febrero 28, 2013

Sí, a veces las mamás gritamos

por vanessasaintcyr
Crónicas de Mamá Transformer
Sí, a veces las mamás gritamos

Soy mamá transformer, el apodo me lo puso mi hijo un día cuando perdí los estribos y grité a viva voz ¡Porque yo lo digo! Como si fuera una loca frenética —vale aclarar que fue después de 150 veces de pedirle que hiciera algo por favor y otras 200 de, según yo, ser determinante.

 

—Ay, mamá, eres como un transformer, de los malos, —me dijo.

 

—Y puedo ser peor, —rematé.

 

Así que, siéntete acompañada, mujer, no eres la única mamá que se desespera y grita y un día quiere salir corriendo y no volver, por lo menos, dentro de una semana y pensar que ya se encargará el padre, aunque a veces parezca que no.

Y es que todo esto de los blogs de maternidad, crianza respetuosa, lactancia prolongada y todo lo que exacerba la maravilla de la maternidad, poca veces encuentra la contraparte cotidiana donde lidias con una repetición fastidiosa de “no quiero”, lloriqueos, entre otras quejas y asombrosas argumentaciones que los niñ@s de la era digital dicen a sus padres sin ninguna censura.

La realidad es que esto de ser Mamá a veces es una dimensión desconocida; estamos aprendiendo, prueba y error; prueba y error es lo que hacemos hasta que nos da resultado, no hay reglas fijas aunque se hayan inventado mil escuelas para padres —concepto que suena poco invitante, por cierto— y tod@s en algún momento nos desbordemos en dar consejos de crianza y educación a otras madres que desde luego lo están haciendo diferente, mejor o peor.

No se me olvida la frese que leí alguna vez en alguna revista, cuando aún no era madre “Cuando no tenía hijos, tenía muchas teorías, ahora tengo seis hijos y ninguna teoría. Me pareció genial, pero ahora es cuando realmente la entiendo, la vivo. Las teorías se van por la borda porque estás pendiente de mantener a los hijos en el barco, y el mar a veces no tiene el mejor tiempo. Los niños son tanto, en tantísimos sentidos.

Y es que mi retoño de seis años, saca algunas argumentaciones o frases como esas del transformer que me arrancan la carcajada, logra que se acabe el regaño y, después, quizá por la hormona del crecimiento o por una rebeldía natural, no haga caso en peticiones simples o labores de orden cotidiano.             Tiene que quedarle claro quién es la capitana de este mar de abrazos, aprendizajes, que es la vida siendo mujer, creadora, hechicera, bruja (a veces), maestra, aprendiz y profesional en una pila de materias que es Ser Mamá.

Así que, insisto, estamos juntas en esto y aprendiendo… que un domingo la hermana grande (de 11 años pre-adolescentísima) no quiera bajarse del coche y llore como Magdalena, te entiendo; que otro día los hermanos se peleen por cualquier cosa y se digan horrores, también; que otro día tu princesa de 14 se te acerque y te confiese que no sabe qué le pasa porque está descubriendo el mundo y a ella misma, y ríe y llora porque puede vislumbrar que este planeta es hermoso y a veces cruel. Y no sólo eso, esa niña te recuerda tu propia salida del cascarón para finalmente volver a tu aquí y ahora. Yo te entiendo, pero no tengo una receta infalible de qué hacer.

Así que sí, yo a veces grito, me desespero, me histerizo; muchas veces quiero salir huyendo sólo para detenerme a ver el mundo sin tanta vorágine emocional para después volver a mis hij@s con más paciencia y seguir aprendiendo.

Un consejo sí es válido, recordar que antes de Ser Mamá fuiste y eres mujer y necesitas espacios propios e irremplazables. Reserva más espacio para el buen sexo, ponte guapa, haz ejercicio, ríe. Verás que la paciencia crece y el tiempo de calidad se intensifica; por lo pronto, me quedo con el mote de mamá transformer porque también puedo ser la heroína más buena de la historia.

Inicialmente publicado en mi otro blog, www.sermamaencancun.com que trata los dilemas de la maternidad, la crianza, el gusto por los libros y otras historias y fases intermitentes de mamás histéricas.

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julio 27, 2012

Libros paisajes

por vanessasaintcyr

Los libros, mi mundo. Paisajes de otras vidas que le ganan la partida a la realidad. A mí, lo que me gusta, es devorar el corazón de las historias, aprender de los bien escritos “a dentelladas secas y calientes”. Pero reconozco que hay algunos, muchos, antiguos y nuevos, sobre todo nuevos, que no sirven para leer.

Como sea, si es libro, llama mis pupilas, si es bello o logra transformar lo inerte, más. Guy Laramée  talla el campo, la montaña o Petra sobre la literatura. Escoge volúmenes antiguos porque lo que se hacía antes no moría tan rápido.

Pura contemplación; diáfana en este caso, hermosa. Sí compraría algunas de las obras de este canadiense, la pondría cerca de una lámpara, al frente de mi sillón preferido, para recordarme que hay que hacer trabajos de larga vida, romper esa inercia contemporanea de lo desechable, mientras trabajo o leo una buena historia.

abril 13, 2012

El hombre más feliz (es monje y lo patrocina Coca Cola)

por vanessasaintcyr

¿Por qué un ser feliz necesita restregar por la cara a los otros su bienestar?

Por Juan José Millás

Publicado en El País 13/abril/2012

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Matthieu Ricard, monje budista que asiste al Congreso de Coca Cola. / J. SANCHO (EFE)

Abróchense los cinturones porque resulta que no solo existe el escritor más leído del mundo y el cantante más escuchado y el político más poderoso, existe también el hombre más feliz del mundo, el más feliz, un monje tibetano al que patrocina Coca-Cola sin que, por razones urgentes de simetría, Pepsi-Cola subvencione al más desdichado (o la más desdichada: el genérico, que no funciona). ¿Qué necesidad, piensa uno, tendrá el hombre más feliz del mundo de anunciar un refresco? ¿Qué le falta aún, qué carencia fundamental le aqueja para acudir a un congreso sobre la felicidad organizado por una multinacional? Un congreso que dejará sin duda a los parias de la Tierra como a una panda de gilipollas, de leprosos, de gente con pocas habilidades sociales. ¿Por qué un ser feliz necesita restregar por la cara a los otros su bienestar? Señor feliz, asómese usted, por favor, a una vida cualquiera, a la de ese hombre, por ejemplo, que acaba de levantarse de la cama y que en el desayuno ha de lidiar con un hijo adolescente en vías de escaparse del sistema (quien dice un hijo dice una hija, otro puto genérico que no rula). Fíjese, si lo prefiere, en el hijo (o hija) que no comprende por qué el bobo de su padre, a punto de ser sodomizado por la reforma laboral, continúa obedeciendo órdenes. Da igual, quédese con el padre o con el hijo, el que más rabia le dé, los dos habitan en un mundo donde el griego, que hasta ayer era un beso, ha devenido en una forma de suicidio. Mírelos en el metro, enterándose por un periódico gratuito de que existe el hombre más feliz del mundo y que se exhibe sin pudor como un fenómeno de feria. A ver qué hacen los pobres, aparte de cagarse en todo, aun sabiendo como saben que si eres de los que te cagas en todo (o de las que te cagas en todo, otra vez el maldito genérico) no te patrocina ni la Fanta.

link original: http://elpais.com/elpais/2012/04/12/opinion/1334232006_475094.html

marzo 30, 2012

El vicio principal

por vanessasaintcyr

Me pasa con Internet lo que antes sentía al entrar en una librería. Tantos libros, tantas vidas dedicadas a lo mismo. Antes y ahora, esclavos de las palabras haciéndose a empujones entre millones de hojas escritas. Un blog más, un ebook navegando por la polémica y ya congestionada literatura cibernética.

Entre el tiempo que me queda para mis lecturas más íntimas y un desbordamiento diario de opciones, me cuesta trabajo jerarquizar lo que quiero leer. Voy descubriendo blogs interesantes, los de amigos y conocidos… tantas vidas expuestas en palabras que ya no sé por donde empezar o seguir o cómo parar. Estar conectada a esta red es una trampa, se cuelan demasiados distractores que poco o nada tienen que ver con el placer de leer.

Y cuando de leer se trata, estoy atiborrada, cuándos libros en el Kindle, comprados pero no leídos por falta de tiempo, y cuántas samples suculentas y accesibles esperando un click de compra.

Vaya condena, cuando no estoy leyendo, estoy escribiendo y cuando no puedo hacer ninguna de las dos, pienso como si escribiera.

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noviembre 8, 2011

Luz de otoño

por vanessasaintcyr

Hay algo en la luz de octubre que me hace feliz. Es ese viento frío que la hace más luminosa, la desnuda. Agradezco tanto su llegada después de un verano despiadado que abrasa pieles blancas y no permite secar el sudor.
Veo venir el aliento del invierno, incita a los árboles que visten de rojo antes de entregarse a un último candor. Un viento peristente que aquieta los pensamientos y se los lleva, esos que no hacen falta, pero que llegan.

ilustración de Nicoleta Ceccoli

El dibujo es de Nicoletta Ceccoli, ilustradora italiana que ya quisiera yo para mis siguientes libros.

octubre 17, 2011

Vendo mis palabras

por vanessasaintcyr

Todavía siento cerca esas tardes de caminar por las calles de Coyoacán, cuando pasear entre los puestos y terminar en el Parnaso en busca de un libro para llevar a casa era una salida completa. Terminaba la tarde con un café o una cerveza ahí junto, en las ordinarias sillas de la cafetería, pero que permitían mirar un mar de gente, ruidos, sonidos, voces, poesía con asfalto.
Una noche se acercó a nuestra mesa un tipo joven, pero no tan joven. Me extendió un librito hecho a mano, hojas carta cortadas en cuatro y pegadas con grapas, manufactura rústica, pero bien hecha. Lo abrí, letras escritas con máquina Olivetti, bien negras.

—Es mi poesía, vendo mis palabras ¿Las compras?

Yo escribía también, pero no lo mostraba, mucho menos intentaba vender mi escritura, no se me había ocurrido hacerlo así, quizá por vergüenza o soberbia. Mientras trataba de leer alguno de sus poemas, el escritor aventajado me adelantó el precio y su misión. “Escribo, casi todo el tiempo, es lo que hago, he ido a algunas editoriales, pero nada, no he tenido suerte, la poesía es generosa, pero no se vende fácil, así que las tengo que vender yo mismo…”. Me persuadía, es lo que un buen vendedor hace.
Lo miré. Traía un bolso de piel marrón de correa larga que le cruzaba el pecho, estaba lleno de aquella obra suya, pequeña, sencilla, confiada. Quizá no había vendido nada o hizo tantos ejemplares sabiendo que iba a venderlos todos.
Saqué el dinero, admirada. Y él agradeció con un ligero movimiento de cabeza, digno, satisfecho.

En España existe hoy un debate por el arte de lo mínimo: microrrelatos, micropoesía, microcine rodado con un celular, lo pequeño desfila en las vías de la cultura, y la discusión se inclina a que es una moda pasajera. La tecnología permite contenidos más fáciles de difundir y descargar. Hay una necesidad de comunicación urgente, la dosis escrita de lo efímero que tanto se difunde a través de las redes sociales y a la que tantos se han vuelto adictos. El reto es decir más de lo que los caracteres permiten y dejar al lector pensando, aunque sea por microminutos. Soy defensora del relato corto, no necesariamente del micro, lo practico, pero aspiro y me esfuerzo para que mi aliento literario dé para más.

