Archive for ‘Uncategorized’

agosto 10, 2011

Me pone alas

por vanessasaintcyr

Hace meses que escribo y no escribo. Dar a luz me ha encendido el foco de la vigilia. Mi cuerpo es alimento, sangre escarchada y dulce de mis días y mis noches. Así que sola en la silla y mi hijo latiendo conmigo me pongo a escribir en el aire manuscritos invisibles que no leerá nadie. Me paso las horas con los brazos ocupados y la mirada en su pequeño cuerpo o en inmensas incógnitas.
Hoy reíste mientras comías y me pusiste un par de alas, cuando volví qusiste beber de nuevo. Te puse una nana, la de Miguel Hernández cantada por Serrat mientras yo sonreía y agradecía a la vida tener mucho más que cebollas para alimentarte.

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octubre 31, 2010

Hebe, literatura y creación digital

por vanessasaintcyr

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato

30 de octubre de 2010

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato “Monedas”

El II Premio Hebe Plumier de Relato Corto, convocado por la revista digital Hebemagazine.com y la Librería Plumier, ha fallado su segundo certamen, otorgando su primer premio a la escritora mejicana Vanessa Saint Cyr por su relato “Monedas“.

 

Monedas

Mi padre y yo caminábamos de la mano por una calle de la colonia del Valle. Por alguna razón necesitábamos cambiar monedas grandes por una fracción menor. Las tenía sobre su palma y a toda persona que pasaba a nuestro lado le alargaba la mano.

Desde mi estatura no podía ver el monto de las monedas ni cuántas había. La gente negaba con un movimiento de cabeza o simplemente pasaba de largo. Durante toda una cuadra nadie se detuvo, nadie hizo el intento de meter la mano en el bolsillo o buscar dentro del monedero. Yo veía a mi padre con el cielo como escenario y de repente cambiaba la mirada a las personas que se aproximaban, deseando que alguna aceptara cambiarnos las monedas y la búsqueda terminara.

Al subir la banqueta de una tercera cuadra, solté su mano con disimulo. Él no bajó la mirada, pero guardó su mano en el bolsillo del pantalón hasta que el brazo le quedó estirado. Un hombre mayor caminaba en dirección contraria, llevaba corbata y zapatos brillantes. Ésta vez mi padre no habló, simplemente alargó el brazo e hizo sonar las monedas como señal. El viejo titubeó, se palpó los bolsillos del pantalón y finalmente negó con la cabeza lanzándome una mirada compasiva. Fruncí el ceño y le dije a mi padre que quería regresar, aunque no sabía realmente a dónde.

Estamos pidiendo limosna, presentí, estamos pidiendo limosna aunque tengamos la piel blanca y la ropa limpia. Recuerdo que le pregunté por la urgencia de las monedas y él sólo contestó que necesitábamos conseguir ese dinero, así que continuamos la marcha separados por el aire.

No podíamos estar pidiendo limosna, eso lo hacen pobres y mendigos. ¿Qué hacíamos? Había algunas tiendas de abarrotes abiertas, también había un viejo zapatero que invadía la calle con zapatillas de mujer dispares, algunas botas y olor a pegamento barato, pero no le alargó la mano a él, ni se metió en las tiendas. ¿Qué hacías entonces, papá?

En la esquina reconocí a una niña de mi clase que iba al colegio con el cabello grasoso pegado al cráneo y el uniforme sin planchar, pero tenía buenas notas. Al reconocernos, ambas sonreímos penosamente. A su lado había un par de señoras, una de ellas, su madre, platicaba y reía a carcajadas. Al percatarme de que mi padre se dirigía a ellas, me detuve, él siguió y las interrumpió con el tintineo de su palma. Ambas estiraron el cuello para ver el hueco de su mano y después miraron al hombre alto y apuesto que comenzó a mover los labios. Buscaron en las bolsas de sus delantales abultados por los senos y el vientre y cada una soltó una moneda dentro del hueco, pero no recogieron nada a cambio. Él sonrió y me dijo con orgullo que era hora de irnos.

Camino a ningún lado me explicó que los actores debían demostrarse que podían personificar cualquier condición, a pesar de su aspecto. Le pregunté si me había utilizado para eso.

–Todos los mendigos lo hacen.

 

octubre 21, 2010

Ese latido

por vanessasaintcyr

Un día común, de rutinas y cosas sencillas. De obligaciones simples y mortales. Los minutos se comen las horas y nada dulce regresa de la memoria.

De repente, una pregunta incómoda parece colgarse del cenit, me ilumina como en un interrogatorio: ¿He hecho lo suficiente…? ¿Qué hago para merecer un sitio en el mundo? Y esa ficha golpea otra, y otra, para acabar exprimiendo toda la metafísica que cabe en un martes.

Y entre trámites y jabón de trastes termino haciendo de mi trayecto por el mundo un balance indulgente por sentir que aún tengo tiempo, o inflado por algunas frases acertadas.

