La gata Lao VIII

por vanessasaintcyr

Lydia volvió, sin avisar, con el atún fresco envuelto en papel aluminio dentro de su bolsa. Un vecino la dejó entrar al conjunto de casas y se dirigió a la puerta de Mario escrutando los rincones y escondrijos para descubrir a Lao o ubicar por donde podría colarse al jardín. El auto de Mario no estaba, pero podría haber llegado ya la mujer que hacía la limpieza. De cualquier forma no quiso tocar, ni dar explicaciones. La entrada de la casa estaba tan tupida de plantas altas y enormes macetas que podía esperar ahí sin ser vista.
¡Lao! —la llamó, y sacó el atún intentando dejar salir el olor.
No podía simplemente dejar el trozo ahí, otro animal o las hormigas acabarían con él, estaba destinado a Lao sin Mario presente, sin nadie más, por eso se introdujo al jardín como una intrusa, como lo haría un gato de la calle tratando se poseer lo que siente que es suyo.
No tenía toda la mañana y el atún dejaría de ser apetecible si la gata no aparecía. Miró la arquitectura de la casa, las ventanas altas y enrejadas, quienes eligen ponerlas no se dan cuenta que se van acomodando lentamente en su propia prisión. Tal vez Lao no tenía forma de salir. Así que decidió entrar. Tocó. La mujer que limpiaba la miró con desconfianza cuando le dijo parte de lo que ella asumió como verdad:
Hola, le dije a Mario que vendría a darle de comer a la gata Lao, últimamente no ha estado bien y necesita otro tipo de comida.
Él no me dijo nada.
Ya sé, pero he quedado. —Y pasó de largo rozándola con el hombro. Fue hacia el estudio, hacia el sofá blanco donde pensó encontrarla acurrucada, echa un ovillo, durmiendo. La mujer la siguió. Lao no estaba ahí.
No la he visto desde que llegué, a veces no sale en todo el día. —Le dijo mientras cruzaba los gruesos brazos por encima de los senos y la seguía a la biblioteca. Lydia se acercó al fondo de la habitación donde estaba el escritorio aún con los papeles y la lámpara en las orillas y sintió una caricia entre las piernas al recordar lo que Mario le había hecho.
Bueno, aquí tampoco está, —dijo la mujer exasperada.
Voy a esperarla sentada en las escaleras a ver si aparece, tengo que ver que se alimente.
¡Psss! Esperar a un animal para que coma. —y se alejó hacia la cocina.
Se sentó en el penúltimo escalón, desde ahí podía ver todas las entradas de la planta baja. Era casi medio día y en la espera se puso a escuchar el ruido confuso de los aparatos eléctricos conectados a la electricidad, el canto cortado de algún pájaro y el movimiento de la mujer en la cocina.
Oiga, Lao está aquí, pero no se mueve.
El refrigerador estaba en una esquina, al lado una pared y en el otro extremo las puertas de madera de la alacena. Las patas traseras y la cola de Lao se veían apenas sobresalir de un espacio demasiado reducido para su cuerpo inmóvil.

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