Pareciera que hoy ya no hay tiempo para pasearse entre mesas y acercarse a la gente, y es difícil ver a alguien que no esté manipulando un celular o cualquier dispositivo electrónico. No han pasado tantos años desde que llegó aquel aspirante a poeta, pero la transformación de la forma de escribir y mostrar ha sido aparatosa. La intención sigue siendo la misma: leéme, entérate de lo que hago para continuar y poder vivir de eso. Leéme para empezar a vivir de lo que hago y poder seguir haciéndolo.

Al final, esa tarde, me llevé a casa lo que fui a buscar a Coyoacán, un libro, uno mínimo pero sustancial. Y algunos años después de ese encuentro yo también he logrado vender mis palabras.

septiembre 27, 2011

Sonreír en francés

por vanessasaintcyr

Sonrisa, smile, sourire…

Tengo algo con las sonrisas genuinas y los dientes alineados, brillantes y blancos de mostrarlos tanto a la luna esperando por el sol. Hace un par de años se me ocurrió un cuento, de una niña con una sonrisa despeinada. De repente empezó a mudar los dientes de leche y mientras se veía en el espejo se preguntaba por tan raro proceso y cuánto tiempo tendría que esperar para tener una bonita sonrisa que mostrar.
—¡Despeinada! Pero qué calificativo más inadecuado para una sonrisa y para un cuento para niños!
Ya, lo sé, pero qué quieren, es el que va con esta niña curiosa que se pregunta por los cambios en su cuerpo, en la vida y busca respuestas en su hermano mayor.
—Además, no hay sonrisas despeinadas.
—!Qué va! las hay de todo tipo: alocadas, contagiosas, excéntricas. ¡Vaya! las hay hasta peludas y geniales. También las hay viajeras, la idea de esta sonrisa cruzó el Atlántico y hoy nace la versión en francés: Un sourire décoiffé
—Y yo, ¿qué clase de sonrisa tengo?
—A ver, sonríe.

El cuento en las ediciones español, inglés y francés está a la venta en Amazon

agosto 26, 2011

Para leer un ebook en tu iPhone…

por vanessasaintcyr

… o cualquier tableta o Blackberry

Muchos ya están habituados a leer ebooks otros no saben ni que existen o no se imaginan cómo puede disfrutarse la lectura sin el olor del papel, el peso del libro impreso y el ruido de las hojas al avanzar. Yo amo los libros y confieso que los prefiero así, cada uno con el peso de su historia en las páginas que abarcan, pero he encontrado un nuevo placer al leer en mi kindle, explorar novedades y bajar adelantos de todos los títulos que me interesan.
Un lector me preguntó cómo podía leer mi novela en su iPhone, es fácil:
La aplicación de Kindle se encuentra en el Apple Store y puede bajarse para Mac, PC, Blackberry, IPhone, Ipad, Ipod touch, y otros dispositivos. Se instala de forma automática y se lee bien en todos, o sea, en un Ipad, Iphone o cualquiera otro e-reader. Son tres pasos simples.

1. Desde tu compu, Ipad, Iphone, Ipod Touch, etc, entras a App Store:
2. Bajas la aplicación Kindle para iPhone, iPad, iPod touch o Amazon Kindle:
3. Abres la aplicación y buscas Ventanas que dan al mar o cualquier otro libro que te interese y esté en versión electrónica.
4. Lo compras, no todo lo que quieres leer puede ser gratis.

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”.
Emily Dickinson.

agosto 22, 2011

Mi isla

por vanessasaintcyr

Viajo hacia ti golpeando mi verdad en tus olas y, después… Me alejo, arrastrada por el malhumorado vicio de la soledad
Permanezco ahí, desde la invisible distancia que permite el roce sin contacto, estudiando la luz que no te deja dormir

Un incansable despertar exhibe dos océanos que se enrojecen de vez en vez, cuando piensan demasiado, que es casi siempre…
Quizás amarte es el riesgo de mi propio miedo, porqué una isla es un territorio peligroso, donde el mar seduce una noche todavía caliente por el sol

Como el pez que con saltos se despega del mar y desde lejos ve las luces de una ciudad, una ciudad que por cierto es una isla, y describe e inventa lo que no tocará
Como el pez del poema de alguien a quien me habría gustado conocer

Un refugio que se mueve,
Una tierra que es más polen del que pueden llover las abejas
¿Y yo qué hago anclando nubes que al final son silencio?
Un silencio que quisiera no fuese tan perfecto

A través de las noches mi isla sueña con tocar tierra
aún sabiendo que su sello son las mareas.

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agosto 10, 2011

Me pone alas

por vanessasaintcyr

Hace meses que escribo y no escribo. Dar a luz me ha encendido el foco de la vigilia. Mi cuerpo es alimento, sangre escarchada y dulce de mis días y mis noches. Así que sola en la silla y mi hijo latiendo conmigo me pongo a escribir en el aire manuscritos invisibles que no leerá nadie. Me paso las horas con los brazos ocupados y la mirada en su pequeño cuerpo o en inmensas incógnitas.
Hoy reíste mientras comías y me pusiste un par de alas, cuando volví qusiste beber de nuevo. Te puse una nana, la de Miguel Hernández cantada por Serrat mientras yo sonreía y agradecía a la vida tener mucho más que cebollas para alimentarte.

julio 27, 2011

Una Sonrisa Despeinada

por vanessasaintcyr

Si te fijas bien en las personas puedes encontrar sonrisas alocadas, sonrisas que curan, sonrisas dulces, contagiosas, hasta sonrisas peludas y geniales. Marion está mudando dientes y es la única que tiene una sonrisa despeinada. Su hermano Nino es quien la ayuda a descubrir lo bello y cambiante de su sonrisa al tiempo que él mismo descubre en su vecina Fabiana que las niñas más bonitas son las que mandan mensajes cuando sonríen.
Lectura para niños de 6 a 14 años.

De venta en Amazon.com

Primeras páginas:

julio 18, 2011

Ventanas que dan al mar

por vanessasaintcyr


La escribí hace años ya, y la he ido afinando mientras esperaba por su publicación. La envié a concursos literarios y a dictamen; la he dejado también en el olvido y la he retomado rabiosamente queriendo cambiar toda la estructura.
Se ha modificado con el tiempo, pero en esencia es la misma, mantiene el impulso de narrar en diferentes etapas de la protagonista los pasajes del sexo, la nostalgia, la muerte y la incomunicación.
La leyó mi hombre (andresjorge.com) y mi gente más cercana. Después los reuní en casa. Fue como hacer una pequeña presentación de la novela, una fiesta en nuestra casa de Cuernavaca.
Empecé a escribir otra novela y mis cuentos para niños a la par que escribía a destajo buenos y malos textos para mí y para las revistas donde trabajaba. Nunca supe exactamente por quién eran leídas y si a tales lectores les importaban mis palabras.
Hace años, también, mi hombre, que tiene mucho de visionario, creó el portal paginadeautor.com, buscando congregar a autores con trayectoria para exponer sus libros, artículos y novedades y crear una comunidad de lectores y escritores, acercar el vínculo y dejarlo crecer.
Nos contrataron varios autores publicados por Alfaguara y otros que creyeron en el proyecto. Ganamos algún dinero y finalmente la idea se durmió, hibernó por años, hasta ahora que hemos decidido crear La Costra Nossa: cada escritor es responsable de su obra y no sólo de la calidad literaria sino de todos los procesos para promocionarla y mantenerla en un digno nivel literario.
Hace algunos meses recibí la oferta por parte de Ediciones Oblicuas, que tiene su sede en Barcelona, la cosmopolita y floreciente Barcelona, de publicar esta novela si compartíamos los gastos. El proceso era más o menos el mismo que estamos haciendo nosotros, con la diferencia, claro, de que se daría a conocer primero en España, país que donde sus lectores son mucho, mucho más ávidos que en México. Me ilusionó la idea, pero me negué, quería apostar por lo nuestro.
Así que en vez de recibir el libro ya armado, viví y sufrí cada parte del proceso: el cruce de ideas con el diseñador por la imagen de portada, las tantas versiones de la contra para vender y ofrecer mejor la historia, el interminable proceso de edición.
Aquí la tienen, en versión impresa y para Kindle. Mientras, otra novela se gesta y tocará puerto en el 2012.

A la venta en Amazon.com y como ebook.

mayo 31, 2011

Escaleras abajo

por vanessasaintcyr

Subió el sol por mi cuerpo. Se posó primero en mis pies y fue trepando, lamiendo mis poros. Llegó a mi vientre y retrocedí un par de escalones para que despertara con su luz. Lo hizo y lo apagó con su humedad repentina.
Escaló en mis senos, se metió en mi boca, me cegó el deseo y buscó las ideas que se escapan por los ojos. Encendió mi cabello y seguí bajando todavía con su calor danzando en mi piel.
El sol se coló inesperadamente por una ventana, una luz cotidiana encendió mi camino mientras bajaba por una escalera eléctrica y en vez de sumergirme hacia una rutinaria búsqueda a la nada, me bañó de calor y agradecí mi estancia en la Tierra.

mayo 18, 2011

¿Cómo puede sonreír tanto?

por vanessasaintcyr


Desde hace algunos días me había topado en varios lugares públicos con pósters de un tipo joven, vestido con camisa roja y de sonrisa espléndida. La primera vez lo vi de reojo, la segunda leí que el tipo daría la conferencia que “cambiaría tu vida”. Ya, ¿qué producto, coaching o plática no promete cambiar la vida hoy día? Ayer lo observé con atención y decidí entrar a su página.
Tiene 28 años, da pláticas motivacionales en todo el mundo y dirige la organización Life Without Limbs. Cuando leí que tenía un enfoque cristiano estuve a punto de cerrar la página, pero exploré un poco más porque el tipo tiene un espíritu admirable.
Vi algunos videos y el cortometraje en el que participó, y me quedé pensando en él y en su vida prácticamente toda la noche, cada vez que me movía, me levantaba al baño y veía dormir a mi hijo sano y completo.
¿Por qué hay tiranos y asesinos que viven más de 80 años y mueren en su lecho de oro, por qué algunos aún viven, y tantos jóvenes con talento mueren?
En una de las entrevistas, este hombre, Nick Vujicic, dice que está tranquilo porque Dios le ha respondido el por qué lo hizo así. La respuesta qué obtiene es otra pregunta: Do you trust me? Eso lo sostiene, lo salvó del suicidio y lo hace viajar por todo el mundo enseñando lo que es capaz de hacer. Su sonrisa es genuina, refleja un hombre completo.
Yo sigo sin respuestas. ¿Por qué hay tantos seres que caminan y se mueven con libertad y hacen tan poco por ellos mismos y por los demás?

