Archive for ‘Ventanas donde me asomo’

julio 27, 2012

Libros paisajes

por vanessasaintcyr

Los libros, mi mundo. Paisajes de otras vidas que le ganan la partida a la realidad. A mí, lo que me gusta, es devorar el corazón de las historias, aprender de los bien escritos “a dentelladas secas y calientes”. Pero reconozco que hay algunos, muchos, antiguos y nuevos, sobre todo nuevos, que no sirven para leer.

Como sea, si es libro, llama mis pupilas, si es bello o logra transformar lo inerte, más. Guy Laramée  talla el campo, la montaña o Petra sobre la literatura. Escoge volúmenes antiguos porque lo que se hacía antes no moría tan rápido.

Pura contemplación; diáfana en este caso, hermosa. Sí compraría algunas de las obras de este canadiense, la pondría cerca de una lámpara, al frente de mi sillón preferido, para recordarme que hay que hacer trabajos de larga vida, romper esa inercia contemporanea de lo desechable, mientras trabajo o leo una buena historia.

abril 13, 2012

El hombre más feliz (es monje y lo patrocina Coca Cola)

por vanessasaintcyr

¿Por qué un ser feliz necesita restregar por la cara a los otros su bienestar?

Por Juan José Millás

Publicado en El País 13/abril/2012

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Matthieu Ricard, monje budista que asiste al Congreso de Coca Cola. / J. SANCHO (EFE)

Abróchense los cinturones porque resulta que no solo existe el escritor más leído del mundo y el cantante más escuchado y el político más poderoso, existe también el hombre más feliz del mundo, el más feliz, un monje tibetano al que patrocina Coca-Cola sin que, por razones urgentes de simetría, Pepsi-Cola subvencione al más desdichado (o la más desdichada: el genérico, que no funciona). ¿Qué necesidad, piensa uno, tendrá el hombre más feliz del mundo de anunciar un refresco? ¿Qué le falta aún, qué carencia fundamental le aqueja para acudir a un congreso sobre la felicidad organizado por una multinacional? Un congreso que dejará sin duda a los parias de la Tierra como a una panda de gilipollas, de leprosos, de gente con pocas habilidades sociales. ¿Por qué un ser feliz necesita restregar por la cara a los otros su bienestar? Señor feliz, asómese usted, por favor, a una vida cualquiera, a la de ese hombre, por ejemplo, que acaba de levantarse de la cama y que en el desayuno ha de lidiar con un hijo adolescente en vías de escaparse del sistema (quien dice un hijo dice una hija, otro puto genérico que no rula). Fíjese, si lo prefiere, en el hijo (o hija) que no comprende por qué el bobo de su padre, a punto de ser sodomizado por la reforma laboral, continúa obedeciendo órdenes. Da igual, quédese con el padre o con el hijo, el que más rabia le dé, los dos habitan en un mundo donde el griego, que hasta ayer era un beso, ha devenido en una forma de suicidio. Mírelos en el metro, enterándose por un periódico gratuito de que existe el hombre más feliz del mundo y que se exhibe sin pudor como un fenómeno de feria. A ver qué hacen los pobres, aparte de cagarse en todo, aun sabiendo como saben que si eres de los que te cagas en todo (o de las que te cagas en todo, otra vez el maldito genérico) no te patrocina ni la Fanta.

link original: http://elpais.com/elpais/2012/04/12/opinion/1334232006_475094.html

octubre 17, 2011

Vendo mis palabras

por vanessasaintcyr

Todavía siento cerca esas tardes de caminar por las calles de Coyoacán, cuando pasear entre los puestos y terminar en el Parnaso en busca de un libro para llevar a casa era una salida completa. Terminaba la tarde con un café o una cerveza ahí junto, en las ordinarias sillas de la cafetería, pero que permitían mirar un mar de gente, ruidos, sonidos, voces, poesía con asfalto.
Una noche se acercó a nuestra mesa un tipo joven, pero no tan joven. Me extendió un librito hecho a mano, hojas carta cortadas en cuatro y pegadas con grapas, manufactura rústica, pero bien hecha. Lo abrí, letras escritas con máquina Olivetti, bien negras.

—Es mi poesía, vendo mis palabras ¿Las compras?

Yo escribía también, pero no lo mostraba, mucho menos intentaba vender mi escritura, no se me había ocurrido hacerlo así, quizá por vergüenza o soberbia. Mientras trataba de leer alguno de sus poemas, el escritor aventajado me adelantó el precio y su misión. “Escribo, casi todo el tiempo, es lo que hago, he ido a algunas editoriales, pero nada, no he tenido suerte, la poesía es generosa, pero no se vende fácil, así que las tengo que vender yo mismo…”. Me persuadía, es lo que un buen vendedor hace.
Lo miré. Traía un bolso de piel marrón de correa larga que le cruzaba el pecho, estaba lleno de aquella obra suya, pequeña, sencilla, confiada. Quizá no había vendido nada o hizo tantos ejemplares sabiendo que iba a venderlos todos.
Saqué el dinero, admirada. Y él agradeció con un ligero movimiento de cabeza, digno, satisfecho.

En España existe hoy un debate por el arte de lo mínimo: microrrelatos, micropoesía, microcine rodado con un celular, lo pequeño desfila en las vías de la cultura, y la discusión se inclina a que es una moda pasajera. La tecnología permite contenidos más fáciles de difundir y descargar. Hay una necesidad de comunicación urgente, la dosis escrita de lo efímero que tanto se difunde a través de las redes sociales y a la que tantos se han vuelto adictos. El reto es decir más de lo que los caracteres permiten y dejar al lector pensando, aunque sea por microminutos. Soy defensora del relato corto, no necesariamente del micro, lo practico, pero aspiro y me esfuerzo para que mi aliento literario dé para más.

