicionado y pasillos retacados de opciones artificiales. Fue directo al pescado y escogió un gran trozo de atún fresco, de un rosa intenso y lustroso. Champiñones, cebollín, jengibre, palmitos y una crema ácida para la sopa; un combinación de platillos que hacía de vez en cuando para celebrar una buena mañana de erotismo y una tarde de solitaria comodidad. Ya antes alguno le había insinuado que ese desapego después de una sesión de caricias hacía desconfiar de ella, que no era una señal de feminidad; un reclamo disfrazado por haberse adelantado a esa actitud de indiferencia y desinterés después de la victoria del sexo.
Eligió también duraznos y miel de abeja para el postre mientras recordó la respuesta que le dio a aquel hombre que no volvió a ver: “no es una reacción exclusiva de los hombres, o no debería serlo, y no tiene nada que ver con la feminidad, es simplemente una reacción más… animal. Se tardó en decirlo con toda intención y lo que él escuchó fue que el adjetivo había sido dirigido a su persona. Si hubiera tenido más animalidad no le habría importado el comentario y quizá lo habría hecho mejor en la cama, pero tenía más de humano de lo que Lydia soportaba, y eso terminó de desencantarla.
Pagó y salió, prefería ir al supermercado cada segundo día a pasarse una hora eligiendo lo que quería comer en la semana; simple olvidaba algo, además.
Se instaló en la cocina. El calor subió mientras el vino se enfriaba. Música de fondo para alimentar también el espíritu. Se sentó a comer asegurándose antes que todo lo que necesitaba estuviera dispuesto en la mesa. Un trago largo limpió el registro de sal, después se pasó la lengua por los labios para saborear los residuos de lo que había cazado.
Fue hacia la ventana y miró. Entró en calma antes de entrar en el sueño.
En el refrigerador, esperaba un pedazo de atún sin cocinar que Lydia separó pensando en llevárselo a Lao. Debía estar fresco, así que no podía tardar mucho en regresar…

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