mayo 11, 2011

Ventanas… (fragmento de la novela que está por ver la luz)

por vanessasaintcyr

…Pasé dos días en medio de un campo plagado de sonidos desconocidos. Por primera vez vi el perfecto diseño de una telaraña salpicada de rocío y cómo se desorbitaron los ojos de un caballo a causa de un miedo desconocido para mí.
De ese viaje me acuerdo de cómo mi padre me jaló bruscamente de un brazo y gritó cuando yo corría entre la gente que platicaba junto a él. La parte posterior del hacha con la que cortaban leña me pasó a un centímetro de la cabeza cuando el hombre que la maniobraba la levantó hacia atrás para que cayera con más fuerza sobre un tronco. Me habría matado. También fue en ese escenario donde descubrí trucos de ternura y seducción.
Por las reacciones que pude notar en las mujeres del grupo y las constantes miradas, me di cuenta de que Iván era un hombre instantáneamente apetecible. Tenía la cara afilada, ensombrecida por una barba a medio crecer. El cabello castaño claro, amarrado en una cola de caballo al ras de la nuca y una sonrisa de dientes blancos y alineados. Era el dueño de la guitarra y tenía unas manos grandes que dejaban ver algunas venas fuertes cuando hacía presión en las cuerdas o cuando regresaba del patio cargando leña para la chimenea.
Llegó poco después que nosotros en un ruidoso Volkswagen amarillo con algunos golpes en las salpicaderas y las llantas llenas de lodo. Se bajó sin maleta y empezó a saludar a la gente reunida en la terraza. Mi padre tampoco lo conocía y cuando el saludo llegó hasta él se estrecharon la mano diciendo al mismo tiempo el nombre que correspondía a cada uno.
—Ella es mi hija—, me presentó olvidando mencionar el nombre que había escogido para mí. Iván se inclinó preguntándome por el olvido; se lo dije y él lo repitió mientras revolvía el cabello que caía en mi frente.
Sólo le faltaba estar acompañado de un inseparable labrador color miel para encajar en el prototipo del bohemio solitario, el artista, la joven promesa de algún arte. Era un hombre atractivo y un tanto parsimonioso que a ratos buscó la soledad dentro y fuera del grupo. Eso quizá lo hizo todavía más interesante.
—Es menos atractivo de lo que parece, no entiendo qué es lo que les llama tanto la atención—. Le contestó el dueño de la casa a una de las mujeres que había preguntado por Iván con un interés evidente cuando éste se había levantado a fumar un cigarro lejos del alboroto de la conversación.
—En serio, ¿por qué sienten atracción por hombres así? Tal vez lo que buscan es averiguar si ese mundo de melancolía fue provocado por otra mujer y lo que les interesa es competir, ganarle la partida un fantasma femenino.
Ella no contestó y él terminó de hablar con una sonrisa disfrazada, molesto porque sus amigas preguntaran constantemente por Iván.
Al anochecer, la sala donde se instalaron para seguir la reunión se iluminó por velas amontonadas en la mesa de centro, junto a copas de vino y ceniceros rebosantes de colillas. El fuego de la chimenea ayudaba a que el espacio se llenara de una amarillenta e inquieta luz.
Había otros dos niños, ambos más chicos que yo y también hijos de padres de fin de semana. La primera noche caímos en el sueño arrullados por música y palabras.
Cuando desperté, mi padre dormía con pesada respiración en la cama de al lado. Salí del cuarto rumbo a la cocina y vi que algunos habían tenido que dormir en los sillones de la sala. Escondían la cabeza dentro de las cobijas para que la luz de la mañana no los perturbara. Oí que alguien descargaba el agua del baño y después miré a Iván que ya tenía en la boca un cigarro encendido. En su saludo incluyó mi nombre y yo le sonreí pasándome un mechón de cabello detrás de la oreja. Le pregunté si tenía hambre y acercándose a mí para entrar juntos a la cocina me contestó que él siempre tenía hambre. Propuso un desayuno de huevos revueltos, pan tostado con mermelada, leche para mí y café para él. Se movía de un lado a otro de la cocina buscando platos y sartenes, tratando de hacer poco ruido para no despertar a los que dormían en la sala. Me hacía preguntas y se reía mientras seguía buscando cosas con qué preparar el desayuno.
—¿Dónde estará el café?
—¿No está junto a el azúcar?
—Espera… No, no está.
—Entonces no hay.
—¿Cómo es eso?
—Donde está el azúcar está el café. Eso dice mi abuela que siempre está tomando café.
Iván hizo una mueca y no dijo más. Poco después los demás se fueron levantando, aún amodorrados, se dirigían a la cocina o al baño. Mi padre y la joven mujer que había preguntado por la vida de Iván fueron los últimos en despertarse. Cada uno en su momento se quejó por la falta de café en una mañana tan fría.
Después de bañarse, Iván se puso a buscar su chamarra entre todas las que se había amontonadas en el perchero y salió de la casa con el cabello todavía mojado. Nos hicimos amigos. Yo podía ser su hermana pequeña, la hija de una antigua amante, la parte femenina que no le buscaba los ojos para cautivarlo de forma física, una mujer encerrada en una niña que no podía lastimarlo.
Al caer la tarde la chimenea volvió a dar calor; en vez de velas, luz blanca y en lugar de música, carcajadas. Los otros dos niños y el padre de uno de ellos se pusieron a repartir las fichas de un juego de mesa en el centro de la sala y de la conversación. El hombre participaba de los dos mundos, se emocionaba cuando su ficha avanzaba en el tablero y después refutaba alguno de los comentarios del tema en turno. Les había agradecido la invitación al juego buscando con esa negación poder pertenecer al otro grupo y alejarme de mi condición de niña.
Cuando la primera ronda del juego acabó, Iván me animó a participar. Organizó tres equipos y logró que la charla de los otros fuera distraída por las tontas risas que nos regalaba el juego. Cuando éste se acabó, las palabras y algunas risas volvieron a ser el eje de la noche; alguien avivó el fuego de la chimenea y la madera volvió a escurrir resina. El letargo me fue venciendo al lado de Iván, las sombras empezaron a moverse, a desaparecer. Quería seguir ahí, permanecer en mi primera historia, en el inicio de un enamoramiento disparado por las peligrosas ganas de crecer.
Acomodé la cabeza en su muslo y sentí una dura mezclilla que olía a tierra y a humo. Al sentirme, Iván estiró un poco la pierna para destensar el músculo y empezó a acariciarme la frente y el cabello. Podía sentir sus movimientos, la mano libre tratando de alcanzar la cerveza, la forma de exhalar el humo del cigarro haciendo un peculiar ruido con los labios, los espasmos de su estómago al ser presa de la risa. Dos veces se inclinó para verme y después la palma de su mano se posó sobre mi antebrazo, cerca de la cintura. Yo fingía dormir, fingía ser una niña y disfrutaba de la escenografía que había preparado para mí misma. Tenía calor, público, música, oscuridad y experimentaba con el contacto.
También tenía vigilancia. Oí mi nombre en la voz de mi padre.
—Hija, vete a dormir a la cama.
No contesté. Lo repitió. Sentí que Iván alargaba el torso de nuevo, tal vez para presionar la colilla en el cenicero. Pasó su mano por debajo de mis rodillas encogidas y se levantó conmigo en brazos.
—Deja, yo la llevo.
Y el ruido continuó.
Mis pies se balanceaban con cada escalón que Iván subía. Había prendido la luz que iluminaba la escalera y abriendo un poco los ojos pude ver cómo la manzana de Adán se le acomodaba en la garganta al tragar saliva. Mis brazos le rodeaban el cuello. Su olor me gustó.
Dio vuelta en el primer cuarto y me acomodó en la cama cercana al ventanal. Me dejó los tenis puestos. Se detuvo unos segundos en el umbral con una mano en el mango de la puerta. Su silueta ilustró la despedida, el final de mi corta historia. Cuando intentó cerrar la puerta lo llamé, casi grité su nombre. Él se detuvo y esperó sin parecer sorprendido de que estuviera despierta.
—¿Sí?
—¿Dejas la puerta abierta?, —dije como pidiendo un deseo.
Y él la dejó…

abril 20, 2011

Atrás

por vanessasaintcyr

Llegó a su habitación y estaba invadida de rosas, las había en floreros pequeños que tapizaban el piso; en la cama, sobre la mesita que no era escritorio pero que usaba para trabajar, para jugar a escribir.

Eran rojas, todas, encendidas del impulso inagotable de aquél que entró con esa fallida intención de convencerla. Algunas ya estaban deshojándose, cansadas de esperar encerradas a que ella llegara y las viera y las despreciara.

Llegó tarde, poco antes de la media noche. Observó el escenario salpicado de rojo; una batalla entre el deseo por poseerla y el rechazo de ella por todo cliché de conquista.

Nadie había hecho algo así por ella y quizá nadie lo hará otra vez.

abril 14, 2011

My mind

por vanessasaintcyr

Es él y su mirada de mar. Su voz profunda y candente como si despertara a mi lado y sugiriera con la vista puesta sobre su espíritu libre I only know my mind, I am mine. Y sé que no puedo tenerlo, pero me tranquiliza su propuesta que va para cada ser en este mundo, y no me canso de escucharla.
Dedos de hombres y guitarras, esas manos acariciando las cuerdas.
Me uno a su himno.
Gracias, Eddie.

The selfish, they’re all standing in line
Faithing and hoping to buy themselves time
Me, I figure as each breath goes by
I only own my mind

The North is to South what the clock is to time
There’s east and there’s west and there’s everywhere life
I know I was born and I know that I’ll die
The in between is mine
I am mine

And the feeling, it gets left behind
All the innocence lost at one time
Significant, behind the eyes
There’s no need to hide
We’re safe tonight

The ocean is full ‘cause everyone’s crying
The full moon is looking for friends at hightide
The sorrow grows bigger when the sorrow’s denied
I only know my mind
I am mine

And the meaning, it gets left behind
All the innocents lost at one time
Significant, behind the eyes
There’s no need to hide
We’re safe tonight

And the feelings that get left behind
All the innocents broken with lies
Significance, between the lines
(We may need to hide)

And the meanings that get left behind
All the innocents lost at one time
We’re all different behind the eyes
There’s no need to hide

abril 7, 2011

La gata Lao X (El final)

por vanessasaintcyr

Lydia se quedó hipnotizada, la mirada fija en el tablero del auto o un poco más arriba, a través del parabrisas. Traía a Lao en los brazos con el cuello colgando por encima del codo. Después de todo era una buena señal aquél impulso de cazar aunque se haya quedado atrapada. Sonrió, sentía que el animal iba recuperando calor y agradeció el silencio del hombre que manejaba sin hacerle preguntas. No era fácil encontrarse con alguien que desechara las palabras con tanta serenidad. Miró sus brazos mientras cambiaba las velocidades del motor, morenos de sol, torneados por el ejercicio físico de movimiento constante, un nómada.
Siguió subiendo la mirada, el hombro derecho, la sienes con algunas canas, el perfil recto que de repente volteo y se ancló en sus ojos.
Es ahí, es esa casa de la esquina. Es una mujer, una doctora.
Gracias.
Se bajó con rapidez.

