Posts tagged ‘infancia’

septiembre 19, 2010

¿La vida está en otra parte?

por vanessasaintcyr

Casi sin excepción, nos pasamos la vida buscándola en otra parte. Deseando otros lugares para vivir, otros cuerpos para amar, nuevos oficios, emociones ajenas, utopías que tal vez por saberlas imposibles ni siquiera nos atrevemos a intentar, pero aún así continuamos dedicándole tantos pensamientos.

Cuánto tiempo hemos regalado a imaginar dónde podrá estar el lugar lejano y desconocido que nos hará felices; que es mejor simplemente porque no estamos en él, siguiendo esa inútil y heredada parte de la condición humana que nos empuja a insistir en búsquedas precisamente donde no están. En otras vidas que nunca podremos tener.

Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.

Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz…

Dice Fernando Pessoa en su poema Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra.

Caemos en esa actitud casi como en una enfermedad obligada, como las que dan en la infancia para hacernos más fuertes, como el furor o la impaciencia que le siguen y a la par del ímpetu por experimentar sensaciones al máximo.

Después vienen otros arrebatos, la necesidad del triunfo, la insaciable satisfacción del ego y entre ellos el repetido vicio de imaginar que la vida está en otra parte y que hay que salir a buscarla, como si pudiéramos renunciar a viajar con la esencia de lo que somos.

Y así hurgar donde no hay es una enfermedad recurrente, que llega sin avisar a veces con más fuerza que la primera vez. También hay tregua, en ocasiones esa sensación de vacío también termina por pasar; los síntomas poco a poco van despareciendo y —para algunos—los detalles y la sencillez vuelven a tener importancia, la capacidad por sorprenderse regresa y se cae en la cuenta de que el disfrute de la vida por sí misma tiene un valor inmutable. Que vale la pena seguir en este manicomio aunque no lo entendamos.

Quizá porque la dificultad está en encontrar el sentido todo los días caemos en la cómoda trampa de evadirla y escapar, como también hacen los locos. No, la vida no está en otra parte y otra enfermedad universal es que después de buscarla por tanto tiempo —sin encontrarla—se termina creyendo que la vida que realmente vivimos está en el pasado, en aquellos años de juventud donde no había otra forma de entenderla si no se buscaba en otra parte.

agosto 25, 2010

De síndromes y matemáticas

por vanessasaintcyr

Pitágoras, así se llamaba la calle donde vivíamos, la calle de nuestra niñez, donde regresábamos de la escuela caminando. Nada que ver con el ilustre matemático, excepto por convertirse en el referente inconfundible del espacio de un pequeño departamento en un cuarto piso donde mi madre hacia su mejor esfuerzo para sacarnos adelante.

Para que todo alcanzara nuestros sándwiches contenían una rebanada de jamón tan fina como un velo de novia. Algo de mayonesa y mostaza que nunca se salían del centro quizá para convocar un clímax y que el hambre se hiciera cargo de lo demás. Las quesadillas las hacía con dos pedacitos de queso alargados de punta a punta para que no dejaran de combinarse con el maíz. Una delicia. Y así, con sopita de fideo fuimos echando hasta que nos mudamos y el recuerdo de Pitágoras pasó a ser un efecto, un síndrome, un fantasma de la escasez que aún me persigue más veces de las que quisiera.

Después conocí el efecto Sandino. El hombre que pasó a ser mi hombre transcurrió su preadolescencia y los años siguientes en las becas del campo en Cuba, en una escuela llamada Sandino dónde el sistema trataba de formar a los “hombres nuevos” —y mujeres también, claro, pero ya sabemos que cuando de ideales históricos se trata el género femenino se omite—, el caso es que en las mañanas estudiaban, durante las tardes sembraban árboles de cítricos —por eso de inculcar la importancia de la agricultura en la temprana formación— y muchos de aquellos largos días de estudio y campo la comida no llegaba o se iban a la cama sin nada en el estómago. Así que en vez de conspirar con robar exámenes o chantajear a cierto profesor, el alumnado se las ingeniaba para abrir todos los candados de la despensa. Después pasó a ser profesor, escritor y visionario; pero el efecto Sandino pasó a ser el inversamente desproporcional. Es decir, mucho de todo, demasiado, más y más. Que nunca falte, es el eco de un hambre vieja que nunca se sacia.

Hoy, nuestro refrigerador tiene algo parecido a un desorden de alimentación, y la forma de hacer la compra un T.O.C (Trastorno obsesivo compulsivo). Él pone y yo quito la mitad. Y entre Pitágoras y Sandino vamos tirando de sumas y restas.

Las matemáticas se alteran cuando mi madre y mi hombre se reúnen para cocinar y la escencia de sus síndromes y efectos se encuentran. Ella, que sigue con esas rebanadas de jamón traslúcidas, dice que son una elección. Él se toma un tequila y luego otro, total, si la gente va a hablar hay que darle motivos. El resultado; un pavo exquisito y media olla de arroz a la basura porque fue demasiada agua.

Qué haría yo sin los excesos de Sandino y las mediciones pitagóricas. Al final, coincido con el filósofo griego que le dio nombre a la calle de mi infancia: todo es matemáticas.

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