Archive for ‘La otra realidad’

abril 20, 2011

Atrás

por vanessasaintcyr

Llegó a su habitación y estaba invadida de rosas, las había en floreros pequeños que tapizaban el piso; en la cama, sobre la mesita que no era escritorio pero que usaba para trabajar, para jugar a escribir.

Eran rojas, todas, encendidas del impulso inagotable de aquél que entró con esa fallida intención de convencerla. Algunas ya estaban deshojándose, cansadas de esperar encerradas a que ella llegara y las viera y las despreciara.

Llegó tarde, poco antes de la media noche. Observó el escenario salpicado de rojo; una batalla entre el deseo por poseerla y el rechazo de ella por todo cliché de conquista.

Nadie había hecho algo así por ella y quizá nadie lo hará otra vez.

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octubre 1, 2010

Pasado

por vanessasaintcyr

A veces, el gusto por el pasado, por lo irrecuperable se vuelve tan poderoso que llegas a extrañar el café de la mañana, la primer caricia que baja por la lengua, el calor; la combinación de esa droga mañanera con las letras del domingo que llegan hasta la intimidad de las sábanas, sin prisa. El roce despreocupado y evocador de Andrés.

Todo eso estará mañana, tal vez, con una mejor lectura desde mi Kindle, pero la mañana que añoro se ha perdido, como los niños de aquella foto, que ya no son niños.

septiembre 10, 2010

Por la mañana

por vanessasaintcyr

Un sol de marfil

que vive entre palabras

y saliva.

Un sol que nunca se apaga

y si duerme siempre es dentro de mí.

Sus rayos no dan luz, ni calientan, excepto a veces

cuando vuelo y sueño.

Es pequeño, generoso, con muchos destellos nerviosos alrededor del centro

como si buscaran entrar y dar vida.

Y para unirte a ese sol sólo necesito un espejo.

septiembre 1, 2010

._

por vanessasaintcyr

Te había cambiado la mirada y te lo decía mientras me acercaba a ti. Llena de fulgor, de un verde limpio, noble y tranquilo. Antes siempre era azul. Violenta, llena de reclamos y cuando triste estabas se tornaba gris.

Tenías un hijo, con esa misma luz renovada en los ojos. Lo ponías junto a mí, como si lo ofrendaras, lo más valioso que habías hecho sin mí me lo mostrabas ahora, siempre buscando mi contacto.

Dirigías un grupo, un viaje. Tenías mapas y nos dabas la opción de elegir la mejor ruta. Todo había cambiado, antes habrías elegido el camino sin preguntar.

Tu mujer estaba por ahí, pero no se acercaba. Y, como antes, me pusiste un mensaje escrito en un papel. Tenías que escribirme, de otra manera no seria real: Él no te ve como yo. Y tienes razón.

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Y antes de eso, rayaba en la locura, en la obsesión, pero me hacía pensar y me invitó a conocer ciudades que no eran invisibles y trenes que iban hacia el norte. Mitómano, irracible y encandilado por los objetos redondos y las manos frías…

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