Lao estaba deshidratada, desnutrida, tenía un colmillo roto y tenía fracturada la pata derecha. Debía ponerle algunas vacunas, era necesario que se quedara ahí hasta el otro día. Lydia pagó la consulta y las medicinas y salió con el suéter manchado de sangre. Mientras buscaba el celular, su mano rozó con una textura húmeda y floja. El trozo de atún se había salido de su envoltura y todo se había impregnado de olor a pescado. Miró el reloj y los cinco mensajes que tenía por leer, todos de la tienda, tenía que preparar el material y pulir las piedras para la nueva colección, ya tenía los diseños pero hacía falta armarlos y prefería hacer ella el trabajo. De repente sintió que adornar los cuellos y las manos de otras mujeres era un oficio insulso, sobre todo cuando ella misma prefería sus manos desnudas y su cuello siempre dispuesto a una mordida, sin nada que pudiera estorbar. Disfrutaba mucho trabajar con los minerales y piedras raras y las ventas de sus diseños de joyas le permitía pasearse un lunes a medio día por calles que no conocía.
Llegó a una esquina y en una jardinera enterró el atún. Se frotó un poco de tierra para mitigar el olor, ahora sus palmas tenían una sombra opaca.
No podía seguir perdiendo tiempo. Paró un taxi y se subió. Mientras se dirigía a su taller pensó que al día siguiente Mario despertaría tarde, extrañado, sin saber porqué. Quizá no se percataría de la ausencia de Lao, ni echaría en falta ese llamado incesante que nunca descifraría. La llenó de gozo recordar a aquél hombre, su silencio imponente, la disposición de ayudarla, la belleza en su cuerpo de una madurez incipiente. Y sonrió al sentirse segura de que tenía algo ahí, con él, porque Lydia, como tú y como yo, terminamos enamorándonos de las historias que nos inventamos de los otros.

abril 1, 2011

La gata Lao IX (y el gato que la salvó)

por vanessasaintcyr

El refrigerador era un Kelvinator de más de 30 años de uso y aunque entre las dos trataron, no pudieron moverlo, era demasiado pesado y el espacio donde estaba empotrado muy estrecho. Tenían que sacar a Lao primero o mover el aparato con mucho riesgo de aplastarla.
Lydia la tocó; su pelaje tenía una tibieza exigua. La tomó de las dos patas y la jaló, apenas logró moverla. Tal vez la cabeza estaba atorada con algo y eso era lo que no la dejaba salir. Se agachó al ras del suelo. No entendía como Lao pudo haber metido medio cuerpo ahí.
Necesito encontrar un gato para sacarla, un gato hidráulico, —corrigió ante los ojos sorprendidos de la mujer— hay que alzar el refrigerador.
Mejor busque un veterinario, —respondió al señalar un hilo de sangre que se deslizaba por el mosaico azul.

Lydia salió a la calle sin saber dónde buscar primero. Se metió al primer establecimiento que encontró preguntando por una vulcanizadora o una veterinaria. El empleado no encontró relación y sonrió divertido; no sabía de ninguna. Y así en la siguiente que encontró, y en la siguiente. Pensó en llamar a Mario, pero tendría que darle demasiadas explicaciones antes de que él entendiera porqué lo necesitaba en su propia casa, no sería suficiente con decirle que tenía que ayudar a preservar la única pertenencia viva que había dejado su madre.
Estuvo casi cuarenta minutos buscando sin suerte hasta que decidió regresar. Un auto iba entrado en la privada. Esperó a que se estacionara, resultó ser el vecino al lado de casa de Mario.
Tocó en el vidrio del parabrisas y el hombre la miró desconcertado.
Necesito que me ayudes.
¿Qué pasa?
Saca el gato de tu cajuela, dime por favor que tienes uno ahí.
El hombre salió y empezó a buscar, tenía la cajuela llena lámparas sumergibles, visores y trajes completos de neopreno. Cuando lo encontró Lydia lo jaló hasta la cocina donde la mujer hacía sus menesteres como si nada hubiera pasado.
Hay que sacarla, —señaló hacia donde estaba Lao.
Puso el gato en medio del aparato, el ángulo casi no entraba entre el suelo y la parte más baja del refrigerador. Empezó a jalar la palanca con lentitud. La mujer dejó de lavar y se puso detrás para observar.
Toma al gato con las dos manos, del cuerpo no de las patas, y cuando te diga lo halas con cuidado.
Es una gata.
El hombre miró a Lydia y entró en sus ojos tratando de entender cuál era la intención de hacerle saber el sexo del animal en ese momento o porqué era importante que lo supiera.
El refrigerador se barrió hacia delante rasgando visiblemente la pared, pero abrió el espacio entre el suelo y Lydia pudo arrastrar a Lao fuera. Tenía en el hocico un pequeño ratón, de ahí venía la sangre. Se quitó el suéter y envolvió a Lao en él.
¿Sabes dónde hay un veterinario?
Sí, pero no está cerca.
¿Nos llevarías?
Volvió a meterse en su mirada y accedió sin decir nada.

marzo 29, 2011

La gata Lao VIII

por vanessasaintcyr

Lydia volvió, sin avisar, con el atún fresco envuelto en papel aluminio dentro de su bolsa. Un vecino la dejó entrar al conjunto de casas y se dirigió a la puerta de Mario escrutando los rincones y escondrijos para descubrir a Lao o ubicar por donde podría colarse al jardín. El auto de Mario no estaba, pero podría haber llegado ya la mujer que hacía la limpieza. De cualquier forma no quiso tocar, ni dar explicaciones. La entrada de la casa estaba tan tupida de plantas altas y enormes macetas que podía esperar ahí sin ser vista.
¡Lao! —la llamó, y sacó el atún intentando dejar salir el olor.
No podía simplemente dejar el trozo ahí, otro animal o las hormigas acabarían con él, estaba destinado a Lao sin Mario presente, sin nadie más, por eso se introdujo al jardín como una intrusa, como lo haría un gato de la calle tratando se poseer lo que siente que es suyo.
No tenía toda la mañana y el atún dejaría de ser apetecible si la gata no aparecía. Miró la arquitectura de la casa, las ventanas altas y enrejadas, quienes eligen ponerlas no se dan cuenta que se van acomodando lentamente en su propia prisión. Tal vez Lao no tenía forma de salir. Así que decidió entrar. Tocó. La mujer que limpiaba la miró con desconfianza cuando le dijo parte de lo que ella asumió como verdad:
Hola, le dije a Mario que vendría a darle de comer a la gata Lao, últimamente no ha estado bien y necesita otro tipo de comida.
Él no me dijo nada.
Ya sé, pero he quedado. —Y pasó de largo rozándola con el hombro. Fue hacia el estudio, hacia el sofá blanco donde pensó encontrarla acurrucada, echa un ovillo, durmiendo. La mujer la siguió. Lao no estaba ahí.
No la he visto desde que llegué, a veces no sale en todo el día. —Le dijo mientras cruzaba los gruesos brazos por encima de los senos y la seguía a la biblioteca. Lydia se acercó al fondo de la habitación donde estaba el escritorio aún con los papeles y la lámpara en las orillas y sintió una caricia entre las piernas al recordar lo que Mario le había hecho.
Bueno, aquí tampoco está, —dijo la mujer exasperada.
Voy a esperarla sentada en las escaleras a ver si aparece, tengo que ver que se alimente.
¡Psss! Esperar a un animal para que coma. —y se alejó hacia la cocina.
Se sentó en el penúltimo escalón, desde ahí podía ver todas las entradas de la planta baja. Era casi medio día y en la espera se puso a escuchar el ruido confuso de los aparatos eléctricos conectados a la electricidad, el canto cortado de algún pájaro y el movimiento de la mujer en la cocina.
Oiga, Lao está aquí, pero no se mueve.
El refrigerador estaba en una esquina, al lado una pared y en el otro extremo las puertas de madera de la alacena. Las patas traseras y la cola de Lao se veían apenas sobresalir de un espacio demasiado reducido para su cuerpo inmóvil.

marzo 23, 2011

Desencuentro (La gata Lao VII)

por vanessasaintcyr

Lydia llegó al WineHouse cuando los invitados circulaban con sus copas de vino en la mano y observaban las fotos. Piel, mujeres y posturas sugerentes. Una producción cuidada y generosa de sensualidad. Ninguna imagen se acercaba a la inmediación del sexo real, por eso gustaba tanto. Vio a Alan a lo lejos, sonriendo, actuando como un artista despreocupado del escenario y su auditorio, pero todo lo media, por eso sus ojos me encontraron y se dirigió a mí cambiando la máscara de su semblante:

Quiero que dejes de hacer lo que estás haciendo.

¿Qué parte específicamente?, hago más de una cosa en mi vida.

El blog ese de la Gata Lao, que lo dejes de escribir. Estás robándote parte de una historia privada y la estás tergiversando. Qué te da derecho a escribir sobre mi madre y su recuerdo por la casa. No te lo permito, explota a tus propios muertos.

Crees que eres el único hombre al que se la ha muerto su madre o crees que se trata de ti por la atracción y el erotismo entre los personajes, que por cierto lo adorné bastante, deberías agradecérmelo. Me inspiré en la relación, pero no son memorias. Tomo de la realidad, Alan, como todos, como haces tú con tu obra. No eres tú, ni yo, ni el fantasma de tu madre, y no tienes ninguna gata, te deshiciste de ella y dejaste todo lo demás. Lo que tienes es un ego muy grande y muy poca inventiva, esta exposición es tan parecida a la anterior que me confundo. ¿No tienes otros intereses que no sean el erotismo y el sexo y las mujeres atrevidas? Eso ya lo explotó Helmut Newton y lo hizo mucho mejor que tú.

El sexo es lo que me mantiene y hacer mover el mundo, y no me importa tu opinión sobre mi obra. A la gente le gusta y la compra.

Hay quien dice que no, que no es el sexo lo que mueve el mundo, es la envidia, y a mí tampoco me interesa si crees que se trata de ti o de tu madre. Si no quieres enterarte de lo que escribo no entres a mi blog, no lo leas.

Puedes darle todas las vueltas que se te ocurran, yo sé lo que estás haciendo.

Dime una cosa, Alan, además de ti ¿quién podría asociar la historia contigo, con tu madre? No eres tan importante ni conocido y tampoco, así que concéntrate en otra cosa.

Te cuidado, estás invocando algo y puede salirse de tu control.

Ése es tu problema, que crees que controlas algo o todo. Mi historia de la Gata Lao va saliendo, ella me controla a mí y me dejo llevar. Disfruta tu noche que tal vez no se repetirá.

marzo 11, 2011

La gata Lao V

por vanessasaintcyr


Caminó hasta que el cabello se le secó. Caminó y agradeció vivir en una ciudad hecha para los peatones y no para los autos. Miró a la gente que transitaba en sentido contrario midiendo su distancia, y así siguió hasta que sus pasos la guiaron hasta la cocina de su casa. Se descalzó. Había caminado más de cinco kilómetros y el frío del mosaico la hizo sonreír. Se tumbó en el sillón y se frotó los pies en la tela de lona.
Miró su casa, disfrutó el silencio. Haría lo que Mario había propuesto, pero para ella misma. Cocinaría acompañada de una copa de vino; después se acicalaría y entraría en ese estado de consciencia gatuna que no siempre daba cabida a la reflexión.
Salió de nuevo, esta vez a cazar. Entró a esa selva de aire acondicionado y pasillos retacados de opciones artificiales. Fue directo al pescado y escogió un gran trozo de atún fresco, de un rosa intenso y lustroso. Champiñones, cebollín, jengibre, palmitos y una crema ácida para la sopa; un combinación de platillos que hacía de vez en cuando para celebrar una buena mañana de erotismo y una tarde de solitaria comodidad. Ya antes alguno le había insinuado que ese desapego después de una sesión de caricias hacía desconfiar de ella, que no era una señal de feminidad; un reclamo disfrazado por haberse adelantado a esa actitud de indiferencia y desinterés después de la victoria del sexo.
Eligió también duraznos y miel de abeja para el postre mientras recordó la respuesta que le dio a aquel hombre que no volvió a ver: “no es una reacción exclusiva de los hombres, o no debería serlo, y no tiene nada que ver con la feminidad, es simplemente una reacción más… animal. Se tardó en decirlo con toda intención y lo que él escuchó fue que el adjetivo había sido dirigido a su persona. Si hubiera tenido más animalidad no le habría importado el comentario y quizá lo habría hecho mejor en la cama, pero tenía más de humano de lo que Lydia soportaba, y eso terminó de desencantarla.
Pagó y salió, prefería ir al supermercado cada segundo día a pasarse una hora eligiendo lo que quería comer en la semana; simple olvidaba algo, además.
Se instaló en la cocina. El calor subió mientras el vino se enfriaba. Música de fondo para alimentar también el espíritu. Se sentó a comer asegurándose antes que todo lo que necesitaba estuviera dispuesto en la mesa. Un trago largo limpió el registro de sal, después se pasó la lengua por los labios para saborear los residuos de lo que había cazado.
Fue hacia la ventana y miró. Entró en calma antes de entrar en el sueño.
En el refrigerador, esperaba un pedazo de atún sin cocinar que Lydia separó pensando en llevárselo a Lao. Debía estar fresco, así que no podía tardar mucho en regresar…