Pareciera que hoy ya no hay tiempo para pasearse entre mesas y acercarse a la gente, y es difícil ver a alguien que no esté manipulando un celular o cualquier dispositivo electrónico. No han pasado tantos años desde que llegó aquel aspirante a poeta, pero la transformación de la forma de escribir y mostrar ha sido aparatosa. La intención sigue siendo la misma: leéme, entérate de lo que hago para continuar y poder vivir de eso. Leéme para empezar a vivir de lo que hago y poder seguir haciéndolo.

Al final, esa tarde, me llevé a casa lo que fui a buscar a Coyoacán, un libro, uno mínimo pero sustancial. Y algunos años después de ese encuentro yo también he logrado vender mis palabras.

agosto 22, 2011

Mi isla

por vanessasaintcyr

Viajo hacia ti golpeando mi verdad en tus olas y, después… Me alejo, arrastrada por el malhumorado vicio de la soledad
Permanezco ahí, desde la invisible distancia que permite el roce sin contacto, estudiando la luz que no te deja dormir

Un incansable despertar exhibe dos océanos que se enrojecen de vez en vez, cuando piensan demasiado, que es casi siempre…
Quizás amarte es el riesgo de mi propio miedo, porqué una isla es un territorio peligroso, donde el mar seduce una noche todavía caliente por el sol

Como el pez que con saltos se despega del mar y desde lejos ve las luces de una ciudad, una ciudad que por cierto es una isla, y describe e inventa lo que no tocará
Como el pez del poema de alguien a quien me habría gustado conocer

Un refugio que se mueve,
Una tierra que es más polen del que pueden llover las abejas
¿Y yo qué hago anclando nubes que al final son silencio?
Un silencio que quisiera no fuese tan perfecto

A través de las noches mi isla sueña con tocar tierra
aún sabiendo que su sello son las mareas.

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mayo 18, 2011

¿Cómo puede sonreír tanto?

por vanessasaintcyr


Desde hace algunos días me había topado en varios lugares públicos con pósters de un tipo joven, vestido con camisa roja y de sonrisa espléndida. La primera vez lo vi de reojo, la segunda leí que el tipo daría la conferencia que “cambiaría tu vida”. Ya, ¿qué producto, coaching o plática no promete cambiar la vida hoy día? Ayer lo observé con atención y decidí entrar a su página.
Tiene 28 años, da pláticas motivacionales en todo el mundo y dirige la organización Life Without Limbs. Cuando leí que tenía un enfoque cristiano estuve a punto de cerrar la página, pero exploré un poco más porque el tipo tiene un espíritu admirable.
Vi algunos videos y el cortometraje en el que participó, y me quedé pensando en él y en su vida prácticamente toda la noche, cada vez que me movía, me levantaba al baño y veía dormir a mi hijo sano y completo.
¿Por qué hay tiranos y asesinos que viven más de 80 años y mueren en su lecho de oro, por qué algunos aún viven, y tantos jóvenes con talento mueren?
En una de las entrevistas, este hombre, Nick Vujicic, dice que está tranquilo porque Dios le ha respondido el por qué lo hizo así. La respuesta qué obtiene es otra pregunta: Do you trust me? Eso lo sostiene, lo salvó del suicidio y lo hace viajar por todo el mundo enseñando lo que es capaz de hacer. Su sonrisa es genuina, refleja un hombre completo.
Yo sigo sin respuestas. ¿Por qué hay tantos seres que caminan y se mueven con libertad y hacen tan poco por ellos mismos y por los demás?

abril 7, 2011

La gata Lao X (El final)

por vanessasaintcyr

Lydia se quedó hipnotizada, la mirada fija en el tablero del auto o un poco más arriba, a través del parabrisas. Traía a Lao en los brazos con el cuello colgando por encima del codo. Después de todo era una buena señal aquél impulso de cazar aunque se haya quedado atrapada. Sonrió, sentía que el animal iba recuperando calor y agradeció el silencio del hombre que manejaba sin hacerle preguntas. No era fácil encontrarse con alguien que desechara las palabras con tanta serenidad. Miró sus brazos mientras cambiaba las velocidades del motor, morenos de sol, torneados por el ejercicio físico de movimiento constante, un nómada.
Siguió subiendo la mirada, el hombro derecho, la sienes con algunas canas, el perfil recto que de repente volteo y se ancló en sus ojos.
Es ahí, es esa casa de la esquina. Es una mujer, una doctora.
Gracias.
Se bajó con rapidez.

Lao estaba deshidratada, desnutrida, tenía un colmillo roto y tenía fracturada la pata derecha. Debía ponerle algunas vacunas, era necesario que se quedara ahí hasta el otro día. Lydia pagó la consulta y las medicinas y salió con el suéter manchado de sangre. Mientras buscaba el celular, su mano rozó con una textura húmeda y floja. El trozo de atún se había salido de su envoltura y todo se había impregnado de olor a pescado. Miró el reloj y los cinco mensajes que tenía por leer, todos de la tienda, tenía que preparar el material y pulir las piedras para la nueva colección, ya tenía los diseños pero hacía falta armarlos y prefería hacer ella el trabajo. De repente sintió que adornar los cuellos y las manos de otras mujeres era un oficio insulso, sobre todo cuando ella misma prefería sus manos desnudas y su cuello siempre dispuesto a una mordida, sin nada que pudiera estorbar. Disfrutaba mucho trabajar con los minerales y piedras raras y las ventas de sus diseños de joyas le permitía pasearse un lunes a medio día por calles que no conocía.
Llegó a una esquina y en una jardinera enterró el atún. Se frotó un poco de tierra para mitigar el olor, ahora sus palmas tenían una sombra opaca.
No podía seguir perdiendo tiempo. Paró un taxi y se subió. Mientras se dirigía a su taller pensó que al día siguiente Mario despertaría tarde, extrañado, sin saber porqué. Quizá no se percataría de la ausencia de Lao, ni echaría en falta ese llamado incesante que nunca descifraría. La llenó de gozo recordar a aquél hombre, su silencio imponente, la disposición de ayudarla, la belleza en su cuerpo de una madurez incipiente. Y sonrió al sentirse segura de que tenía algo ahí, con él, porque Lydia, como tú y como yo, terminamos enamorándonos de las historias que nos inventamos de los otros.