La tarde cae, la luz se va a hacia la Luna. Mi hijo pide dormir conmigo. Su sueño es un imán. Pongo la mano en su pecho y ahí está lo que necesito, un impulso constante que alimenta mis días comunes mientras pienso en los que tal vez no llegarán.

septiembre 21, 2010

Nacer

por vanessasaintcyr

Somos animales, mamíferos, pero hacemos todo lo posible por ignorar esa esencia, a denegarla precisamente por primaria y básica. Nos la han enseñado y la hemos aprendido enriqueciendo a otros. Ahora hay que dar marcha atrás.

Nació Matteo, un ser al que amo y aún no conozco. Cuando por fin terminó de salir del cuerpo de su madre, se lo colocaron en el plexo solar, en medio de los senos, para que sintiera el calor de la piel y oliera y buscara la leche para mamar, y lo hizo a los pocos minutos de ver la luz del mundo.

La partera estuvo en todo el proceso, ayudando, colaborando con el médico. Son horas largas las de parir así que debe haber confianza.

La primera noche durmieron juntos, en la habitación había otras dos madres y sus recién nacidos, mujeres que ya había tenido otros partos y de las que mi hermana aprendió en silencio como descansar con su hijo al lado. Al día siguiente se lo dieron al padre para que lo vistiera, lo tocara, lo sintiera. Y así durante cuatro días hasta que se van a casa. Eso es en Francia.

De la misma forma como en el libro de Freakonomics, de Levitt y Stephen J. Dubner, hicieron análisis y estadísticas de criminalidad y violencia en los hijos de mujeres que quisieron abortarlos y no lo hicieron, —entre otros inquietantes estudios—así me gustaría tener una aproximación más certera aunque cruda de las consecuencias de haber pasado del vientre materno a una aséptica cuna de hospital, olores agresivos y leche de fórmula sin nada familiar excepto el sueño. Despojados de la animalidad que nos dio la vida.

Yo quería que mi hijo naciera por parto natural, pero no me ayudaron. Consulté a un par de parteras, pero como no las dejan colaborar en los hospitales, tenía que ser el parto en casa y eso me parecía arriesgado. Mi médico sabía de cómo deseaba mi parto y me dijo que haría todo lo posible porque así fuera, pero no lo hizo. En la semana 37, en el ultrasonido, vi que el corazón de mi hijo tenía frecuencias inconstantes. Eso es natural, lo sé ahora, pero él no me lo corroboró. Me mandó a otra sala y me pusieron un cinturón elástico para monitorear la frecuencia cardíaca. “Si este bebé fuera mi hijo lo sacaría ahora”, me dijo. Me negué. Yo sentía que todo estaba bien.

Dijo que debía verme cada semana y hacer un ultrasonido hasta que me convenció de acelerar el parto con oxitocina sintética. Después de 11 horas tenía contracciones mínimas y no dilataba. Cuando empezaron más fuertes la frecuencia del bebé disminuyó otra vez y sin pensarlo un segundo anunció la orden de que me preparan para cesárea.

Andrés y yo habíamos considerado que nuestro hijo naciera en Cuba porque ahí la medicina es más “honesta”; sólo si necesitas una cesárea la hacen, pero desistimos. No podíamos saber a qué nos íbamos a enfrentar al querer regresar aunque yo no fuera cubana y él estuviera naturalizado mexicano.

La cesárea es dolorosa y tú no participas del proceso. Te amarran las manos, te ciegan la vista a una manta azul. Oyes movimientos metálicos de instrumentos. Estás anestesiada, pero lo sientes todo. Cuando sacan al bebé, te lo acercan segundos, apenas puedes hablarle, besarlo, sentirlo. El pediatra se lo lleva al cunero y no lo ves hasta el día siguiente, pero te llaman antes a tu habitación para preguntarte si quieres que tomen video al primer baño de tu hijo, con costo a tarifa de hospital privado, por supuesto.

La rapacidad de la industria médica y hospitalaria hace millones en detrimento de madres y recién nacidos. Por eso no permiten parteras, por eso el seguro paga la cesárea y no el parto, por eso hay paquete de tres noches de hospital con cesárea y anestesiólogo incluido. Así es generalmente en México.

La forma en la que la seguridad social de cada país está organizada es sintomática de su estructura y futuro.

Hay alternativas, desde luego, elegir y defender la decisión de cómo quieres dar a luz y encontrar y confiar en los que te ayuden en el proceso. Pero como país definitivamente tendríamos que volver a nacer.

septiembre 19, 2010

¿La vida está en otra parte?

por vanessasaintcyr

Casi sin excepción, nos pasamos la vida buscándola en otra parte. Deseando otros lugares para vivir, otros cuerpos para amar, nuevos oficios, emociones ajenas, utopías que tal vez por saberlas imposibles ni siquiera nos atrevemos a intentar, pero aún así continuamos dedicándole tantos pensamientos.

