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octubre 17, 2011

Vendo mis palabras

por vanessasaintcyr

Todavía siento cerca esas tardes de caminar por las calles de Coyoacán, cuando pasear entre los puestos y terminar en el Parnaso en busca de un libro para llevar a casa era una salida completa. Terminaba la tarde con un café o una cerveza ahí junto, en las ordinarias sillas de la cafetería, pero que permitían mirar un mar de gente, ruidos, sonidos, voces, poesía con asfalto.
Una noche se acercó a nuestra mesa un tipo joven, pero no tan joven. Me extendió un librito hecho a mano, hojas carta cortadas en cuatro y pegadas con grapas, manufactura rústica, pero bien hecha. Lo abrí, letras escritas con máquina Olivetti, bien negras.

—Es mi poesía, vendo mis palabras ¿Las compras?

Yo escribía también, pero no lo mostraba, mucho menos intentaba vender mi escritura, no se me había ocurrido hacerlo así, quizá por vergüenza o soberbia. Mientras trataba de leer alguno de sus poemas, el escritor aventajado me adelantó el precio y su misión. “Escribo, casi todo el tiempo, es lo que hago, he ido a algunas editoriales, pero nada, no he tenido suerte, la poesía es generosa, pero no se vende fácil, así que las tengo que vender yo mismo…”. Me persuadía, es lo que un buen vendedor hace.
Lo miré. Traía un bolso de piel marrón de correa larga que le cruzaba el pecho, estaba lleno de aquella obra suya, pequeña, sencilla, confiada. Quizá no había vendido nada o hizo tantos ejemplares sabiendo que iba a venderlos todos.
Saqué el dinero, admirada. Y él agradeció con un ligero movimiento de cabeza, digno, satisfecho.

En España existe hoy un debate por el arte de lo mínimo: microrrelatos, micropoesía, microcine rodado con un celular, lo pequeño desfila en las vías de la cultura, y la discusión se inclina a que es una moda pasajera. La tecnología permite contenidos más fáciles de difundir y descargar. Hay una necesidad de comunicación urgente, la dosis escrita de lo efímero que tanto se difunde a través de las redes sociales y a la que tantos se han vuelto adictos. El reto es decir más de lo que los caracteres permiten y dejar al lector pensando, aunque sea por microminutos. Soy defensora del relato corto, no necesariamente del micro, lo practico, pero aspiro y me esfuerzo para que mi aliento literario dé para más.

Pareciera que hoy ya no hay tiempo para pasearse entre mesas y acercarse a la gente, y es difícil ver a alguien que no esté manipulando un celular o cualquier dispositivo electrónico. No han pasado tantos años desde que llegó aquel aspirante a poeta, pero la transformación de la forma de escribir y mostrar ha sido aparatosa. La intención sigue siendo la misma: leéme, entérate de lo que hago para continuar y poder vivir de eso. Leéme para empezar a vivir de lo que hago y poder seguir haciéndolo.

Al final, esa tarde, me llevé a casa lo que fui a buscar a Coyoacán, un libro, uno mínimo pero sustancial. Y algunos años después de ese encuentro yo también he logrado vender mis palabras.

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