abril 1, 2011

La gata Lao IX (y el gato que la salvó)

por vanessasaintcyr

El refrigerador era un Kelvinator de más de 30 años de uso y aunque entre las dos trataron, no pudieron moverlo, era demasiado pesado y el espacio donde estaba empotrado muy estrecho. Tenían que sacar a Lao primero o mover el aparato con mucho riesgo de aplastarla.
Lydia la tocó; su pelaje tenía una tibieza exigua. La tomó de las dos patas y la jaló, apenas logró moverla. Tal vez la cabeza estaba atorada con algo y eso era lo que no la dejaba salir. Se agachó al ras del suelo. No entendía como Lao pudo haber metido medio cuerpo ahí.
Necesito encontrar un gato para sacarla, un gato hidráulico, —corrigió ante los ojos sorprendidos de la mujer— hay que alzar el refrigerador.
Mejor busque un veterinario, —respondió al señalar un hilo de sangre que se deslizaba por el mosaico azul.

Lydia salió a la calle sin saber dónde buscar primero. Se metió al primer establecimiento que encontró preguntando por una vulcanizadora o una veterinaria. El empleado no encontró relación y sonrió divertido; no sabía de ninguna. Y así en la siguiente que encontró, y en la siguiente. Pensó en llamar a Mario, pero tendría que darle demasiadas explicaciones antes de que él entendiera porqué lo necesitaba en su propia casa, no sería suficiente con decirle que tenía que ayudar a preservar la única pertenencia viva que había dejado su madre.
Estuvo casi cuarenta minutos buscando sin suerte hasta que decidió regresar. Un auto iba entrado en la privada. Esperó a que se estacionara, resultó ser el vecino al lado de casa de Mario.
Tocó en el vidrio del parabrisas y el hombre la miró desconcertado.
Necesito que me ayudes.
¿Qué pasa?
Saca el gato de tu cajuela, dime por favor que tienes uno ahí.
El hombre salió y empezó a buscar, tenía la cajuela llena lámparas sumergibles, visores y trajes completos de neopreno. Cuando lo encontró Lydia lo jaló hasta la cocina donde la mujer hacía sus menesteres como si nada hubiera pasado.
Hay que sacarla, —señaló hacia donde estaba Lao.
Puso el gato en medio del aparato, el ángulo casi no entraba entre el suelo y la parte más baja del refrigerador. Empezó a jalar la palanca con lentitud. La mujer dejó de lavar y se puso detrás para observar.
Toma al gato con las dos manos, del cuerpo no de las patas, y cuando te diga lo halas con cuidado.
Es una gata.
El hombre miró a Lydia y entró en sus ojos tratando de entender cuál era la intención de hacerle saber el sexo del animal en ese momento o porqué era importante que lo supiera.
El refrigerador se barrió hacia delante rasgando visiblemente la pared, pero abrió el espacio entre el suelo y Lydia pudo arrastrar a Lao fuera. Tenía en el hocico un pequeño ratón, de ahí venía la sangre. Se quitó el suéter y envolvió a Lao en él.
¿Sabes dónde hay un veterinario?
Sí, pero no está cerca.
¿Nos llevarías?
Volvió a meterse en su mirada y accedió sin decir nada.

marzo 29, 2011

La gata Lao VIII

por vanessasaintcyr

Lydia volvió, sin avisar, con el atún fresco envuelto en papel aluminio dentro de su bolsa. Un vecino la dejó entrar al conjunto de casas y se dirigió a la puerta de Mario escrutando los rincones y escondrijos para descubrir a Lao o ubicar por donde podría colarse al jardín. El auto de Mario no estaba, pero podría haber llegado ya la mujer que hacía la limpieza. De cualquier forma no quiso tocar, ni dar explicaciones. La entrada de la casa estaba tan tupida de plantas altas y enormes macetas que podía esperar ahí sin ser vista.
¡Lao! —la llamó, y sacó el atún intentando dejar salir el olor.
No podía simplemente dejar el trozo ahí, otro animal o las hormigas acabarían con él, estaba destinado a Lao sin Mario presente, sin nadie más, por eso se introdujo al jardín como una intrusa, como lo haría un gato de la calle tratando se poseer lo que siente que es suyo.
No tenía toda la mañana y el atún dejaría de ser apetecible si la gata no aparecía. Miró la arquitectura de la casa, las ventanas altas y enrejadas, quienes eligen ponerlas no se dan cuenta que se van acomodando lentamente en su propia prisión. Tal vez Lao no tenía forma de salir. Así que decidió entrar. Tocó. La mujer que limpiaba la miró con desconfianza cuando le dijo parte de lo que ella asumió como verdad:
Hola, le dije a Mario que vendría a darle de comer a la gata Lao, últimamente no ha estado bien y necesita otro tipo de comida.
Él no me dijo nada.
Ya sé, pero he quedado. —Y pasó de largo rozándola con el hombro. Fue hacia el estudio, hacia el sofá blanco donde pensó encontrarla acurrucada, echa un ovillo, durmiendo. La mujer la siguió. Lao no estaba ahí.
No la he visto desde que llegué, a veces no sale en todo el día. —Le dijo mientras cruzaba los gruesos brazos por encima de los senos y la seguía a la biblioteca. Lydia se acercó al fondo de la habitación donde estaba el escritorio aún con los papeles y la lámpara en las orillas y sintió una caricia entre las piernas al recordar lo que Mario le había hecho.
Bueno, aquí tampoco está, —dijo la mujer exasperada.
Voy a esperarla sentada en las escaleras a ver si aparece, tengo que ver que se alimente.
¡Psss! Esperar a un animal para que coma. —y se alejó hacia la cocina.
Se sentó en el penúltimo escalón, desde ahí podía ver todas las entradas de la planta baja. Era casi medio día y en la espera se puso a escuchar el ruido confuso de los aparatos eléctricos conectados a la electricidad, el canto cortado de algún pájaro y el movimiento de la mujer en la cocina.
Oiga, Lao está aquí, pero no se mueve.
El refrigerador estaba en una esquina, al lado una pared y en el otro extremo las puertas de madera de la alacena. Las patas traseras y la cola de Lao se veían apenas sobresalir de un espacio demasiado reducido para su cuerpo inmóvil.

