La gata Lao V

por vanessasaintcyr


Caminó hasta que el cabello se le secó. Caminó y agradeció vivir en una ciudad hecha para los peatones y no para los autos. Miró a la gente que transitaba en sentido contrario midiendo su distancia, y así siguió hasta que sus pasos la guiaron hasta la cocina de su casa. Se descalzó. Había caminado más de cinco kilómetros y el frío del mosaico la hizo sonreír. Se tumbó en el sillón y se frotó los pies en la tela de lona.
Miró su casa, disfrutó el silencio. Haría lo que Mario había propuesto, pero para ella misma. Cocinaría acompañada de una copa de vino; después se acicalaría y entraría en ese estado de consciencia gatuna que no siempre daba cabida a la reflexión.
Salió de nuevo, esta vez a cazar. Entró a esa selva de aire acondicionado y pasillos retacados de opciones artificiales. Fue directo al pescado y escogió un gran trozo de atún fresco, de un rosa intenso y lustroso. Champiñones, cebollín, jengibre, palmitos y una crema ácida para la sopa; un combinación de platillos que hacía de vez en cuando para celebrar una buena mañana de erotismo y una tarde de solitaria comodidad. Ya antes alguno le había insinuado que ese desapego después de una sesión de caricias hacía desconfiar de ella, que no era una señal de feminidad; un reclamo disfrazado por haberse adelantado a esa actitud de indiferencia y desinterés después de la victoria del sexo.
Eligió también duraznos y miel de abeja para el postre mientras recordó la respuesta que le dio a aquel hombre que no volvió a ver: “no es una reacción exclusiva de los hombres, o no debería serlo, y no tiene nada que ver con la feminidad, es simplemente una reacción más… animal. Se tardó en decirlo con toda intención y lo que él escuchó fue que el adjetivo había sido dirigido a su persona. Si hubiera tenido más animalidad no le habría importado el comentario y quizá lo habría hecho mejor en la cama, pero tenía más de humano de lo que Lydia soportaba, y eso terminó de desencantarla.
Pagó y salió, prefería ir al supermercado cada segundo día a pasarse una hora eligiendo lo que quería comer en la semana; simple olvidaba algo, además.
Se instaló en la cocina. El calor subió mientras el vino se enfriaba. Música de fondo para alimentar también el espíritu. Se sentó a comer asegurándose antes que todo lo que necesitaba estuviera dispuesto en la mesa. Un trago largo limpió el registro de sal, después se pasó la lengua por los labios para saborear los residuos de lo que había cazado.
Fue hacia la ventana y miró. Entró en calma antes de entrar en el sueño.
En el refrigerador, esperaba un pedazo de atún sin cocinar que Lydia separó pensando en llevárselo a Lao. Debía estar fresco, así que no podía tardar mucho en regresar…

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