La gata Lao X (El final)

por vanessasaintcyr

Lydia se quedó hipnotizada, la mirada fija en el tablero del auto o un poco más arriba, a través del parabrisas. Traía a Lao en los brazos con el cuello colgando por encima del codo. Después de todo era una buena señal aquél impulso de cazar aunque se haya quedado atrapada. Sonrió, sentía que el animal iba recuperando calor y agradeció el silencio del hombre que manejaba sin hacerle preguntas. No era fácil encontrarse con alguien que desechara las palabras con tanta serenidad. Miró sus brazos mientras cambiaba las velocidades del motor, morenos de sol, torneados por el ejercicio físico de movimiento constante, un nómada.
Siguió subiendo la mirada, el hombro derecho, la sienes con algunas canas, el perfil recto que de repente volteo y se ancló en sus ojos.
Es ahí, es esa casa de la esquina. Es una mujer, una doctora.
Gracias.
Se bajó con rapidez.

Lao estaba deshidratada, desnutrida, tenía un colmillo roto y tenía fracturada la pata derecha. Debía ponerle algunas vacunas, era necesario que se quedara ahí hasta el otro día. Lydia pagó la consulta y las medicinas y salió con el suéter manchado de sangre. Mientras buscaba el celular, su mano rozó con una textura húmeda y floja. El trozo de atún se había salido de su envoltura y todo se había impregnado de olor a pescado. Miró el reloj y los cinco mensajes que tenía por leer, todos de la tienda, tenía que preparar el material y pulir las piedras para la nueva colección, ya tenía los diseños pero hacía falta armarlos y prefería hacer ella el trabajo. De repente sintió que adornar los cuellos y las manos de otras mujeres era un oficio insulso, sobre todo cuando ella misma prefería sus manos desnudas y su cuello siempre dispuesto a una mordida, sin nada que pudiera estorbar. Disfrutaba mucho trabajar con los minerales y piedras raras y las ventas de sus diseños de joyas le permitía pasearse un lunes a medio día por calles que no conocía.
Llegó a una esquina y en una jardinera enterró el atún. Se frotó un poco de tierra para mitigar el olor, ahora sus palmas tenían una sombra opaca.
No podía seguir perdiendo tiempo. Paró un taxi y se subió. Mientras se dirigía a su taller pensó que al día siguiente Mario despertaría tarde, extrañado, sin saber porqué. Quizá no se percataría de la ausencia de Lao, ni echaría en falta ese llamado incesante que nunca descifraría. La llenó de gozo recordar a aquél hombre, su silencio imponente, la disposición de ayudarla, la belleza en su cuerpo de una madurez incipiente. Y sonrió al sentirse segura de que tenía algo ahí, con él, porque Lydia, como tú y como yo, terminamos enamorándonos de las historias que nos inventamos de los otros.

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