marzo 23, 2011

Desencuentro (La gata Lao VII)

por vanessasaintcyr

Lydia llegó al WineHouse cuando los invitados circulaban con sus copas de vino en la mano y observaban las fotos. Piel, mujeres y posturas sugerentes. Una producción cuidada y generosa de sensualidad. Ninguna imagen se acercaba a la inmediación del sexo real, por eso gustaba tanto. Vio a Alan a lo lejos, sonriendo, actuando como un artista despreocupado del escenario y su auditorio, pero todo lo media, por eso sus ojos me encontraron y se dirigió a mí cambiando la máscara de su semblante:

Quiero que dejes de hacer lo que estás haciendo.

¿Qué parte específicamente?, hago más de una cosa en mi vida.

El blog ese de la Gata Lao, que lo dejes de escribir. Estás robándote parte de una historia privada y la estás tergiversando. Qué te da derecho a escribir sobre mi madre y su recuerdo por la casa. No te lo permito, explota a tus propios muertos.

Crees que eres el único hombre al que se la ha muerto su madre o crees que se trata de ti por la atracción y el erotismo entre los personajes, que por cierto lo adorné bastante, deberías agradecérmelo. Me inspiré en la relación, pero no son memorias. Tomo de la realidad, Alan, como todos, como haces tú con tu obra. No eres tú, ni yo, ni el fantasma de tu madre, y no tienes ninguna gata, te deshiciste de ella y dejaste todo lo demás. Lo que tienes es un ego muy grande y muy poca inventiva, esta exposición es tan parecida a la anterior que me confundo. ¿No tienes otros intereses que no sean el erotismo y el sexo y las mujeres atrevidas? Eso ya lo explotó Helmut Newton y lo hizo mucho mejor que tú.

El sexo es lo que me mantiene y hacer mover el mundo, y no me importa tu opinión sobre mi obra. A la gente le gusta y la compra.

Hay quien dice que no, que no es el sexo lo que mueve el mundo, es la envidia, y a mí tampoco me interesa si crees que se trata de ti o de tu madre. Si no quieres enterarte de lo que escribo no entres a mi blog, no lo leas.

Puedes darle todas las vueltas que se te ocurran, yo sé lo que estás haciendo.

Dime una cosa, Alan, además de ti ¿quién podría asociar la historia contigo, con tu madre? No eres tan importante ni conocido y tampoco, así que concéntrate en otra cosa.

Te cuidado, estás invocando algo y puede salirse de tu control.

Ése es tu problema, que crees que controlas algo o todo. Mi historia de la Gata Lao va saliendo, ella me controla a mí y me dejo llevar. Disfruta tu noche que tal vez no se repetirá.

marzo 11, 2011

La gata Lao V

por vanessasaintcyr


Caminó hasta que el cabello se le secó. Caminó y agradeció vivir en una ciudad hecha para los peatones y no para los autos. Miró a la gente que transitaba en sentido contrario midiendo su distancia, y así siguió hasta que sus pasos la guiaron hasta la cocina de su casa. Se descalzó. Había caminado más de cinco kilómetros y el frío del mosaico la hizo sonreír. Se tumbó en el sillón y se frotó los pies en la tela de lona.
Miró su casa, disfrutó el silencio. Haría lo que Mario había propuesto, pero para ella misma. Cocinaría acompañada de una copa de vino; después se acicalaría y entraría en ese estado de consciencia gatuna que no siempre daba cabida a la reflexión.
Salió de nuevo, esta vez a cazar. Entró a esa selva de aire acondicionado y pasillos retacados de opciones artificiales. Fue directo al pescado y escogió un gran trozo de atún fresco, de un rosa intenso y lustroso. Champiñones, cebollín, jengibre, palmitos y una crema ácida para la sopa; un combinación de platillos que hacía de vez en cuando para celebrar una buena mañana de erotismo y una tarde de solitaria comodidad. Ya antes alguno le había insinuado que ese desapego después de una sesión de caricias hacía desconfiar de ella, que no era una señal de feminidad; un reclamo disfrazado por haberse adelantado a esa actitud de indiferencia y desinterés después de la victoria del sexo.
Eligió también duraznos y miel de abeja para el postre mientras recordó la respuesta que le dio a aquel hombre que no volvió a ver: “no es una reacción exclusiva de los hombres, o no debería serlo, y no tiene nada que ver con la feminidad, es simplemente una reacción más… animal. Se tardó en decirlo con toda intención y lo que él escuchó fue que el adjetivo había sido dirigido a su persona. Si hubiera tenido más animalidad no le habría importado el comentario y quizá lo habría hecho mejor en la cama, pero tenía más de humano de lo que Lydia soportaba, y eso terminó de desencantarla.
Pagó y salió, prefería ir al supermercado cada segundo día a pasarse una hora eligiendo lo que quería comer en la semana; simple olvidaba algo, además.
Se instaló en la cocina. El calor subió mientras el vino se enfriaba. Música de fondo para alimentar también el espíritu. Se sentó a comer asegurándose antes que todo lo que necesitaba estuviera dispuesto en la mesa. Un trago largo limpió el registro de sal, después se pasó la lengua por los labios para saborear los residuos de lo que había cazado.
Fue hacia la ventana y miró. Entró en calma antes de entrar en el sueño.
En el refrigerador, esperaba un pedazo de atún sin cocinar que Lydia separó pensando en llevárselo a Lao. Debía estar fresco, así que no podía tardar mucho en regresar…