enero 19, 2011

Elecciones del día

por vanessasaintcyr

Me topé por casualidad con los Critic´s Choice Movie Awards y me atrapó enseguida porque una voluptuosa negra le cantaba a Tarantino muy de cerca y con demasiados guiños Song of a Preacher man; y él tan desinhibido y encendido le respondió casi sin sonrojarse. Le otorgaban el premio honorario Music + Film Award. Desde sus inicios, Tarantino ha puesto en el mismo nivel, el guión, la acción y la música. Recuerdas las escenas de sus películas con un fondo musical y sabe insertar notas prácticamente como ningún otro director. Así que me quedé a ver un poco más, es difícil no hacerlo cuando la dirección de cámaras de esos eventos no dejan de flashear a los actotes y actrices nominados y envueltos en sus más ensayadas sonrisas.
Llegó otro premio honorario, a Matt Damon, un actor entero que para mi gusto trata de salirse todo el tiempo de sí mismo. Como espectador me ha provocado los más antagónicos efectos, desde Good Will Hunting saltando a The Talented Mr. Ripley, —donde lo odié— pasando por The Departed y todo el culebrón de los Bourne. Es en esencia un buen tipo que sabe exorcizar su dualidad tirana y traicionera en el set.
Se llevó Joel Siegel Award por su trayectoria filantrópica, y no agradeció, despojó por un momento el glamour, la banalidad y la inconsecuencia del éxito. Habló, entre otras verdades, de la crisis del agua y de la responsabilidad de la fama: “Si de algo sirve es para ayudar a otros”. Cada dos minutos muere un niño en el mundo por falta de agua potable, serán tres niños más muertos cuando baje de aquí.”
Desde luego que le hablaba al auditorio televidente, pero también a sus colegas, hagan algo más que representar papeles que es lo que saben hacer —algunos— y ayuden. Uno de tantos mensajes entre líneas.
Invitó a visitar la página water.org y mencionó una cifra, sólo cuesta 25 dólares al mes llevar agua potable a una persona. Qué significan 25 dólares para la comunidad en Hollywood y en realidad para cualquiera que no viva en la pobreza. Quizá representa un tercio de la cuenta en un restaurante, una ida al cine con palomitas infladas de precio… cualquier antojo sacrificable.
El varios países de África y Asia e incluso en Haití y Honduras la falta de agua es extrema. Hay historia de casos en Water.org donde las adolescentes en Uganda dejan la precaria escuela porque no tienen forma de velar su menstruación, ni con agua ni con nada, y sus compañeros varones no dejan de hostigarlas. Así que abandonan los estudios. Y así muchas historias donde la falta del líquido hace de la vida de estas personas un verdadero infierno de infecciones, si no es que una muerte agónica.
Tan sólo voltear y ver las llaves del grifo y estar segura de que sale agua resulta un lujo.
La lista de actores y cantantes que utilizan su éxito y plataforma mediática para una causa social es larga, pero en Estados Unidos y Europa. En México, la escasez de calidad actoral y artística (en términos de espectáculo) incubada en dos de las televisoras más grandes del país es equiparable a la falta de compromiso social que tales fantoches tienen con su público, que es quienes los siguen. Los espectadores no exigen más, así que tienen los actores que se merecen.
La ayuda no tendría que ser en millones de dólares, pero equiparable, por lo menos en involucramiento social, pero no. Muchos de los llamados “filántropos” en México son empleados de alta jerarquía que llevan la presidencia de Fundación Televisa o Fundación Azteca, por la que cobran un sueldo, desde luego, y el presupuesto que destinan para causas no es suyo.
Carlos Slim y Lorena Ochoa son una excepción, pero uno es empresario y la otra golfista. Yo quisiera saber de algún “artista” mexicano que aporte a cualquier causa social parte de sus ganancias o de su tiempo y que se note. Quizá es porque lo que ganan es tan miserable que sólo les alcanza para mantenerse en la cúpula de la clase alta.
¿Por qué en los Premios Ariel no se inaugura un premio especial al involucramiento de una causa altruista? No hay competidores.
Está el Teletón, claro, donde participan muchos “artistas” acarreados por la gran madre Televisa que condena a quien se revela.
Me resisto a ver televisión, pero a veces el cansancio sin sueño me lleva hasta el sillón a practicar el zapping desmedido aunque sepa que si me detengo por lo menos 30 segundos en cada canal del menú de la televisión por cable ya habré perdido casi media hora sin encontrar nada interesante. A veces los programas de la BBC o algunos reportajes son una joya, pero después llego a los canales de televisión abierta y en general lo que me da es vergüenza, así que la apago, pero el recorrido me dejó algunas conclusiones: cómo cuidaré mejor el agua que aún me llega, qué “artista” mexicano romperá la inercia, y dónde destinaré el uso equivalente de 25 dólares.

enero 13, 2011

Juego en el tiempo

por vanessasaintcyr

El timbre sonó y la abuela mi pidió que me asomara a la ventana. Desde arriba, vi dos trenzas canas y un colorido y frondoso bulto de flores. Delantal, piernas desnudas de donde empieza la pantorrilla hasta los pies, piel morena, brillante, aún sana.
—¿Quién es? —preguntó la abuela.
—La señora que vende flores.
—Baja y que te enseñe qué trae.
Crisantemos, gardenias, margaritas, nardos, claveles. Traigo de todo, niña, dígale a su abuela que baje a verlas.
La abuela se quejaba, la señora de las flores siempre le quería vender de más. Bajaba las escaleras con rapidez porque siempre tenía cosas que hacer y todo le quitaba tiempo.
—Sólo voy a comprarle una docena de claveles blancos, Doña. No tengo dinero.
—El dinero va y viene. Llévese estas moraditas para que le dé color —y desataba el mecate que apretaba los tallos largos y húmedos de su cargamento. —Lléveselas. Si no tiene luego me lo pasa.
—Pero, Doña, cómo que después, ¿cuándo estonces se lo pago?
—Tenga. Lo importante es que usted tenga flores. Yo paso otro día.
Tenía el dinero, pero no se permitía llenar la casa de flores, sólo las ponía en la sala y a veces en la mesa del comedor. “Demasiadas flores son para los muertos”, me dijo mientras quitaba algunas hojas y cortaba los tallos para acomodar en el florero.
—Por qué no le diste todo el dinero, abuela, ella tiene menos y no trae zapatos.
—Es mi forma de ayudarla. Sé que me vende las flores al doble del precio en el mercado, pero viene hasta acá y así me aseguro de tener flores frescas. Las dos lo sabemos, pero siempre jugamos a que yo no tengo dinero y ella me da un ramo por adelantado.
—¿Es un juego?
—Algo así.
—De verdad crees que muchas flores son para los muertos.
—No.
—¿Y entonces por qué lo dices?
—Para que me preguntes otra vez y pienses.
—¿Es un juego?
—Y nunca se acaba.

diciembre 22, 2010

Mujeres Tarantino

por vanessasaintcyr

Tengo un nuevo héroe personal, y tengo que admitir, además, que cierta cerradez y un prejuicioso punto de vista, no me habían permitido ver, analizar y disfrutar el cine que hace porque me quedaba sólo con las escenas más intensas y violentas y no en todo el proceso, la genialidad de los diálogos y la estructura.
En fin, se trata de Tarantino, sí, el Quintin famoso, y fue gracias a su cinta Death Proof que se ganó toda mi admiración. Es una película compleja, inteligente y llena de deliciosos guiños sensuales, sociales y con ese humor tan particular y envidiable que sólo él logra.
Se las voy a contar en un orden distinto y ojalá y convenza, sobre todo a las mujeres, de verla. Si no lo logro, ustedes se la pierden. Se divide en dos partes. En la primera, un grupo de jóvenes y bellas mujeres viajan camino a una casa junto a un lago, y ahí empiezan los fantásticos, desinhibidos y reales diálogos de jóvenes mujeres que hablan de sexo sin tapujos y se muestran solidarias entre sí. Piernas hermosas y desnudas, carteles y camisetas con referencias a otros filmes, mucho alcohol y algo de “pot”, desde luego. Y al mismo tiempo, un psicótico, ex doble en películas de acción que las persigue.
Después, una erótica escena de baile a cargo de la imponente Vanessa Ferlito y poco después, puro estilo Tarantino con regodeo en la violencia, pero que al final hace sentido.
Catorce meses más tarde, otro grupo de chicas guapas, sexys, explosivas y rudas caracterizan estereotipos reales, frescos y desafortunadamente alejados del cine actual que invade las salas. Estas mujeres dueñas de sí mismas revierten la situación y son protagonistas de una venganza-masacre -contra el sicópata- que inspira a tal grado que mi mejor amiga ha determinado que será su filtro para seguir estableciendo relaciones con las mujeres a su alrededor. Es decir, si no les gusta Death Proof no podrán estar en su círculo cercano.
En fin, mis ganas de contarles la película completa -con un subidísimo ímpetu de girl power– podría tomar páginas enteras, lo único que puedo agregar es que es muy grato ver que la visión de un hombre ilumina –en una versión con este corte tan peculiar- que las mujeres tenemos el poder de revertir cualquier situación.
Y otro punto interesante e irónico. Resulta que para la taquilla y la crítica, que generalmente alaba el trabajo de Tarantino, esta cinta fue un verdadero fracaso. Leyendo entre líneas se puede vislumbrar por qué.
Ya no hay chicas Almodóvar sino mujeres Tarantino.

diciembre 15, 2010

Mami, quiero leer tu libro

por vanessasaintcyr


He logrado que mi hijo de tres años pida leer un cuento antes de dormir, es más, he logrado que se niegue a dormir si no le leo uno, así que cuando he querido saltarme la rutina porque es demasiado tarde o quiero sentarme a trabajar antes de caerme de sueño, él remolonea y tarda más de la cuenta en relajarse, no sin antes entre sueños soltarme un reclamo de que no leyó.
Hemos pasado de libros con oraciones muy cortas que pronto se aprende de memoria, a El gigante egoísta, de Wilde, por ejemplo. Y así pide otro y otro.
Hoy, cuando le pregunto qué quiere leer, va hacia mi mesita de noche donde sabe que siempre hay libros y me dice: quiero leer tu libro, mami. A mí me da un vuelco de entusiasmo porque entre su semántica y mi deseo pareciera que quisiera leer el libro que escribí y no el que estoy leyendo.
—Pero este libro no tiene imágenes, mira, son sólo letras, palabras, así son “los libros de Mami”, ¿quieres mejor uno de los tuyos?
—Pero yo quiero leer este. ¿Cómo se llama?
Y para buen tino se trata de Cuentos completos de Katherine Anne Porter, así que él escucha cuentos y no ve ninguna diferencia.
—Quiero este.
Sorprendida, se me ocurre empezar a leer donde me quedé la noche anterior, y pienso también que tal vez él cambie rápido de opinión al no entender muy bien de qué va la historia. Así que leo cerca del final de Vino de medio día cuando el sentimiento del culpa del señor Thompson se hace más insoportable. Mi hijo escucha con atención, así que al ver que no me detiene tengo que cambiar, sobre todo, el verbo matar por pintar, que es en esa parte donde más se repite.
Casi al final de la segunda página leída, decido terminar yo …“y este cuento se acabó”.
Él se voltea en su camino al sueño y no dice nada.
Ya con la luz apagada me quedo pensando en el poder de las palabras. Y trato de hacer un recuento de lo que he dicho durante el día que a él pudiera grabársele. A los niños les encanta acercarse al terreno de los adultos y regresar, supongo que para comprobar que todo va bien. Además, más veces de las que ni siquiera nos damos cuenta los subestimamos; entienden y enseñan, nos enseñan que lo que ahora está cerca de ti también los toca a ellos.
Con suerte y un día vaya directamente a leer mis libros.

