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agosto 25, 2010

De síndromes y matemáticas

por vanessasaintcyr

Pitágoras, así se llamaba la calle donde vivíamos, la calle de nuestra niñez, donde regresábamos de la escuela caminando. Nada que ver con el ilustre matemático, excepto por convertirse en el referente inconfundible del espacio de un pequeño departamento en un cuarto piso donde mi madre hacia su mejor esfuerzo para sacarnos adelante.

Para que todo alcanzara nuestros sándwiches contenían una rebanada de jamón tan fina como un velo de novia. Algo de mayonesa y mostaza que nunca se salían del centro quizá para convocar un clímax y que el hambre se hiciera cargo de lo demás. Las quesadillas las hacía con dos pedacitos de queso alargados de punta a punta para que no dejaran de combinarse con el maíz. Una delicia. Y así, con sopita de fideo fuimos echando hasta que nos mudamos y el recuerdo de Pitágoras pasó a ser un efecto, un síndrome, un fantasma de la escasez que aún me persigue más veces de las que quisiera.

Después conocí el efecto Sandino. El hombre que pasó a ser mi hombre transcurrió su preadolescencia y los años siguientes en las becas del campo en Cuba, en una escuela llamada Sandino dónde el sistema trataba de formar a los “hombres nuevos” —y mujeres también, claro, pero ya sabemos que cuando de ideales históricos se trata el género femenino se omite—, el caso es que en las mañanas estudiaban, durante las tardes sembraban árboles de cítricos —por eso de inculcar la importancia de la agricultura en la temprana formación— y muchos de aquellos largos días de estudio y campo la comida no llegaba o se iban a la cama sin nada en el estómago. Así que en vez de conspirar con robar exámenes o chantajear a cierto profesor, el alumnado se las ingeniaba para abrir todos los candados de la despensa. Después pasó a ser profesor, escritor y visionario; pero el efecto Sandino pasó a ser el inversamente desproporcional. Es decir, mucho de todo, demasiado, más y más. Que nunca falte, es el eco de un hambre vieja que nunca se sacia.

Hoy, nuestro refrigerador tiene algo parecido a un desorden de alimentación, y la forma de hacer la compra un T.O.C (Trastorno obsesivo compulsivo). Él pone y yo quito la mitad. Y entre Pitágoras y Sandino vamos tirando de sumas y restas.

Las matemáticas se alteran cuando mi madre y mi hombre se reúnen para cocinar y la escencia de sus síndromes y efectos se encuentran. Ella, que sigue con esas rebanadas de jamón traslúcidas, dice que son una elección. Él se toma un tequila y luego otro, total, si la gente va a hablar hay que darle motivos. El resultado; un pavo exquisito y media olla de arroz a la basura porque fue demasiada agua.

Qué haría yo sin los excesos de Sandino y las mediciones pitagóricas. Al final, coincido con el filósofo griego que le dio nombre a la calle de mi infancia: todo es matemáticas.

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