Cuánto tiempo hemos regalado a imaginar dónde podrá estar el lugar lejano y desconocido que nos hará felices; que es mejor simplemente porque no estamos en él, siguiendo esa inútil y heredada parte de la condición humana que nos empuja a insistir en búsquedas precisamente donde no están. En otras vidas que nunca podremos tener.

Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.

Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz…

Dice Fernando Pessoa en su poema Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra.

Caemos en esa actitud casi como en una enfermedad obligada, como las que dan en la infancia para hacernos más fuertes, como el furor o la impaciencia que le siguen y a la par del ímpetu por experimentar sensaciones al máximo.

Después vienen otros arrebatos, la necesidad del triunfo, la insaciable satisfacción del ego y entre ellos el repetido vicio de imaginar que la vida está en otra parte y que hay que salir a buscarla, como si pudiéramos renunciar a viajar con la esencia de lo que somos.

Y así hurgar donde no hay es una enfermedad recurrente, que llega sin avisar a veces con más fuerza que la primera vez. También hay tregua, en ocasiones esa sensación de vacío también termina por pasar; los síntomas poco a poco van despareciendo y —para algunos—los detalles y la sencillez vuelven a tener importancia, la capacidad por sorprenderse regresa y se cae en la cuenta de que el disfrute de la vida por sí misma tiene un valor inmutable. Que vale la pena seguir en este manicomio aunque no lo entendamos.

Quizá porque la dificultad está en encontrar el sentido todo los días caemos en la cómoda trampa de evadirla y escapar, como también hacen los locos. No, la vida no está en otra parte y otra enfermedad universal es que después de buscarla por tanto tiempo —sin encontrarla—se termina creyendo que la vida que realmente vivimos está en el pasado, en aquellos años de juventud donde no había otra forma de entenderla si no se buscaba en otra parte.

agosto 25, 2010

De síndromes y matemáticas

por vanessasaintcyr

Pitágoras, así se llamaba la calle donde vivíamos, la calle de nuestra niñez, donde regresábamos de la escuela caminando. Nada que ver con el ilustre matemático, excepto por convertirse en el referente inconfundible del espacio de un pequeño departamento en un cuarto piso donde mi madre hacia su mejor esfuerzo para sacarnos adelante.

Para que todo alcanzara nuestros sándwiches contenían una rebanada de jamón tan fina como un velo de novia. Algo de mayonesa y mostaza que nunca se salían del centro quizá para convocar un clímax y que el hambre se hiciera cargo de lo demás. Las quesadillas las hacía con dos pedacitos de queso alargados de punta a punta para que no dejaran de combinarse con el maíz. Una delicia. Y así, con sopita de fideo fuimos echando hasta que nos mudamos y el recuerdo de Pitágoras pasó a ser un efecto, un síndrome, un fantasma de la escasez que aún me persigue más veces de las que quisiera.

Después conocí el efecto Sandino. El hombre que pasó a ser mi hombre transcurrió su preadolescencia y los años siguientes en las becas del campo en Cuba, en una escuela llamada Sandino dónde el sistema trataba de formar a los “hombres nuevos” —y mujeres también, claro, pero ya sabemos que cuando de ideales históricos se trata el género femenino se omite—, el caso es que en las mañanas estudiaban, durante las tardes sembraban árboles de cítricos —por eso de inculcar la importancia de la agricultura en la temprana formación— y muchos de aquellos largos días de estudio y campo la comida no llegaba o se iban a la cama sin nada en el estómago. Así que en vez de conspirar con robar exámenes o chantajear a cierto profesor, el alumnado se las ingeniaba para abrir todos los candados de la despensa. Después pasó a ser profesor, escritor y visionario; pero el efecto Sandino pasó a ser el inversamente desproporcional. Es decir, mucho de todo, demasiado, más y más. Que nunca falte, es el eco de un hambre vieja que nunca se sacia.

Hoy, nuestro refrigerador tiene algo parecido a un desorden de alimentación, y la forma de hacer la compra un T.O.C (Trastorno obsesivo compulsivo). Él pone y yo quito la mitad. Y entre Pitágoras y Sandino vamos tirando de sumas y restas.

Las matemáticas se alteran cuando mi madre y mi hombre se reúnen para cocinar y la escencia de sus síndromes y efectos se encuentran. Ella, que sigue con esas rebanadas de jamón traslúcidas, dice que son una elección. Él se toma un tequila y luego otro, total, si la gente va a hablar hay que darle motivos. El resultado; un pavo exquisito y media olla de arroz a la basura porque fue demasiada agua.

Qué haría yo sin los excesos de Sandino y las mediciones pitagóricas. Al final, coincido con el filósofo griego que le dio nombre a la calle de mi infancia: todo es matemáticas.

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