enero 19, 2011

Elecciones del día

por vanessasaintcyr

Me topé por casualidad con los Critic´s Choice Movie Awards y me atrapó enseguida porque una voluptuosa negra le cantaba a Tarantino muy de cerca y con demasiados guiños Song of a Preacher man; y él tan desinhibido y encendido le respondió casi sin sonrojarse. Le otorgaban el premio honorario Music + Film Award. Desde sus inicios, Tarantino ha puesto en el mismo nivel, el guión, la acción y la música. Recuerdas las escenas de sus películas con un fondo musical y sabe insertar notas prácticamente como ningún otro director. Así que me quedé a ver un poco más, es difícil no hacerlo cuando la dirección de cámaras de esos eventos no dejan de flashear a los actotes y actrices nominados y envueltos en sus más ensayadas sonrisas.
Llegó otro premio honorario, a Matt Damon, un actor entero que para mi gusto trata de salirse todo el tiempo de sí mismo. Como espectador me ha provocado los más antagónicos efectos, desde Good Will Hunting saltando a The Talented Mr. Ripley, —donde lo odié— pasando por The Departed y todo el culebrón de los Bourne. Es en esencia un buen tipo que sabe exorcizar su dualidad tirana y traicionera en el set.
Se llevó Joel Siegel Award por su trayectoria filantrópica, y no agradeció, despojó por un momento el glamour, la banalidad y la inconsecuencia del éxito. Habló, entre otras verdades, de la crisis del agua y de la responsabilidad de la fama: “Si de algo sirve es para ayudar a otros”. Cada dos minutos muere un niño en el mundo por falta de agua potable, serán tres niños más muertos cuando baje de aquí.”
Desde luego que le hablaba al auditorio televidente, pero también a sus colegas, hagan algo más que representar papeles que es lo que saben hacer —algunos— y ayuden. Uno de tantos mensajes entre líneas.
Invitó a visitar la página water.org y mencionó una cifra, sólo cuesta 25 dólares al mes llevar agua potable a una persona. Qué significan 25 dólares para la comunidad en Hollywood y en realidad para cualquiera que no viva en la pobreza. Quizá representa un tercio de la cuenta en un restaurante, una ida al cine con palomitas infladas de precio… cualquier antojo sacrificable.
El varios países de África y Asia e incluso en Haití y Honduras la falta de agua es extrema. Hay historia de casos en Water.org donde las adolescentes en Uganda dejan la precaria escuela porque no tienen forma de velar su menstruación, ni con agua ni con nada, y sus compañeros varones no dejan de hostigarlas. Así que abandonan los estudios. Y así muchas historias donde la falta del líquido hace de la vida de estas personas un verdadero infierno de infecciones, si no es que una muerte agónica.
Tan sólo voltear y ver las llaves del grifo y estar segura de que sale agua resulta un lujo.
La lista de actores y cantantes que utilizan su éxito y plataforma mediática para una causa social es larga, pero en Estados Unidos y Europa. En México, la escasez de calidad actoral y artística (en términos de espectáculo) incubada en dos de las televisoras más grandes del país es equiparable a la falta de compromiso social que tales fantoches tienen con su público, que es quienes los siguen. Los espectadores no exigen más, así que tienen los actores que se merecen.
La ayuda no tendría que ser en millones de dólares, pero equiparable, por lo menos en involucramiento social, pero no. Muchos de los llamados “filántropos” en México son empleados de alta jerarquía que llevan la presidencia de Fundación Televisa o Fundación Azteca, por la que cobran un sueldo, desde luego, y el presupuesto que destinan para causas no es suyo.
Carlos Slim y Lorena Ochoa son una excepción, pero uno es empresario y la otra golfista. Yo quisiera saber de algún “artista” mexicano que aporte a cualquier causa social parte de sus ganancias o de su tiempo y que se note. Quizá es porque lo que ganan es tan miserable que sólo les alcanza para mantenerse en la cúpula de la clase alta.
¿Por qué en los Premios Ariel no se inaugura un premio especial al involucramiento de una causa altruista? No hay competidores.
Está el Teletón, claro, donde participan muchos “artistas” acarreados por la gran madre Televisa que condena a quien se revela.
Me resisto a ver televisión, pero a veces el cansancio sin sueño me lleva hasta el sillón a practicar el zapping desmedido aunque sepa que si me detengo por lo menos 30 segundos en cada canal del menú de la televisión por cable ya habré perdido casi media hora sin encontrar nada interesante. A veces los programas de la BBC o algunos reportajes son una joya, pero después llego a los canales de televisión abierta y en general lo que me da es vergüenza, así que la apago, pero el recorrido me dejó algunas conclusiones: cómo cuidaré mejor el agua que aún me llega, qué “artista” mexicano romperá la inercia, y dónde destinaré el uso equivalente de 25 dólares.