diciembre 13, 2010

Comprar

por vanessasaintcyr


—Y ahora haré lo que hace toda mujer cuando está aburrida: comprar.
—¿Qué necesitas?
—No necesito nada específicamente, necesito comprar algo.
—Bueno, compra un libro, uno que merezca leerse. O experimenta entre tantos títulos, pero compra palabras. Y si puedes evita los Best Sellers.
—Ay, tu siempre con tus ideas raras, ¡cómo un libro! Tendría que ser algo que pueda lucir, oler, que se refleje en mi espejo, que sea visto por otros ¿quién se va a enterar de que compré un libro?
—Tus neuronas y el autor, el del libro, no el de tus neuronas, que vive en la inanición, por cierto.
—Ja, ja. Muy graciosa.
—Entonces compra una ayuda mensual a un niño a través de UNICEF, la fundación Pies Descalzos o cualquiera otra que impulse la educación en los que empiezan a crecer.
— Y dale, eso no se luce.
—Claro que sí, pero tarda años en que ese brillo se vea reflejado en el mundo y después en ti, si te interesa enterarte, claro.
—Pues no, yo estaba pensando en un accesorio más para mi pulsera Pandora, ahora salieron unos nuevos redondos y de colores di-vi-nos.
—Pandora sale cuando abres la boca.
—No, no, mejor el iPad, el más potente, seré la envidia de mis amigas cuando me vean en el Starbucks muy concentrada toqueteando mi pantalla.
—Mira, hagamos algo por mi mundo y el tuyo; te compras el iPad, yo te regalo tu primer ebook, y después abres una cuenta en Amazon para que sigas explorando y tocando, ahí puedes comprar de todo, pero si son libros o música, mejor. Y en una de esas, con algo de curiosidad, busques mi nombre, te topes con mi libro, lo compres para abatir tu aburrimiento y todos podamos alimentarnos: tus neuronas, yo, y el nuevo hogar donde se mudarán todos los libros.

diciembre 9, 2010

La calle que extraño

por vanessasaintcyr

La calle te puede sorprender con rostros y actitudes humanas; es un escaparate nutrido, bello y salvaje. Y ante ese escenario donde al mismo tiempo eres actor, espectador y fugaz director de cine, a veces las sorpresas son mucho más que gratas. Por ejemplo, el rebuscado y seductor sonido de un sax que invade y embelesaba sin preguntar.
Fui a tomar un café a esa esquina del parque, donde veía pasar un poco la vida, los niños y tantos perros que en los últimos años se han adueñado de los parques.
El músico estaba ahí; elegante y hasta un tanto tímido, vestido con su guayabera blanca, sombrero panamá y su reluciente saxofón dorado de donde sacaba traviesas notas de jazz. Fui, compré mi café y salí del lugar, pero su música me abrazó y no me dejó ir.
La buena música me abre los poros… me acaricia. Me ha pasado, varias veces, en mi ciudad y otras del mundo que un músico de espíritu libre y que ama lo que hace suelta sus notas en alguna banqueta concurrida. Y yo me dejo hipnotizar porque las buenas composiciones son un motor de fantasías.
En diferentes ciudades y con distintos instrumentos. Barcelona; en el metro de París; en Vancouver, en Lisboa y en New Orleans, por supuesto. Respetuosos, toman la calle y el silencio para compartir y tratar de vivir de eso. Se hacen dueños de ese pequeño escenario y después, agradecidos o un tanto decepcionados, parten. Son nómadas urbanos que casi nunca se acomodan en deleitar al mismo auditorio, saben de su condición efímera, saben que su hechizo es fugaz y que otras partes del mundo también necesitan escucharlos. Los mejores, callejeros o no, así son.
Pero el sax fue una experiencia nueva porque es un instrumento que va poco a poco; un beso por aquí y otro allá, notas sin prisa pero con ritmos insospechados y urgentes de continuación… Un clímax explosivo y elegante para descender con suavidad. Te suelta, pero no te deja ir, como los buenos amantes.
Cuál es el precio que debería pagar por ese regalo, ese estremecimiento musical que, tengo que reconocerlo, tiene mucho de sexual. Si la música me toca, el precio es hacerle saber lo que provoca. Esperé a que terminara, me acerque y le dije: ¡gracias, qué rica música tocas! Me miró, me regresó la sonrisa y quise creer que entendió la metáfora, pero siguió con lo suyo. Los buenos músicos son así.

noviembre 23, 2010

Cementerio de plástico

por vanessasaintcyr

Ahí están, abandonados, olvidados, muertos para la curiosidad y los ojos de sus dueños. Esquinas y repisas amontonadas por juguetes que ya ninguna mano los mueve o los acciona, la mayoría son de pilas. Un paisaje algo desolador y silencioso. Muñecas con ojos estáticos y vidriosos, como a punto de llorar; toda clase de inventos de mercadotecnia que hicieron efecto en el impulso de compra que los padres les han transmitido a sus hijos. Otro más y otro. Se desbordan inútiles hasta para decorar… hasta que llega un niño extranjero a ese país de juguetes paralizados por la apatía. Los descubre, saca los del fondo y empieza de nuevo la vida.

Al ver que otro se ilusiona con algo que se dejó, pero que aún cree que le pertenece (a veces se parecen tanto a los adultos) el dueño se incorpora al juego, pero generalmente se niega a prestarlos, a jugar, porque se pueden romper o descomponer o cualquier otro pretexto para dejarlos como estaban.

Me encanta la idea de Toy Story porque de una manera tan original los juguetes siempre se las ingenian para la permanencia, la vuelta al juego, seguir en el mundo cumpliendo con ese objetivo para el que fueron creados, si no ¿Qué sentido tiene continuar?

Pero la vuelta la juego no siempre es exitosa, hay muchos juguetes apilados y más personas indolentes. Hay que mover las cosas para movernos por dentro y a quienes tenemos cerca. Algo habrá de sintomático que los niños entren a su cuarto y lo que vean sea un cementerio de juguetes.

Hay infinidad de cosas que tenemos que en realidad pertenecen a otro, a quien sí les da vida.

noviembre 16, 2010

“I knew this was coming”

por vanessasaintcyr

Empiezo a entender la vejez; quien ha vivido demasiados años sabe lo que no hay que hacer, lo que se debe evitar, pero no puede hacer casi nada para impedir que pase, que no suceda. Y lo peor es que tenga vida suficiente para presenciarlo.

Llegué a esta conclusión viendo la actuación de Robert Duvall en la película “The Road”, basada en la novela de Cormac McCarthy. Una de las historias más desgarradoras que he visto y, sobre todo, leído. Una historia de amor filial padre-hijo, de sobrevivencia y lucha, con una migaja de confianza a que nuestra especie puede salvarse de sí misma.

La versión cinematográfica es muy buena, pero el libro es para estudiar, sobre todo en su lengua original. Un padre y su hijo están buscando la costa en un mundo desolado y canibal. Después de pasar por situaciones inauditas que como lector nunca se olvidan se encuentran con un viejo en la carretera, en the road, el sendero que lleva y también aniquila. El anciano les entrega lo poco que tiene antes de que se lo exijan; el miedo impera.

Después le confiesa al padre que cuando los encontró creyó ver en el niño a un ángel, porque en lo que se había convertido el mundo no había lugar ya para la inocencia.

Es el niño quien le pide a su padre que el anciano cene con ellos las últimas latas de comida que encontraron antes de pasarse varios días sin comer. Comparten a la intemperie, arropados por una fogata, pero escondidos de cualquiera que pudiera encontrarlos. El anciano apesta, pero el niño le toma la mano, al tiempo que su padre le ordena que deje de hacerlo.

“I knew this was coming…”, dice ante la permanencia de la barbarie. Después el padre le dice que no puedo quedarse con ellos. El viejo se aleja solo otra vez por el camino.

Tuve que interrumpir la lectura varias veces y refrescarme los pensamientos. Era demasiado; un libro magistralmente escrito y una historia aterradora. Yo quiero ver el lado bueno de la vida, caminar por el lado soleado de la acera ¿por qué leer libros como este? Después veo, me asomo un poco a lo que pasa en este Tierra y entiendo porqué: prefiero leer a un autor tan descarnado como McCarthy y aprender de su “ficción” y, en la realidad, tratar de encontrar lo bueno. De no ser así no me quedaría otra opción que vivir inmersa en las historias capaces de reconciliarme con la raza humana aunque se desarrollaran en un un mundo desolado.

octubre 31, 2010

Hebe, literatura y creación digital

por vanessasaintcyr

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato

30 de octubre de 2010

Vanessa Saint Cyr se hace con el II Premio Hebe Plumier con su relato “Monedas”

El II Premio Hebe Plumier de Relato Corto, convocado por la revista digital Hebemagazine.com y la Librería Plumier, ha fallado su segundo certamen, otorgando su primer premio a la escritora mejicana Vanessa Saint Cyr por su relato “Monedas“.

 

Monedas

Mi padre y yo caminábamos de la mano por una calle de la colonia del Valle. Por alguna razón necesitábamos cambiar monedas grandes por una fracción menor. Las tenía sobre su palma y a toda persona que pasaba a nuestro lado le alargaba la mano.

Desde mi estatura no podía ver el monto de las monedas ni cuántas había. La gente negaba con un movimiento de cabeza o simplemente pasaba de largo. Durante toda una cuadra nadie se detuvo, nadie hizo el intento de meter la mano en el bolsillo o buscar dentro del monedero. Yo veía a mi padre con el cielo como escenario y de repente cambiaba la mirada a las personas que se aproximaban, deseando que alguna aceptara cambiarnos las monedas y la búsqueda terminara.

Al subir la banqueta de una tercera cuadra, solté su mano con disimulo. Él no bajó la mirada, pero guardó su mano en el bolsillo del pantalón hasta que el brazo le quedó estirado. Un hombre mayor caminaba en dirección contraria, llevaba corbata y zapatos brillantes. Ésta vez mi padre no habló, simplemente alargó el brazo e hizo sonar las monedas como señal. El viejo titubeó, se palpó los bolsillos del pantalón y finalmente negó con la cabeza lanzándome una mirada compasiva. Fruncí el ceño y le dije a mi padre que quería regresar, aunque no sabía realmente a dónde.

Estamos pidiendo limosna, presentí, estamos pidiendo limosna aunque tengamos la piel blanca y la ropa limpia. Recuerdo que le pregunté por la urgencia de las monedas y él sólo contestó que necesitábamos conseguir ese dinero, así que continuamos la marcha separados por el aire.

No podíamos estar pidiendo limosna, eso lo hacen pobres y mendigos. ¿Qué hacíamos? Había algunas tiendas de abarrotes abiertas, también había un viejo zapatero que invadía la calle con zapatillas de mujer dispares, algunas botas y olor a pegamento barato, pero no le alargó la mano a él, ni se metió en las tiendas. ¿Qué hacías entonces, papá?