enero 13, 2011

Juego en el tiempo

por vanessasaintcyr

El timbre sonó y la abuela mi pidió que me asomara a la ventana. Desde arriba, vi dos trenzas canas y un colorido y frondoso bulto de flores. Delantal, piernas desnudas de donde empieza la pantorrilla hasta los pies, piel morena, brillante, aún sana.
—¿Quién es? —preguntó la abuela.
—La señora que vende flores.
—Baja y que te enseñe qué trae.
Crisantemos, gardenias, margaritas, nardos, claveles. Traigo de todo, niña, dígale a su abuela que baje a verlas.
La abuela se quejaba, la señora de las flores siempre le quería vender de más. Bajaba las escaleras con rapidez porque siempre tenía cosas que hacer y todo le quitaba tiempo.
—Sólo voy a comprarle una docena de claveles blancos, Doña. No tengo dinero.
—El dinero va y viene. Llévese estas moraditas para que le dé color —y desataba el mecate que apretaba los tallos largos y húmedos de su cargamento. —Lléveselas. Si no tiene luego me lo pasa.
—Pero, Doña, cómo que después, ¿cuándo estonces se lo pago?
—Tenga. Lo importante es que usted tenga flores. Yo paso otro día.
Tenía el dinero, pero no se permitía llenar la casa de flores, sólo las ponía en la sala y a veces en la mesa del comedor. “Demasiadas flores son para los muertos”, me dijo mientras quitaba algunas hojas y cortaba los tallos para acomodar en el florero.
—Por qué no le diste todo el dinero, abuela, ella tiene menos y no trae zapatos.
—Es mi forma de ayudarla. Sé que me vende las flores al doble del precio en el mercado, pero viene hasta acá y así me aseguro de tener flores frescas. Las dos lo sabemos, pero siempre jugamos a que yo no tengo dinero y ella me da un ramo por adelantado.
—¿Es un juego?
—Algo así.
—De verdad crees que muchas flores son para los muertos.
—No.
—¿Y entonces por qué lo dices?
—Para que me preguntes otra vez y pienses.
—¿Es un juego?
—Y nunca se acaba.

diciembre 15, 2010

Mami, quiero leer tu libro

por vanessasaintcyr


He logrado que mi hijo de tres años pida leer un cuento antes de dormir, es más, he logrado que se niegue a dormir si no le leo uno, así que cuando he querido saltarme la rutina porque es demasiado tarde o quiero sentarme a trabajar antes de caerme de sueño, él remolonea y tarda más de la cuenta en relajarse, no sin antes entre sueños soltarme un reclamo de que no leyó.
Hemos pasado de libros con oraciones muy cortas que pronto se aprende de memoria, a El gigante egoísta, de Wilde, por ejemplo. Y así pide otro y otro.
Hoy, cuando le pregunto qué quiere leer, va hacia mi mesita de noche donde sabe que siempre hay libros y me dice: quiero leer tu libro, mami. A mí me da un vuelco de entusiasmo porque entre su semántica y mi deseo pareciera que quisiera leer el libro que escribí y no el que estoy leyendo.
—Pero este libro no tiene imágenes, mira, son sólo letras, palabras, así son “los libros de Mami”, ¿quieres mejor uno de los tuyos?
—Pero yo quiero leer este. ¿Cómo se llama?
Y para buen tino se trata de Cuentos completos de Katherine Anne Porter, así que él escucha cuentos y no ve ninguna diferencia.
—Quiero este.
Sorprendida, se me ocurre empezar a leer donde me quedé la noche anterior, y pienso también que tal vez él cambie rápido de opinión al no entender muy bien de qué va la historia. Así que leo cerca del final de Vino de medio día cuando el sentimiento del culpa del señor Thompson se hace más insoportable. Mi hijo escucha con atención, así que al ver que no me detiene tengo que cambiar, sobre todo, el verbo matar por pintar, que es en esa parte donde más se repite.
Casi al final de la segunda página leída, decido terminar yo …“y este cuento se acabó”.
Él se voltea en su camino al sueño y no dice nada.
Ya con la luz apagada me quedo pensando en el poder de las palabras. Y trato de hacer un recuento de lo que he dicho durante el día que a él pudiera grabársele. A los niños les encanta acercarse al terreno de los adultos y regresar, supongo que para comprobar que todo va bien. Además, más veces de las que ni siquiera nos damos cuenta los subestimamos; entienden y enseñan, nos enseñan que lo que ahora está cerca de ti también los toca a ellos.
Con suerte y un día vaya directamente a leer mis libros.

diciembre 13, 2010

Comprar

por vanessasaintcyr


—Y ahora haré lo que hace toda mujer cuando está aburrida: comprar.
—¿Qué necesitas?
—No necesito nada específicamente, necesito comprar algo.
—Bueno, compra un libro, uno que merezca leerse. O experimenta entre tantos títulos, pero compra palabras. Y si puedes evita los Best Sellers.
—Ay, tu siempre con tus ideas raras, ¡cómo un libro! Tendría que ser algo que pueda lucir, oler, que se refleje en mi espejo, que sea visto por otros ¿quién se va a enterar de que compré un libro?
—Tus neuronas y el autor, el del libro, no el de tus neuronas, que vive en la inanición, por cierto.
—Ja, ja. Muy graciosa.
—Entonces compra una ayuda mensual a un niño a través de UNICEF, la fundación Pies Descalzos o cualquiera otra que impulse la educación en los que empiezan a crecer.
— Y dale, eso no se luce.
—Claro que sí, pero tarda años en que ese brillo se vea reflejado en el mundo y después en ti, si te interesa enterarte, claro.
—Pues no, yo estaba pensando en un accesorio más para mi pulsera Pandora, ahora salieron unos nuevos redondos y de colores di-vi-nos.
—Pandora sale cuando abres la boca.
—No, no, mejor el iPad, el más potente, seré la envidia de mis amigas cuando me vean en el Starbucks muy concentrada toqueteando mi pantalla.
—Mira, hagamos algo por mi mundo y el tuyo; te compras el iPad, yo te regalo tu primer ebook, y después abres una cuenta en Amazon para que sigas explorando y tocando, ahí puedes comprar de todo, pero si son libros o música, mejor. Y en una de esas, con algo de curiosidad, busques mi nombre, te topes con mi libro, lo compres para abatir tu aburrimiento y todos podamos alimentarnos: tus neuronas, yo, y el nuevo hogar donde se mudarán todos los libros.

noviembre 23, 2010

Cementerio de plástico

por vanessasaintcyr

Ahí están, abandonados, olvidados, muertos para la curiosidad y los ojos de sus dueños. Esquinas y repisas amontonadas por juguetes que ya ninguna mano los mueve o los acciona, la mayoría son de pilas. Un paisaje algo desolador y silencioso. Muñecas con ojos estáticos y vidriosos, como a punto de llorar; toda clase de inventos de mercadotecnia que hicieron efecto en el impulso de compra que los padres les han transmitido a sus hijos. Otro más y otro. Se desbordan inútiles hasta para decorar… hasta que llega un niño extranjero a ese país de juguetes paralizados por la apatía. Los descubre, saca los del fondo y empieza de nuevo la vida.

Al ver que otro se ilusiona con algo que se dejó, pero que aún cree que le pertenece (a veces se parecen tanto a los adultos) el dueño se incorpora al juego, pero generalmente se niega a prestarlos, a jugar, porque se pueden romper o descomponer o cualquier otro pretexto para dejarlos como estaban.

Me encanta la idea de Toy Story porque de una manera tan original los juguetes siempre se las ingenian para la permanencia, la vuelta al juego, seguir en el mundo cumpliendo con ese objetivo para el que fueron creados, si no ¿Qué sentido tiene continuar?

Pero la vuelta la juego no siempre es exitosa, hay muchos juguetes apilados y más personas indolentes. Hay que mover las cosas para movernos por dentro y a quienes tenemos cerca. Algo habrá de sintomático que los niños entren a su cuarto y lo que vean sea un cementerio de juguetes.

Hay infinidad de cosas que tenemos que en realidad pertenecen a otro, a quien sí les da vida.

octubre 14, 2010

A tu salud

por vanessasaintcyr

¿En qué puedo ayudarla?

—Pues mire, no sé por dónde empezar. Tengo una salud frágil, aunque llevo una vida saludable. No fumo, hago ejercicio, como frutas y verduras. Me fumo un toque de vez en cuando, pero como medicina, usted sabe, para reírme un poco de este mundo.

A ver, vamos a revisarla. Abra. Ahora respire. Otra vez. Voy a analizar su iris. Ahora tocaré su columna y me dice si siente dolor. ¿No? ¿y aquí?

—Ahí duele un poco.

Mmmmm. ¿Es usted muy irascible?

—No, no que va. Sólo me incomoda que no haya una voluntad política para ningún cambio importante. Que el país esté dominado por narcos, que lo que más impere en el inconsciente colectivo sea la inseguridad, el miedo, la mediocridad. Que ya que nuestro sistema educativo no sirve, no se pueda adoptar uno efectivo. Que no se difunda una cultura del deporte y que lo único que crezca en índices que llamen la atención sean los muertos por la violencia y las amenazas del crimen organizado, las únicas que sí se cumplen. Lo normal, creo yo.

Ya veo, ¿es usted alérgica a algo?

—Pues sí, mire, a la ineficiencia, la estupidez, el nepotismo, la impunidad… y a otras situaciones como que en este país dé tanto miedo hablar con la verdad, pero fuera de esos parámetros, pues no.

Me refería a medicamentos.

—¡Ah! No que yo sepa, pero sí lo soy a la idea de que algo grave me pase porque como profesional independiente que soy no hay seguridad social que me cubra y el seguro de gastos médicos que me desangra cada mes hace todo lo posible por excluir mis malestares.

¿Cómo se enteró de mi consulta?

—Una amiga. Me dijo que usted la estaba librando del síndrome tensional ocasionado por estrés. Y como usted es de los pocos médicos que combina acupuntura, homeopatía y sigue utilizando la ciencia médica a favor, pues me convenció.

Le voy a decir como la veo de arriba abajo. Usted tiene una infección en las vías ideáticas, las tiene demasiado altas. Hay que bajarlas a niveles normales. También tiene una tendencia al cambio que no va con el promedio. Y estrés, claro, demasiado. Me gustaría hacerle un tratamiento de acupuntura dos veces a la semana y programarle un calendario de cura a un año combinando medicina homeopática con antibióticos; hay que acabar con algunas ideas resistente y recurrentes. Yo creo que después de eso estaría curada.

—¿Y cuánto me costaría eso?

—500 pesos la consulta más las medicinas. (al año 26,000 pesos).1

—Gracias, doctor, su método y fidelidad al juramento hipocrático me hacen sentir mucho peor.

[1] El precio de consulta, el médico buscado y encontrado (pero descartado) y los malestares iniciales son reales.
octubre 10, 2010

¿Testosterona?

por vanessasaintcyr

Tengo en el baño de visitas el libro Mujer, una geografía íntima de Natalie Angier; un muy buen ejemplo de periodismo científico. Dice cosas realmente sorprendentes de las mujeres y nuestras hormonas. Y aunque tiene más de 400 páginas está tan bien condensado que hace de mis idas al baño verdaderas cápsulas culturales.

Lo abro al azar y en uno de sus últimos capítulos dice que la primera tarea de una niña es aprender a sobrevivir en un grupo de niñas. Las niñas en grupo son… Agresivas. Habla de los niveles de testosterona en la mujer. Dice, entre otras cosas, que la mujer cuyo cociente de testosterona está en el extremo superior del rango femenino se interesa más por su carrera profesional, es más asertiva sexualmente y le gustan menos los niños, es muy poco madre (sic).

Y a partir de ese capítulo entendí un poco más porqué funcionan tan bien las fiestas de niños si están llenas de niños gritando de emoción (y llorando), mujeres histéricas, abuelos afanosos, shows infantiles deprimentes y algún macho perdido por ahí que se refugia constantemente en su celular.

Funcionan porque las que son muy madres se la pasan pastoreando a los chiquitos propios y a los ajenos, los persiguen para que coman, buscan que se diviertan con lo que hay y vigilan que los niños varones más grandes no se pasen de listos, que pasa todo el tiempo.