En la esquina reconocí a una niña de mi clase que iba al colegio con el cabello grasoso pegado al cráneo y el uniforme sin planchar, pero tenía buenas notas. Al reconocernos, ambas sonreímos penosamente. A su lado había un par de señoras, una de ellas, su madre, platicaba y reía a carcajadas. Al percatarme de que mi padre se dirigía a ellas, me detuve, él siguió y las interrumpió con el tintineo de su palma. Ambas estiraron el cuello para ver el hueco de su mano y después miraron al hombre alto y apuesto que comenzó a mover los labios. Buscaron en las bolsas de sus delantales abultados por los senos y el vientre y cada una soltó una moneda dentro del hueco, pero no recogieron nada a cambio. Él sonrió y me dijo con orgullo que era hora de irnos.

Camino a ningún lado me explicó que los actores debían demostrarse que podían personificar cualquier condición, a pesar de su aspecto. Le pregunté si me había utilizado para eso.

–Todos los mendigos lo hacen.

 

octubre 28, 2010

Historias

por vanessasaintcyr

El buen cine reconcilia con la ficción. Alivia, reconforta, pero es un golpe bajo para la realidad y para todos los que crean, representan y son público de buenas historias.

En la sala no éramos más de siete personas, y la película la quitarían de cartelera al siguiente día. Desde Things you can tell just by looking at her espero la nueva obra de Rodrigo García como las novelas de McEwan.

Una mujer madura despierta de un sueño inquietante y se pasa a la cama de su anciana madre para dormir de nuevo. Y entre el pasado y la ausencia empiezan las tres historias de Mother and Child, urdidas con una fina narrativa visual y una excelente dirección de actores.

“Una persona dentro de otra persona”; la maternidad —y la adopción como su paralelo más amargo— y todas sus contradicciones: búsqueda, ausencia, negación, espera… consecuencias.

Casi siempre son las mujeres y el rompecabezas que las forma, pero cuando este director de cine le da fuerza a un personaje masculino escoge lo mejor de su especie. Un hombre capaz de romper la amargura de una mujer y dejarla salir a la vida (Jimmy Smits como Paco en Mother and Child, y Aidan Quinn en el papel de Henry en Nine Lives).

Pero este tipo de cine nunca llegará al gran público porque exige atención e involucramiento por parte del espectador y a la mayoría le incomoda la exigencia.

Salimos de la sala conmovidos y tocados por el dramatismo, y nos topamos con una fila interminable que espera ver algo con muchos tiros de metralleta y persecuciones, o alguna de terror. Pero el miedo real es que esa misma desproporción es para los que demandan un mejor gobierno o buscan una reacción civil real para acabar con el poder del narco que ahora se mete a matar a jóvenes en cualquier casa.

Pero exigir o que te exijan es demasiado y la gente cuando decide ver cine escoge historias para no pensar.

octubre 21, 2010

Ese latido

por vanessasaintcyr

Un día común, de rutinas y cosas sencillas. De obligaciones simples y mortales. Los minutos se comen las horas y nada dulce regresa de la memoria.

De repente, una pregunta incómoda parece colgarse del cenit, me ilumina como en un interrogatorio: ¿He hecho lo suficiente…? ¿Qué hago para merecer un sitio en el mundo? Y esa ficha golpea otra, y otra, para acabar exprimiendo toda la metafísica que cabe en un martes.

Y entre trámites y jabón de trastes termino haciendo de mi trayecto por el mundo un balance indulgente por sentir que aún tengo tiempo, o inflado por algunas frases acertadas.

La tarde cae, la luz se va a hacia la Luna. Mi hijo pide dormir conmigo. Su sueño es un imán. Pongo la mano en su pecho y ahí está lo que necesito, un impulso constante que alimenta mis días comunes mientras pienso en los que tal vez no llegarán.

octubre 14, 2010

A tu salud

por vanessasaintcyr

¿En qué puedo ayudarla?

—Pues mire, no sé por dónde empezar. Tengo una salud frágil, aunque llevo una vida saludable. No fumo, hago ejercicio, como frutas y verduras. Me fumo un toque de vez en cuando, pero como medicina, usted sabe, para reírme un poco de este mundo.

A ver, vamos a revisarla. Abra. Ahora respire. Otra vez. Voy a analizar su iris. Ahora tocaré su columna y me dice si siente dolor. ¿No? ¿y aquí?

—Ahí duele un poco.

Mmmmm. ¿Es usted muy irascible?

—No, no que va. Sólo me incomoda que no haya una voluntad política para ningún cambio importante. Que el país esté dominado por narcos, que lo que más impere en el inconsciente colectivo sea la inseguridad, el miedo, la mediocridad. Que ya que nuestro sistema educativo no sirve, no se pueda adoptar uno efectivo. Que no se difunda una cultura del deporte y que lo único que crezca en índices que llamen la atención sean los muertos por la violencia y las amenazas del crimen organizado, las únicas que sí se cumplen. Lo normal, creo yo.

Ya veo, ¿es usted alérgica a algo?

—Pues sí, mire, a la ineficiencia, la estupidez, el nepotismo, la impunidad… y a otras situaciones como que en este país dé tanto miedo hablar con la verdad, pero fuera de esos parámetros, pues no.

Me refería a medicamentos.

—¡Ah! No que yo sepa, pero sí lo soy a la idea de que algo grave me pase porque como profesional independiente que soy no hay seguridad social que me cubra y el seguro de gastos médicos que me desangra cada mes hace todo lo posible por excluir mis malestares.

¿Cómo se enteró de mi consulta?

—Una amiga. Me dijo que usted la estaba librando del síndrome tensional ocasionado por estrés. Y como usted es de los pocos médicos que combina acupuntura, homeopatía y sigue utilizando la ciencia médica a favor, pues me convenció.

Le voy a decir como la veo de arriba abajo. Usted tiene una infección en las vías ideáticas, las tiene demasiado altas. Hay que bajarlas a niveles normales. También tiene una tendencia al cambio que no va con el promedio. Y estrés, claro, demasiado. Me gustaría hacerle un tratamiento de acupuntura dos veces a la semana y programarle un calendario de cura a un año combinando medicina homeopática con antibióticos; hay que acabar con algunas ideas resistente y recurrentes. Yo creo que después de eso estaría curada.

—¿Y cuánto me costaría eso?

—500 pesos la consulta más las medicinas. (al año 26,000 pesos).1

—Gracias, doctor, su método y fidelidad al juramento hipocrático me hacen sentir mucho peor.

[1] El precio de consulta, el médico buscado y encontrado (pero descartado) y los malestares iniciales son reales.
octubre 12, 2010

Philip Glass, músico cómplice de imágenes

por vanessasaintcyr

¿Qué sería de este mundo sin la música? No lo imagino. La música concilia, ennoblece y exacerba tantos pensamientos positivos que sin ella la locura ya habría ganado mucho más terreno, y este planeta sería menos bello y peor desequilibrado.

La música viaja por los estados de ánimo y cuando te envuelve, las notas se enredan irreparablemente a un recuerdo. Hay composiciones que arrebatan la atención y seducen, que alcanzan estados de conciencia sublimes, como no se logran con ninguna otra forma de arte. Nietzsche dijo, y con razón, que “por la música las pasiones gozan de ellas mismas, y sin ella la vida sería un error.”

Y ¿cómo se reconoce la música excelsa si hay tantos gustos como calificativos para cada creación? Bueno, hay un parámetro simple: la que es realmente buena permanece, se mueve con los años y evoluciona haciendo eco en los tesoros que los melómanos suelen compartir. También tiene la virtud de combinarse a la perfección con cualquier expresión artística; y si la película, ópera, documental, multimedia o performance se quedará en el intento, la buena música llamará la atención por sí misma.  Por eso, es probable que el terreno donde la inspiración del músico de este siglo se manifieste de una manera más libre, elocuente —y al mismo tiempo se dé a conocer en todo el mundo— sea en las bandas sonoras para el cine.

Philip Glass (Baltimore, 1937) ha logrado la difusión de su música así, fusionándola, trabajando también con el recurso visual, operístico y dramático con tanta precisión y acierto que muchas de sus composiciones —cuando no se acoplan con maestría en las imágenes o ideas— superan la obra en sí misma.

Música que transforma

Philip Glass es considerado uno de los compositores más influyentes de finales del siglo XX y mundialmente conocido como uno de los pocos que ha llevado —junto con Kurt Weill y Leonard Bernstein— la denominada art music a un público más general. Su música ha logrado una accesibilidad antes no reconocida por el mercado de difusión. Y si su nombre no es suficiente para recordar vagamente alguna de sus piezas o acordes característicos, seguramente lo harán las imágenes donde ha sembrado sus notas frenéticas, efusivas y fértiles. De él es la música de los filmes “El ilusionista”, “Las Horas”, “Kundun”, “Anima Mundi” y de la trilogía Koyaanisqatsi, Powaqqatsi y Naqoyqatsi, por mencionar algunas que han despertado al oído acostumbrado a no escuchar y por eso, para muchos, las composiciones de Glass pueden resultar de una resonancia exasperante y nerviosa.

Aunque él prefiere el término “música para teatro” —expresión con la que define la realidad de la ópera contemporánea— su música ha sido catalogada como minimalista, por su aparente sencillez, el curso de notas repetidas y por piezas que parecen evolucionar en ciclos sin fin. Para quien conoce su universo, que incluye ensambles, operas, sinfonías, conciertos, bandas sonoras y obras de piano, es muy probable que coincida con que esa denominación acaricia sólo una parte de sus diseños sonoros.

Es un compositor e interprete dotado de una inspiración inagotable, y que conoce muy bien hasta dónde puede llegar su capacidad para la trasgresión genérica. Al haber superado su formación clásica, y desafiar la ortodoxia que ronda en la música culta norteamericana del siglo XX, se ha ganado varios detractores y espectadores impacientes, pero también se ha aliado con colegas de todos los géneros posibles, como Ravi Shankar, Linda Ronstadt, Brian Eno, David Bowie, Suzanne Vega, The Roches, Paul Simon y David Byrne, quienes han enriquecido sus procesos —y viceversa— y juntos han materializado grandes compilaciones.

Mosaicos sonoros

Hablar de música resulta un tanto difícil porque es un lenguaje que prescinde de palabras y, cuando las incluye, se disfrutan precisamente cuando van juntas, cuando han sido compuestas con ese propósito y en el punto donde se alinea la creatividad y una veta cercana a la pasión. Glass no trabaja con la lírica, pero quienes admiramos su trabajo usamos las palabras para crear un puente que invite a escucharlo con atención. Y quien aún no lo conoce y da ese paso, la mayoría de las veces se queda en el lado donde sus notas —es verdad— se debaten en ciclos sin fin, pero también en virtuosos y constantes cambios.

Por ejemplo, la partitura para las películas Anima Mundi y Powaqqatsi son verdaderas obras maestras de nuestro tiempo. Living Waters  (la 5ª de las 7 partes de que consta la primera) es música majestuosa e impregnada de misterio; expansiva y fluida como una marea. Y otro de sus más coloridos y variados mosaicos sonoros es The Unutterable, el decimotercero de los 18 que componen la banda sonora de Powaqqatsi (vida en transformación). Y es en estos casos, donde vale mucho la pena presenciar la obra completa: música e imágenes para ver cómo una propuesta íntegra desgrana el rompecabezas de este mundo en un llamado de atención a lo que hacemos todos los días sin detenernos a pensar en el eco que provocamos.