Las otras por el contrario no despegan su culo del asiento —excepto para comer— no paran de hablar, y casi ni voltean a ver por dónde están sus hijos de tres años porque están demasiado ocupadas en criticar cualquier asunto excepto los propios. Yo entiendo eso de interesarse (más) por la carrera profesional, y de lo asertivo en lo sexual ni hablar, lo que no sé es por qué se aventuran en la maternidad para comprobar que no es lo suyo, repiten la experiencia y entre una cosa y la otra, ni profesión, ni sexo —se nota— ni empatía infantil.

Quizá la testosterona nada tenga que ver, para mi gusto hay mujeres que saben y se divierten jugando y viendo disfrutar a los niños, y las que por mucho más tiempo del permitido quieren escapar de ellos.

agosto 31, 2010

¿Qué hago aquí?

por vanessasaintcyr

En demasiadas ocasiones me he preguntado qué hago aquí. Creo que una de las primeras veces conscientes fue a los 14 años, cuando me invitaron por primera vez a un antro y la música sonaba alto y la oscuridad apenas dejaba ver quién era quién. Quería pertenecer y traté, pero no pude aunque tampoco dejé de ir, me sentía perdida. Años más tarde en el concierto de Led Zepellin. Mi grupo de amigos clamaba sus himnos y yo quería sentir algo, que me hicieran vibrar, que en algún lugar del cuerpo me tocara aquel rock, pero sólo escuchaba ruido y veía cómo la gente se embelesaba con eso. No había pasado media hora y yo me preguntaba cuándo se acababa eso. Lo mismo me pasó con un partido de futbol, de los toros, ni hablar, fui porque me dijeron que en las gradas de sol había un ambiente de paso doble y botas de vino tinto, pero salí despavorida cuando los picadores hicieron su peculiar trabajo.

Así pasé por cualquier evento multitudinario; ¿a qué hora se acaba esto? Las bodas y todos las reuniones que las anteceden. Las graduaciones, cualquier fiesta. Me siento fuera. Vaya, estoy ahí, observo y muy temprano me quiero ir. ¿Será que no bebo demasiado y la anestesia nunca llega a hacer efecto?

Pues así es con todo, a los gimnasios no voy porque están llenos de gente, así que corro en circuitos rodeados de árboles y en dirección contraria a la mayoría. Me voy a un páramo remoto a hacer estiramientos y a enfriar el cuerpo, pero a alguien le gusta mi lugar y viene y se pone cerca a preparar su carrera. Así que busco otro.

Voy al cine en horarios donde la sala siempre está medio vacía, pero a alguien se le ocurre que la fila de asientos donde estoy es la que prefiere. Es simple física o de verdad se llama a la gente por las intenciones contrarias. ¿El rechazo llama? ¿Si jalas o invitas se retraen? ¿Tengo un letrero que invita a importunar a la rara esta que soy?

Ayer en la plaza, donde mi hijo daba vueltas en un cochecito eléctrico rojo reconocí a un tipo, creo que tengo una foto de mi cumpleaños número 16 donde él sale festejando junto a dos de mis amigas del momento, que ya no existen en mi realidad. Me reconoció y trató de acercarse. Yo seguí mi camino. A la vuelta siguiente lo mismo, y yo hice todo lo posible por evitar el contacto visual. ¿Por qué? Pues mira, no sé, ya me cansé de cuestionármelo, así es mi naturaleza. Además con esos encuentros ya sé lo que va a pasar. Nos saludaremos, nos contaremos superficialmente de los hijos, el trabajo, los años que han pasado, yo me dedico a esto, vivo aquí, voy allá. Y después esa sentencia de reunirnos en alguna ocasión, sólo por decir. Nunca pasará, así que mejor me lo evito.

Y así han pasado los años. La gente que me quiere me sigue invitando, aunque sabe cómo soy y siga sin entenderme. Ayer me encuentro en un yate, surcando el Caribe, nadando en turquesa líquida, limpia. El sol tibio de la tarde, el que acaricia, el que me gusta. Mi hijo en mi regazo, adormeciéndose. Vamos lento, escucho el sonido del agua y a las golondrinas que se van despidiendo de la luz. Pero el barco no es mío, si lo fuera tendría velas y sabría navegarlo, y los dueños aunque generosos en su compartir deciden que lo mejor en ese momento es poner Bad Romance de Lady Gaga a todo volumen. Hay que cubrir el momento con ruido, o con gente, de otra manera se descontrolan. Trato de cerrar mis oídos, de aprender de mi hijo porque él ni se inmuta, pero la magia se rompe. Entonces me pongo a pensar en las situaciones donde me siento cómoda y agradezco la continuidad. Los buenos libros, las conversaciones inteligentes donde se cuela algo de emoción. El sexo trepidante. La luz de las velas. El silencio interior, cuando lo logro. Las nuevas palabras y su variante aplicación. ¿Oye, pero esta canción cuánto dura? Esta vez no me pregunto qué hago aquí sino trato de disfrutar los restos del día para después entregarme a esas novelas que esperan por mí; la que leo y la que escribo. Mi hijo se despierta, ya decía yo que era demasiado. Sólo se escucha Ohohohohoo hohohoh ohohohoh caught in a bad romance, una y otra vez la estrofa. De romance, nada, estoy en un bad trip del carajo. Después los comentarios sobre la Gaga y su Twitter, es la que más seguidores tiene deel muuundo, enfatizan. Y ahí voy yo: “eso no significa nada”. ¡Ja! Ríen. “Ya quisieras tú que por lo menos 1000 personas siguieran el tuyo”. Pues sí, pero a mí nadie me dice qué escribir. Y llega. No puedo evitarlo. ¿A qué hora se acaba esto?, y para deleite de mi paciencia, piden la canción otra vez y desde el principio.

Siempre se acaba. A veces más tarde de lo que yo quisiera, pero acaba. Llega la noche. Entro a mi casa, con el hombre con el que aprendo de la cotidianidad y agradezco que no aparezca la pregunta sino la confirmación: ya estoy aquí.

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