Genio busca genio

Para cerrar otro de tantos círculos, Glass sólo necesitaba aliarse con un monstruo de la literatura. Una de sus últimas composiciones de Música para teatro y primera ópera a gran escala, Waiting for the Barbarians es extraída de la novela del mismo nombre de J.M. Coeetze (Premio Nobel de literatura 1993); uno de los escritores más honestos y con una impresionante capacidad para retratar la cambiante y cruel condición humana. De esta obra, que se estrenó en septiembre de 2005 en Alemania y que tuvo como respuesta una ovación de pie de 15 minutos, Glass ha dicho que es un reflejo actual que crítica la guerra en contra de Iraq. En esencia, la obra examina la forma en que las naciones poderosas respaldan la represión, la tortura y cómo en la era moderna la sociedad blanca concluye una herencia de siglos de represión a culturas negras e indígenas, otra muestra del compromiso de este compositor con causas que rebasan el hedonismo del arte.

Repeticiones y silencios

Ese estilo tan Glass, que para algunos cae en un exceso de notas similares o repeticiones, ha cambiado con los años y por supuesto con los proyectos con los que se fusiona; no es lo mismo escuchar las composiciones de 1982, que la música de “Las Horas”. El cromatismo que salpica hoy su música es más extremo y fluido, y los cambios de texturas son constantes. Si hay algo destacable en Glass es su impredecible orquestación y cada sección tiene un momento (o más) que se mantiene en el foco de atención. Puede haber incluso una sutil flauta y variaciones de arpa que se desgranan melancólicamente hacia un segundo movimiento.

Y si su música parece oscilar en una ligera estela de repetición que se transforma, esa es precisamente su propuesta. Lo que lleva el sello Philipe Glass es impredecible, nunca tibio y las notas con las que rompe el silencio advierten un recorrido intenso, exaltado. Glass como músico, como compositor, esporadicamente como instrumentista, exhibe en episodios su visión del ritmo, a veces desnudo, y otras, engarzado en finas melodías. Un compositor de imágenes que exalta e invita a la reflexión de que la creación de uno solo puede ser magnífica, pero el trabajo en equipo es un talento que pocos genios logran.

octubre 10, 2010

¿Testosterona?

por vanessasaintcyr

Tengo en el baño de visitas el libro Mujer, una geografía íntima de Natalie Angier; un muy buen ejemplo de periodismo científico. Dice cosas realmente sorprendentes de las mujeres y nuestras hormonas. Y aunque tiene más de 400 páginas está tan bien condensado que hace de mis idas al baño verdaderas cápsulas culturales.

Lo abro al azar y en uno de sus últimos capítulos dice que la primera tarea de una niña es aprender a sobrevivir en un grupo de niñas. Las niñas en grupo son… Agresivas. Habla de los niveles de testosterona en la mujer. Dice, entre otras cosas, que la mujer cuyo cociente de testosterona está en el extremo superior del rango femenino se interesa más por su carrera profesional, es más asertiva sexualmente y le gustan menos los niños, es muy poco madre (sic).

Y a partir de ese capítulo entendí un poco más porqué funcionan tan bien las fiestas de niños si están llenas de niños gritando de emoción (y llorando), mujeres histéricas, abuelos afanosos, shows infantiles deprimentes y algún macho perdido por ahí que se refugia constantemente en su celular.

Funcionan porque las que son muy madres se la pasan pastoreando a los chiquitos propios y a los ajenos, los persiguen para que coman, buscan que se diviertan con lo que hay y vigilan que los niños varones más grandes no se pasen de listos, que pasa todo el tiempo.

Las otras por el contrario no despegan su culo del asiento —excepto para comer— no paran de hablar, y casi ni voltean a ver por dónde están sus hijos de tres años porque están demasiado ocupadas en criticar cualquier asunto excepto los propios. Yo entiendo eso de interesarse (más) por la carrera profesional, y de lo asertivo en lo sexual ni hablar, lo que no sé es por qué se aventuran en la maternidad para comprobar que no es lo suyo, repiten la experiencia y entre una cosa y la otra, ni profesión, ni sexo —se nota— ni empatía infantil.

Quizá la testosterona nada tenga que ver, para mi gusto hay mujeres que saben y se divierten jugando y viendo disfrutar a los niños, y las que por mucho más tiempo del permitido quieren escapar de ellos.

octubre 1, 2010

Pasado

por vanessasaintcyr

A veces, el gusto por el pasado, por lo irrecuperable se vuelve tan poderoso que llegas a extrañar el café de la mañana, la primer caricia que baja por la lengua, el calor; la combinación de esa droga mañanera con las letras del domingo que llegan hasta la intimidad de las sábanas, sin prisa. El roce despreocupado y evocador de Andrés.

Todo eso estará mañana, tal vez, con una mejor lectura desde mi Kindle, pero la mañana que añoro se ha perdido, como los niños de aquella foto, que ya no son niños.

septiembre 21, 2010

Nacer

por vanessasaintcyr

Somos animales, mamíferos, pero hacemos todo lo posible por ignorar esa esencia, a denegarla precisamente por primaria y básica. Nos la han enseñado y la hemos aprendido enriqueciendo a otros. Ahora hay que dar marcha atrás.

Nació Matteo, un ser al que amo y aún no conozco. Cuando por fin terminó de salir del cuerpo de su madre, se lo colocaron en el plexo solar, en medio de los senos, para que sintiera el calor de la piel y oliera y buscara la leche para mamar, y lo hizo a los pocos minutos de ver la luz del mundo.

La partera estuvo en todo el proceso, ayudando, colaborando con el médico. Son horas largas las de parir así que debe haber confianza.

La primera noche durmieron juntos, en la habitación había otras dos madres y sus recién nacidos, mujeres que ya había tenido otros partos y de las que mi hermana aprendió en silencio como descansar con su hijo al lado. Al día siguiente se lo dieron al padre para que lo vistiera, lo tocara, lo sintiera. Y así durante cuatro días hasta que se van a casa. Eso es en Francia.

De la misma forma como en el libro de Freakonomics, de Levitt y Stephen J. Dubner, hicieron análisis y estadísticas de criminalidad y violencia en los hijos de mujeres que quisieron abortarlos y no lo hicieron, —entre otros inquietantes estudios—así me gustaría tener una aproximación más certera aunque cruda de las consecuencias de haber pasado del vientre materno a una aséptica cuna de hospital, olores agresivos y leche de fórmula sin nada familiar excepto el sueño. Despojados de la animalidad que nos dio la vida.

Yo quería que mi hijo naciera por parto natural, pero no me ayudaron. Consulté a un par de parteras, pero como no las dejan colaborar en los hospitales, tenía que ser el parto en casa y eso me parecía arriesgado. Mi médico sabía de cómo deseaba mi parto y me dijo que haría todo lo posible porque así fuera, pero no lo hizo. En la semana 37, en el ultrasonido, vi que el corazón de mi hijo tenía frecuencias inconstantes. Eso es natural, lo sé ahora, pero él no me lo corroboró. Me mandó a otra sala y me pusieron un cinturón elástico para monitorear la frecuencia cardíaca. “Si este bebé fuera mi hijo lo sacaría ahora”, me dijo. Me negué. Yo sentía que todo estaba bien.

Dijo que debía verme cada semana y hacer un ultrasonido hasta que me convenció de acelerar el parto con oxitocina sintética. Después de 11 horas tenía contracciones mínimas y no dilataba. Cuando empezaron más fuertes la frecuencia del bebé disminuyó otra vez y sin pensarlo un segundo anunció la orden de que me preparan para cesárea.

Andrés y yo habíamos considerado que nuestro hijo naciera en Cuba porque ahí la medicina es más “honesta”; sólo si necesitas una cesárea la hacen, pero desistimos. No podíamos saber a qué nos íbamos a enfrentar al querer regresar aunque yo no fuera cubana y él estuviera naturalizado mexicano.

La cesárea es dolorosa y tú no participas del proceso. Te amarran las manos, te ciegan la vista a una manta azul. Oyes movimientos metálicos de instrumentos. Estás anestesiada, pero lo sientes todo. Cuando sacan al bebé, te lo acercan segundos, apenas puedes hablarle, besarlo, sentirlo. El pediatra se lo lleva al cunero y no lo ves hasta el día siguiente, pero te llaman antes a tu habitación para preguntarte si quieres que tomen video al primer baño de tu hijo, con costo a tarifa de hospital privado, por supuesto.

La rapacidad de la industria médica y hospitalaria hace millones en detrimento de madres y recién nacidos. Por eso no permiten parteras, por eso el seguro paga la cesárea y no el parto, por eso hay paquete de tres noches de hospital con cesárea y anestesiólogo incluido. Así es generalmente en México.

La forma en la que la seguridad social de cada país está organizada es sintomática de su estructura y futuro.

Hay alternativas, desde luego, elegir y defender la decisión de cómo quieres dar a luz y encontrar y confiar en los que te ayuden en el proceso. Pero como país definitivamente tendríamos que volver a nacer.

septiembre 19, 2010

¿La vida está en otra parte?

por vanessasaintcyr

Casi sin excepción, nos pasamos la vida buscándola en otra parte. Deseando otros lugares para vivir, otros cuerpos para amar, nuevos oficios, emociones ajenas, utopías que tal vez por saberlas imposibles ni siquiera nos atrevemos a intentar, pero aún así continuamos dedicándole tantos pensamientos.

Cuánto tiempo hemos regalado a imaginar dónde podrá estar el lugar lejano y desconocido que nos hará felices; que es mejor simplemente porque no estamos en él, siguiendo esa inútil y heredada parte de la condición humana que nos empuja a insistir en búsquedas precisamente donde no están. En otras vidas que nunca podremos tener.

Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía.

Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz…

Dice Fernando Pessoa en su poema Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra.

Caemos en esa actitud casi como en una enfermedad obligada, como las que dan en la infancia para hacernos más fuertes, como el furor o la impaciencia que le siguen y a la par del ímpetu por experimentar sensaciones al máximo.

Después vienen otros arrebatos, la necesidad del triunfo, la insaciable satisfacción del ego y entre ellos el repetido vicio de imaginar que la vida está en otra parte y que hay que salir a buscarla, como si pudiéramos renunciar a viajar con la esencia de lo que somos.

Y así hurgar donde no hay es una enfermedad recurrente, que llega sin avisar a veces con más fuerza que la primera vez. También hay tregua, en ocasiones esa sensación de vacío también termina por pasar; los síntomas poco a poco van despareciendo y —para algunos—los detalles y la sencillez vuelven a tener importancia, la capacidad por sorprenderse regresa y se cae en la cuenta de que el disfrute de la vida por sí misma tiene un valor inmutable. Que vale la pena seguir en este manicomio aunque no lo entendamos.

Quizá porque la dificultad está en encontrar el sentido todo los días caemos en la cómoda trampa de evadirla y escapar, como también hacen los locos. No, la vida no está en otra parte y otra enfermedad universal es que después de buscarla por tanto tiempo —sin encontrarla—se termina creyendo que la vida que realmente vivimos está en el pasado, en aquellos años de juventud donde no había otra forma de entenderla si no se buscaba en otra parte.

septiembre 10, 2010

Por la mañana

por vanessasaintcyr

Un sol de marfil

que vive entre palabras

y saliva.

Un sol que nunca se apaga

y si duerme siempre es dentro de mí.

Sus rayos no dan luz, ni calientan, excepto a veces

cuando vuelo y sueño.

Es pequeño, generoso, con muchos destellos nerviosos alrededor del centro

como si buscaran entrar y dar vida.

Y para unirte a ese sol sólo necesito un espejo.

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